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La muerte del padre

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La muerte del padre
By Libros y Letras 15 de abril de 2015
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Por. Marco Polo
Como objeto parece elemental.
Cuando nos acerquemos a sus 499 páginas podremos divagar, regresar a lo visto y conocido y considerar la novela leída como un reguero de frases que casi no cuentan nada.
Debemos recordamos lo dicho por el maestro Benhur, el amigo, a raíz de la presentación de “Armas de Juego” en Neiva. Su conocimiento de la teoría de la novela Europea, la comparación de la literatura con la pintura en algunos aspectos “la nouveau roman” y esa forma diversa de ver el mundo los objetalistas, desde las cosas, desde los objetos impregnados ya de lo humano. “Lo que se recuerda no es lo que se ve”.
Si, La muerte del padre, de Karl Ove Knausgard pareciera tan similar a la novela que acabo de escribir en el tema. 
Sobre el padre. Sobre la muerte. Sobre la infancia. 
Y pese a que en uno y otro plano se debate la ruptura de la forma frente a los cánones, en ésta nos lleva a otras geometrías en la arquitectura de la novelación. A un discurrir en medio del mundo detallado por las cosas y los objetos, sin que importe tanto la acción, como importa para cualquier escritor de nuestros lares. 
Claro, pensamos en Perec.
Al comienzo entramos en el tema como si estuviéramos en las puertas del ensayo. El porqué se esconde el cadáver, a lo público, aceptando que “Entender al mundo es ubicarse a cierta distancia de él”. Por ello explica el autor, escribe 30 años después del suceso de la muerte del padre. Es una forma de “verse” retratado por Rembrandt en la parte posterior del cuadro, reinventado por los espejos.
Entonces nos llega la certera y laberíntica palabra de Proust y allí vamos a recuperar el pasado en la forma como el autor lo interpreta y como ya no se hace hoy.
… comprendo que precisamente lo repetitivo, lo encerrado, lo inalterable, es necesario porque me protege, porque las pocas veces que lo abandono, vuelven todos mis viejos tormentos.
Esa es su forma de aplicarse al arte de vivir. Es la única forma de retener el tiempo que se comienza a escapar licuado por entre sus dedos. Por ello, ni la familia, ni la felicidad, son el objeto de éste libro. Quien escribe ve a sus hijos como los invasores de su intimidad y por ello confiesa que: “Se me saltan las lágrimas cuando veo una hermosa pintura, pero no cuando miro a mis hijos”. Entonces nos da la impresión en las primeras cincuenta páginas, que el autor no sabe para donde va.
Le importan más las cosas que le van dictando su esencia, que le enseñan al ojo, de vuelta, es un relato no apasionado y más bien enumerativo de sitios y cosas por las que pasa. Por ello aquella primera experiencia vulgar de trasgredir siendo joven la prohibición de tomar la primera cerveza, ocurre cuando han pasado más de cien páginas. El autor quien ha estudiado historia del arte, se deja llevar por sus teorías y quiere expresar en su primera novela la certeza de ser auténtico, una de las obligaciones de cualquier escritor. Es más descriptivo de las cosas porque ellas contienen la esencia del hombre que las pintó así. Al rayar la página 200 el narrador – personaje, se torna en el joven ingenuo de cualquier lugar del planeta, habitante de Suramérica o de Noruega: No se conoce ni el pene. Y lo más osado que intenta realizar con su compañera de clase no llega sino a la eyaculación precoz. Y narrando esos días se atreve a resumir, que “En aquellos días ocurrieron muchas cosas”. Y las dos o tres que cuenta, son que efectivamente se enamoró, como siempre de quien no debía y que su padre le pegó a su madre. Y con ello se incluye en nuestros propios relatos.
En la segunda parte, está la muerte de su padre y la finalización de la novela que no sabe hacia donde tirar. Uno de sus cercanos personajes le insinúa: “Tienes que contar algo”. Luego de leer el manuscrito. Pero cae en cuenta que apenas si recuerda algo de su infancia. 
Y es cuando nos espeta con la frase que da título a ésta reseña: 
Escribir es sacar de las sombras, lo que sabemos. No de lo que allí ocurre.”
Escribir trata más de destruir que de crear. Nadie lo sabía mejor que Rimbaud.”
Yo no tenía historia”.
Con ello nos adentramos en ese concepto existencial, clasista que nos regresa a la Beauvoir, de que la gente feliz, la europea, la que lo tiene todo en Noruega, como el narrador. 
Todo en lo físico. 
En lo espiritual. 
Solo carece de la historia personal. 
Está despojado únicamente de la historia para referirla a sus lectores.
Los sentimientos y la vida interior solo sirven para dar color a las cosas. Lo humano ocupa todo. El artista juega, todo es la idea. Y lo único que queda es el lenguaje. “La muerte está fuera del hombre y fuera de la vida, pero no está fuera del mundo”. Y es que el autor nos asegura, que el primer cadáver que ha visto en su vida es el de su padre. Es el entorno el que da forma a lo que escribe. Como el grito de Munch, es la apropiación de lo humano. Y la vida se va convirtiendo en recuerdo con las manecillas del reloj. La realidad surge del lenguaje y por ello un día como Joyce, puede pasar en 100 o 700 páginas. Y los seres humanos no somos mas que formas.
Una teoría de la novela de comienzo a fin.
De toda la utilización de la palabra debe surgir lo humano.
Porque ni siquiera contará el suceso del funeral del padre. 
Pero si su sentimiento frente a las cosas. 
Es el grito de Munch.
No es un libro común y corriente, es la expresión de sus propias teorías lo que constituye su primera novela que pretende en conjunto ser monumental y al final de las cinco mil páginas conocer algo de lo que sabe.