Un café en Buenos Aires con la escritora argentina Paola Vicenzi

En este nuevo café, el escritor Pablo Di Marco conversó con Paola Vicenzi, ganadora del XXVI Premio de Novela “Vargas Llosa” (2021) y autora de varias novelas y cuentos; además, es editora y tallerista en escritura creativa.


“Me veo escribiendo desde siempre: en cuadernitos, en agendas, en papeles sueltos”

Cuando pienso en los libros de Paola Vicenzi me viene a la mente la figura de un mosaico. ¿Por qué? Un mosaico es una obra de arte que se elabora a partir de un sinnúmero de piezas de cerámica, piedra y vidrio de diferentes tamaños, formas y colores. En tanto la obra de nuestra entrevistada se conforma a partir de un caleidoscopio de ensayos, relatos, microrrelatos, cartas, antologías y novelas con un punto en común: tender puentes con el lector a través de una prosa tan certera como cálida. Y volviendo al comienzo… ¿será casualidad que la palabra mosaico proviene de la palabra griega “musa”?

Pero mejor dejaré reminiscencias y etimologías de lado y haré lo importante: pedir dos cafés y comenzar mi conversación con Paola. 

—Tengo tantas preguntas para hacerte que lo mejor que puedo hacer es ser ordenado y empezar por el principio: ¿cómo llega la lectura a tu vida?

Llega de la mano de mi mamá, que desde chica me regaló libros. Recuerdo haber leído muchísimo en mi infancia, y eso me marcó. En la adolescencia devoraba las historias románticas de Danielle Steel. Más tarde las intrigas judiciales de John Grisham, los thrillers médicos de Robin Cook, las novelas de Sidney Sheldon. Me fascinaba con los autores y leía todas sus obras. Por suerte nunca tuve prejuicios con la lectura. En un momento, una profesora de Literatura me abrió un nuevo panorama, ahí me acerqué a Cortázar, a Borges, a Mujica Láinez. Descubrí el cuento, la maravilla del cuento.

—¿Cuál fue el primer libro que de veras te enamoró?

Son tantos… difícil elegir uno. Hablando de mi infancia, recuerdo que el primero que me regaló mi mamá fue El desquite de Marianne de Suzanne Pairault. A partir de ahí, no paré de leer. Hubo libros que fueron hitos en mi camino como lectora, por diversos motivos. Ensayo sobre la ceguera de Saramago, me sacudió la vida, recuerdo el impacto tremendo que me causó. También La vegetariana de Hang Kang, El último encuentro de Sándor Márai.

—Qué hermoso descubrir a Márai, esa escritura melancólicamente elegante.

Sí, claro. Y saliendo (solo en parte) de la ficción, A sangre fría de Capote, me alucinó.

—Creo que son poquitos los libros imprescindibles de Capote, pero con esos alcanza y sobra para marcarle al lector un antes y un después. Pero no te quiero interrumpir, seguí adelante.

Estoy quedándome corta y siendo muy injusta, la lista es infinitamente más larga. Me gustan los libros que me interpelan, que me llevan a cuestionar verdades que creía muy arraigadas en mí.

—Y ya yendo a la Paola Lectora: ¿recordás ese primer momento en que te rondó el deseo de escribir?

No lo recuerdo puntualmente, sí me veo escribiendo desde siempre. En cuadernitos, en agendas, en papeles sueltos. Y luego tiraba todo porque me parecía horrible.

—¿Me contás del primer libro que escribiste?

Mi primer libro llegó con mi maternidad. Al ser madre (y de trillizos nada menos) me desbordaron las emociones y empecé a escribir sobre mis hijos. Eran textos breves, que fueron acumulándose sin una finalidad concreta. Una vez envié al diario Clarín, para el Día del Niño, una carta titulada “En su propio vuelo” en la que hablaba de que, para mí, el momento más difícil de la crianza era el de soltar, confiar en el trabajo hecho y dejar que nuestros hijos alcen vuelo. Esa carta tuvo una gran repercusión entre los lectores y, de alguna manera, me impulsó a publicar todo ese material que venía guardando.

