Marcela Guiral narra la historia de una familia que lucha por superar una tragedia y por encontrar la fuerza para seguir adelante. Una década después de su primera aparición, Se resfriaron los sapos vuelve a nuestras manos en una renovada y preciosa edición presentada en la reciente edición de la Fiesta del Libro y la Cultura.
Por: Jefferson Echeverría
Marcela Guiral narra la historia de una familia que lucha por superar una tragedia y por encontrar la fuerza para seguir adelante. Una década después de su primera aparición, Se resfriaron los sapos vuelve a nuestras manos en una renovada y preciosa edición presentada en la reciente versión de la Fiesta del Libro y la Cultura.
Si miramos al cielo y por pura casualidad encontramos un desfile de globos que atraviesa la eternidad de las nubes, no es necesario espantarnos ni mucho menos aludir este espectáculo a un misterio sobrenatural, son simplemente los rumores de Yolombó que esconden una triste sinfonía dedicada a la memoria y a la tragedia. En cada color se extiende un capítulo delirante que brota desde el dolor y exhala en notas musicales un secreto revelado por los sapos. Por eso, cuando el silbido del viento descienda con furia y las corrientes invadan nuestros oídos como un crujido cercano, será mejor que no ignoremos sus señales; de lo contrario, un aguacero interminable afinará una serie de ruidos monótonos que hará parte de un tierno espectáculo dirigido por una niña que no deja de gritar en tono inocente: se resfriaron los sapos.
Sí, son más de quinientos globos que desfilan al ritmo del viento mientras sus cuerdas sujetan mensajes de amor encomendados muy cautelosamente por la niña (de nombre Abril) para que lleguen a su destino. Ante semejante galería multicolor, no es de sorprendernos que cada globo contenga un capítulo aparte lleno de secretos y esperanzas, de amor y diferencias comunes y, ante todo, de una riqueza valiosa (más que el propio oro enterrado en las entrañas de Yolombó) como lo es la familia. Pero antes de que las nubes acojan para siempre este tierno espectáculo, dediquémonos primero a contemplar la historia que hay dentro de cada globo, porque claramente esto tiene una intención que va más allá de un impulso infantil.
Uno de ellos encarna la voz de Otoniel, el hermano de Abril. Su carácter entrometido y soliviantado tiene la misión de partir la historia en dos: la vida antes de su papá y después de su drástica partida. En la suave melancolía que espesa los aires nos cuenta que sus padres llegaron a Yolombó, tierra de promesas mineras, por una sola razón: encontrar la fortuna para reafirmar el amor fecundado. Cualquiera diría que lo hicieron por la ambición a la plata, pero, según como lo relata Otoniel, fue más que todo para adelantarse a la ruina que los acechaba continuamente porque, lastimosamente, no solo de amor se puede vivir; y sus padres de ese sentimiento sí que han sabido mantener con cariño recíproco.
El cielo está lleno de colores, de travesuras inquietantes y de gestos enternecedores que comprueban que, sin importar cuán humilde parezca una casa, el calor de hogar justifica todas las adversidades, hasta las pérdidas inesperadas. En este rancho hay un estanque reservado para el concierto de sapos cuya triste melodía está dedicada al eterno aguacero que inunda el corazón de Yolombó. A pesar de los adioses, de la tristeza empañada en lágrimas de un retorno inútil, parece que uno de estos globos todavía conserva el ceremonial diario de papá llevándole un montón de trapos a estos animalitos porque, según cree la pequeña Abril, presa de su caprichosa inocencia, están a punto de agarrar un resfriado tremendo si no se les arropa a tiempo.
Y entonces aparece el reproche escandaloso de Otoniel agudizando el conflicto natural entre hermanos, esas diferencias comprensibles que empiezan en discusiones y terminan siempre en póstumas reconciliaciones. Luego interviene la madre con ese poder mágico que casi todas madres colombianas poseen en sus manos para calmar todos los conflictos: el arte culinario compuesto de arepas de choclo y chocolate. Y para finalizar este cuadro maravilloso, está el cariñoso gesto del papá corriendo con prisa hacia el estanque sólo por seguirle el juego infantil a su amada Abril. Lastimosamente toda esta felicidad contada en voz propia de Otoniel se ha ido desvaneciendo por culpa de la tragedia que, como siempre, a veces entra abruptamente sin pedir permiso.
De la desaparición del papá, cuenta Otoniel que ocurrió de una manera inusual e inexplicable, tanto como el origen del ojo perdido de Darío, el amigo fiel de la familia. Una mañana, cuando los rumores de la tierra crujían bajo el típico aguacero, la ola de barro arrasó con todos los recovecos de Yolombó. Definitivamente la naturaleza había reclamado lo suyo. Bastó un temblor letal para que las almas soñadoras del oro fueran devoradas y sepultadas en un mar de charco e incertidumbres. La angustia fulminó por completo los ánimos en la familia Restrepo, quienes en sus expresiones se dibujaba la desazón diaria al no saber noticias sobre el cuerpo del papá. Los deseos de reencuentro, sólo alimentados por un anhelo absurdo de la imaginación, acompañado de una desesperanza cotidiana, producía tanto en el corazón de Otoniel como en el de la mamá una sensación de vacío irremediable.
Pero en el carácter retraído de la niña Abril ocurría algo extraño. Había perdido el apetito y, en vez de preocuparse por colaborar con el rescate del papá, se dedicó a la ardua tarea de inflar globos, mantener los ojos extraviados en el cielo y entregarse a un mundo que contrastaba con la permanente zozobra de su mamá y su hermano. A lo mejor era para adornar de colores la esperanza en la casa. Sin embargo, el dolor acrecentaba, las fuerzas del valiente Otoniel diezmaban por completo y el anhelo de la mamá formaban lagunas en su corazón con el paso de los días. Tan sólo quedaba esperar el triste momento que empañaría para siempre la sorpresa de un milagro.

Afortunadamente los globos que se elevan al cielo todavía desprenden melodías de eternidad en las nubes y crean el espejismo de una historia que, apenas su mar colorido se pierda para siempre en el misterio del otro lado del mundo, restallará un triste croar de los sapos en el estanque cuyas melodías discordantes nos recordarán que se están resfriando y que alguien debe correr pronto para arroparlas del aguacero interminable de Yolombó.
Ganadora del VIII Premio de Literatura Infantil El barco de vapor Biblioteca Luis ángel Arango 2015, con la edición de Luisa Noguera Arrieta, las ilustraciones de Andrés Rodríguez y la diagramación de Jairo Toro Rubio, la colombiana Marcela Guiral nos obsequia una historia conmovedora, repleta de magia y colores, sin importar qué tan grises parezcan nuestros días.
Imágenes de este texto: cortesía Editorial Panamericana.