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A la orilla del trópico

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A la orilla del trópico
By Libros y Letras 7 de junio de 2012
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Milcíades Arévalo 

El sol del domingo caía sobre tu piel como un dardo, quemándote los recuerdos de cuando eras chico y sacudías tu alegría en los charcos que dejaba la lluvia, y tu madre sumaba el tiempo por venir, pensando si un día llegarías a ser famoso, o al contrario, anónimo como todos los de tu especie, ganándote el pan con el sudor de la frente. Jamás tendrías que hacerte ilusiones, para eso eran tus manos, cuerudas y fuertes para el trabajo. A lo mejor no había porvenir sino innumerables ciclos de exaltación y reposo. La gente que te rodeaba, no era más que una referencia para marcar el paso de tus huesos hacia el verano: Sara, que terminó de barragana en un bar de Santiago; Carlos, que llegó a ser gerente de un banco, Valentino, campeón de los pesos medios, Abigaíl, génesis de innumerables guerreros y comerciantes. 
En las tardes soñabas las ciudades que conocerías algún día, no ese ir y venir del mercado de flores donde mujeres elásticas dejaban en tus manos sus deseos perfumados, haciéndote brotar los néctares de tu infancia, rompiendo en dos la monotonía de tu historia de humo perdida en el principio de toda inquietud….    
“–¿Qué es lo que otros ven? ¿Dónde está mi torre de marfil, mis cien caballos blancos?” te preguntabas. Era un dejarse ir por el mundo en un tren oloroso a estaciones, lejos de los habitantes de la altiplanicie, lejos de tus recuerdos, mirando con asombro los puertos herrumbrosos, las ciudades fabulosas, los bares de humo, las mujeres pelirrojas desfilando en medio de serpentinas y reflectores, todas nailon y revlon, vendiendo su sexo como una golosina, 
El tren que visitaba otros mundos y el mar. 
Era la orilla del trópico, sol abrasador, pescadores ebrios desafiando el vendaval, puertos de humo y brújulas oxidadas. La vida era un sueño y tú el que soñaba que entre todos los sufrimientos que te aquejaban, ella era el mejor de tus sueños, el más doloroso: coqueta y arrecheante frente a los espejos, desnuda como en el comienzo de toda creación, repartiendo porciones de alegría en su casa de cristal. Ahí radicaba tu mal. Ninguna campana podía protegerte. Su imagen se pierde en los pliegues de tu memoria. La ves, la crees ver, tendida en medio de mujeres de seda, levantando los talones, el vientre frágil y elástico, la inocencia de su sexo perdido entre algas vibrantes. 
No te sorprendió saber que era un sueño nada mas devorado por las distancias. Frente a tus fantasmas, tragabas en silencio. Te quitaban una espina para taponarla con salmuera, hasta ya no sentir dolor o alegría. En los días siguientes te hizo falta su risa que anunciaba el verano, y el éxtasis que te producía vivir en medio de tantas maravillas. 
Demasiado pronto tiraste el ancla y como un pez ciego te quedaste oyendo la música de las olas contra los arrecifes, absorto ante las jirafas y los dragones del mar mientras que otros felices a cada instante. Amaste siempre lo que nunca pudiste poseer. Ese era tu triunfo, el más triste del mundo. 
Te quedaba el tren, y en el extremo de toda nostalgia, la ciudad de humo. 
Al regresar se te complicaron las cosas. Los libros de tu biblioteca no te hacían sabio porque todo manaba del corazón. Tu barba creció quemada por el sol, el corte de tu vestido te escondía el cuerpo, pero no al ángel que llevabas en la mirada. Entre el estiércol y el légamo, ¿qué eras? No tenías cara de apóstol, y menos aun podías gozar del Edén a mandíbula batiente. Te bastaba salir a la puerta de tu casa y ver el mundo como si ya lo hubieses conocido todo. 
Tu cuerpo era un pez devorado por el tiempo, los años, la distancia… 
Dentro de poco serias viejo, sin una mujercita que te preparara la infusión de la noche. Nunca fuiste buen mozo para que las chicas del barrio se dieran puñaladas por ti; tampoco fuiste rico. Siempre pensaste que detrás de cada persona había algo mejor, que la vida en sí no era más que un cuento. El hambre te hizo comprender que tu destino no estaba frente a una máquina de escribir sino en un taller de mecánica. Redoble de latas en el cerebro, y un martillo gigante batiendo el aire; el fuego y el agua tus únicos elementos: los hierros al rojo vivo, siendo cosas útiles; el pecho oloroso a colonia de sábados por la noche. Tu overol y tus manos perfumadas por el oxido, pero aún en la realidad parecías en duérmela.