—Un modo originalísimo de darte a conocer. Suele haber un largo trecho entre escribir un libro que te deje conforme y lograr publicarlo. ¿Cómo conseguiste que un libro tuyo llegue por primera vez a librerías?

Eso de que “te deje conforme” es todo un tema. Soy muy autoexigente (a veces me paso de la raya), y siempre hay una inseguridad ahí rondando… De hecho, mi psicóloga me decía que yo, para ser una persona tan autoexigente, era muy productiva. Porque esa es una actitud que muchas veces te frena. Llegar a las librerías es hermoso, que te lean, que te reconozcan por tu trabajo. Sin embargo, para mí la mayor felicidad está en el acto mismo de la escritura, me hace feliz escribir. Buscar la palabra, el gesto, la manera de contar una escena. El enorme desafío que eso implica. Que después venga alguien y te diga que se emocionó, o se sintió identificado, o que a partir de tu libro descubrió un nuevo punto de vista, o se sintió interpelado… bueno, es algo que no tiene precio. Significa que la botella llegó a la orilla, que el acto de comunicación que es la escritura (y por ende su sentido) se cumplió.

Paola Vicenzi junto a Mario Vargas Llosa / Foto cortesía archivo particular

—Tu novela Equis equilibrio obtuvo en 2021 el XXVI Premio de Novela “Vargas Llosa”. ¿Cómo viviste ese momento?

Yo había enviado la novela vía plataforma digital y me había olvidado (o casi), que es lo que recomiendo hacer, no estar pendiente de un fallo.

—¡Yo no tengo modo de hacer eso! Te felicito por tu manejo de la ansiedad, jaja.

Es que es difícil ganar un concurso literario, y uno tiene que seguir con su vida mientras tanto… así que eso, intento olvidar lo que envío para que no me genere ansiedad.

—Y seguiste adelante con tu vida, hasta que… llegó el momento mágico.

Eso mismo. Entonces, una mañana de diciembre muy temprano, abrí los mails en el teléfono y vi un asunto que decía: “Fallo del Premio XXVI Vargas Llosa de Novela”. Pensé “seguro que mandan el resultado a todos los participantes” y lo iba a borrar… ¡juro que lo iba a borrar!, cuando en las primeras líneas leí que se dirigían a mí. No te puedo explicar la emoción. Un ataque de risa, llanto y asma, todo junto. Estaban tratando de ubicarme desde España hacía horas, cosas de la diferencia horaria.

—¿Tuviste oportunidad de conocer a Vargas Llosa? Yo creo que los lectores somos grandes chismosos, así que contame todo, o por lo menos contame algo.

En 2022 una persona de la Cátedra Vargas Llosa se había contactado conmigo para invitarme a conocer a don Mario, que viajaría a Buenos Aires para la Feria del Libro. Al llegar a la FIL, alguien de su confianza vino a buscarme. Y me llevó hasta un edificio ubicado en el predio donde se desarrolla la feria. Entramos y fuimos pasando por varios salones hasta llegar a una mesa enorme plagada de cosas ricas, las camareras circulaban con sus bandejas. Al pasar al último salón, frente a una mesa larguísima, mi acompañante me anunció como “la ganadora del último Premio Vargas Llosa de Novela”. ¡La vergüenza que sentí! Todos se pusieron de pie para aplaudirme y felicitarme. Y entre ellos, el mismísimo Vargas Llosa. Di vuelta a la mesa saludando a editores, periodistas y empresarios. Tuve el honor de poder sentarme junto a don Mario. A este hombre que no solo me entretuvo y me enseñó con sus novelas maravillosas, sino que fue uno de mis maestros en el oficio de escribir. Le entregué un libro de microrrelatos de mi autoría, y él se asombró: “pero qué difícil la brevedad”. Y entonces no pude más que sonreír al pensar en sus increíbles gestas literarias. ¡Este hombre escribió Conversación en la Catedral y dice que lo mío es difícil…! Me preguntó por mi obra, y nos pusimos a hablar de literatura, de la narrativa hispanoamericana, de los dialectos. Yo lo escuchaba fascinada, con su tonada característica y sus frasecitas terminadas en ese “¿ah?” tan encantador. Él tenía entonces ochenta y seis años y aún trabajaba a diario. En un momento hubo que irse. Lo esperaba la sala más grande de la feria colmada de público. Don Mario tomó su bastón y encabezó la marcha. Fue un encuentro imborrable. Me quedo con su amabilidad, con la estela de su seducción, con su simpatía. Me resultó increíblemente cercano, nunca me hizo sentir que estaba hablando nada menos que con un Nobel. Un par de días después, lo vi en una cena.

—Qué hermosa experiencia te regalaron los libros. Dejemos a Vargas Llosa de lado y sigamos adelante. Acabás de publicar No están locos. Historias reales de adicciones y salud mental. Se trata de un libro con características algo diferentes a lo que hasta acá venía siendo tu recorrido, ¿me equivoco?

Cuando Equis equilibrio llegó a la Argentina, se la envié a Marina Charpentier, que es una referente en cuanto a la lucha para modificar la Ley de Salud Mental. Marina es madre de un músico muy reconocido, que ha atravesado el infierno de las drogas y hoy está en recuperación. Equis equilibrio toca el tema de la salud mental y de las adicciones (Martina, su protagonista, sufre un brote psicótico y queda al cuidado de su madre). Cuando Marina recibe la novela, me dice “Tenés que venir al grupo”, que es un grupo que ella coordina y brinda apoyo a familias con la problemática de la adicción. Yo le dije que sí, pensando que iba a ir una tarde, a conocer, nada más. Y sin embargo me quedé dos años. Cada vez que volvía a casa después de una reunión, escribía. Volvía tan movilizada, tan conmovida, que lo único que podía hacer era escribir. Y a partir de esos textos nació el libro. De él participa la propia Marina, que cuenta su camino personal con relación a este tema; la doctora Silvia Papuchado, quien participa de las reuniones con su aporte profesional; y Sandra Votta, que es periodista y maneja las redes, por lo tanto es “la primera mano”, quien responde al primer pedido de ayuda. Nos gusta decir que el libro es un servicio, porque, además de las historias, cuenta con un glosario y una guía de orientación (adónde llamar, adónde ir) que es útil para las familias. El grupo, que hoy se llama Familia Esperanza, es un espacio maravilloso de contención, donde la gente llega y se transforma: deja de estar sola, sin saber qué hacer con su familiar adicto, encuentra un sostén y herramientas muy valiosas.

Intuyo que es mucho lo que este libro te está devolviendo, ¿no es así? Y de un modo un tanto diferente a lo que podría un libro de cuentos o una novela.

Es hermoso lo que se está generando. El libro entra en un montón de hogares en los que hace falta un abrazo amoroso, sin juicio. Muchas personas se sienten comprendidas, a veces por primera vez, porque hay muchos que sufren este drama en soledad, que no hablan del tema con nadie. No es fácil decir “mi hijo es adicto”, “mi padre es alcohólico” o lo que fuere. Se teme al qué dirán, al estigma, y lamentablemente con razón: no todos entienden que la adicción es una enfermedad.

—Vamos con la última, Paola: te regalo la posibilidad de invitar a tomar un café a cualquier artista de cualquier época. Contame quién sería, a qué bar lo llevarías y qué pregunta le harías.

Esta es la más difícil de todas, Pablo. Pero voy a inclinarme por un escritor al que amo tanto que está en el protector de pantalla de mi computadora y de mi celular (siempre digo que es para que “por ósmosis” me contagie un poco de su talento). Invitaría a Cortázar… ¡Y le preguntaría todo! Pero le pediría que el café lo elija él, así nos lo tomamos en París.


Para quienes aún no hayan leído a Paola Vicenzi, les compartimos la información de los libros que comentamos en esta entrevista:

Equis Equlibrio, 150 páginas, Editorial La Huerta Grande.

No están locos. Historias reales de adicciones y salud mental. 208 páginas. Editorial Penguin Random House.