Las ellas de Jorge Franco: hijas de un hacedor que escribe la prosa de una Colombia aciaga

Jorge Franco Ramos, escritor colombiano

Hablar con el literato colombiano es evocar una Medellín cruda, violenta y realista. El escenario perfecto para retratar la complejidad de sus personajes femeninos, mujeres que habitan en la historia antioqueña contemporánea. Un viaje a las memorias creativas del hombre que juega a ser un dios de letras y finales infelices.

Por Salvatore Laudicina*

Hay un niño tímido en los ojos de Jorge Franco. Está escondido detrás de una pared intangible, rodeado de aviones de papel y memorias amamantadas por una matrona antioqueña. Lo he sorprendido mirándome con recelo. Es como si leyera mi mente y supiera que quiero entrar al espacio creativo del escritor, ubicado en el hemisferio derecho de su cerebro. Quizá, no estoy seguro de ello, sea su escondite de juegos.

La curiosidad periodística, astuta a más no poder, le sonríe mientras olfatea discretamente, con su hocico de gato siamés, ese lugar íntimo e impenetrable. Vigilante, el pequeño hace un chillido a manera de señal.  Los personajes femeninos de Franco huyen despavoridos. Casi al instante, me sumerjo en el túnel subterráneo de su pupila izquierda. Las sombras corren de un lado a otro, buscando con afán un lugar seguro donde ocultarse en ese universo de letras y prosas amorfas. No perseguirlas, cuando el hocico de la curiosidad de quien pregunta ha penetrado sin permiso el mundo intrínseco del literato, sería imperdonable.

Sentarse a conversar con Franco exige ir detrás de esas mujeres que ha creado, cual dios de carne y hueso, y habitan en las entrañas de una Medellín caótica pero sublime, dantesca pero romántica, cruda pero cautivante.

Mis personajes femeninos exaltan el universo emocional de muchas mujeres antioqueñas y colombianas: son frágiles, en el sentido de que aún son víctimas de una sociedad culturalmente machista. Al mismo tiempo, poseen una resiliencia y un empoderamiento muy peculiares”, expresa.

Revólver en mano, furiosa y sensual, la sombra de Rosario Tijeras aparece en la sien derecha.  La de Reina, tierna y frágil, por la izquierda. La alcurnia de Brenda y la miseria emocional de Fernanda perfuman el ambiente. Guardián, el niño tímido las protege de mí.  Su diminuto y escuálido cuerpo, hace las veces de escudo.

Aunque enfocado en atraparlas para conocerlas de cerca, no abandono del todo mi cuerpo físico. Estoy ahí, sentado, la atención puesta en las palabras de Franco, quien reflexiona pausadamente sobre el significado histórico de ser mujer en la sociedad colombiana del siglo pasado.

Convertido en un sastre virtuoso, enhebra las frases con sutileza. Entonces, uno se lo imagina cosiendo exquisitamente, con prosa hecha a la medida, el aciago final de Rosario o la travesía de Reina en una Nueva York feroz y gigante. Nada queda al azar.  

En medio de la conversación, aparece una sombra maternal, dueña de un cuerpo envejecido y una resiliencia imbatible. Le pertenece a Celmira, la protagonista de El vacío en el que flotas, su última novela, motivo central de esta entrevista telefónica donde Bogotá y Buenaventura parecen estar muy cerca.

A ella también le ha confeccionado a la medida un averno emocional para habitar una Medellín donde debe vivir en carne propia el extravío de su hijo y el dolor perenne de la ausencia.

Cuan bellas son aquellas mujeres que huyen del hocico de mi curiosidad. Tiernas, frágiles y feroces a la vez. Maestras absolutas del arte de vivir.

Cuando las escribí y les di forma, aprendí a entender la Colombia donde ellas han tenido que lidiar con la tragedia, la desesperanza y la ausencia de los seres amados. Fue ahí cuando me topé de frente con los inevitables giros del destino, esos que nos cambian la vida en un segundo”, dice.

Hay que darse prisa. El tiempo corre con la velocidad de una liebre y la curiosidad debe olfatear las huellas de los personajes femeninos de Franco. El niño tímido ha comenzado a pellizcar su hocico para molestarla.


Jorge Franco Ramos, escritor colombiano
Jorge Franco Ramos, escritor colombiano (Foto: archivo particular)

Brenda: emancipación del yo erótico

De cerca, mirándola con los ojos de mi yo intrínseco, su exquisitez es más apetitosa que el escote de su blusa. Está vestida de crudeza nocturna. Sus piernas, esbeltas, largas como los callejones lóbregos que la hospedan, son manjar lujurioso.

Estalla un eco ensordecedor de recuerdos súbitos: las enseñanzas de las monjas en el convento, su primera vida de comodidades. A primera vista, no hay argumentos que justifiquen su nueva vida. Sólo él, Franco, su Pigmalión, puede dar respuesta.

Brenda vivía dentro de una burbuja. Fue educada para cumplir con el rol de mujer perteneciente a la clase alta. Como escritor, me apasionaba explorar la interacción de una mujer como ella con un mundo tan opuesto en todos los sentidos”, revela.

Un silencio y un respiro hondo se devoran apasionadamente. Acto seguido, prosigue:

En esa dualidad, ella logra encontrarse a sí misma, acariciar su sexualidad, descubrir el erotismo de su feminidad y darle un giro radical a su vida. Esa es la maravillosa complejidad de los seres humanos”.

Rosario Tijeras: metamorfosis del yo cándido

Se escucha el melodioso sonido de unos tacones al andar. Segundos después, un balazo. La sombra de un alguien masculino cae al suelo. No hay duda. Es ella, Rosario Tijeras.

Debo admitir que su belleza se define como la guerra campal entre una sensualidad irresistible y una candidez mancillada y agónica. Nuestras miradas colisionan en una carretera sonora de relatos pertenecientes a muchachitas de su edad, quienes pagaban condena en una correccional de Medellín.

“Rosario Tijeras llega a mi vida por unos testimonios de la tesis de grado de una prima. Estos testimonios pertenecían a menores de edad que estaban tras las rejas. Después de leer sus historias y entrevistarme con ellas, llego a la conclusión de que sus acciones son producto del maltrato y la violencia. De ahí, surge la idea de escribir la novela”.

Reina: travesía del yo abandonado

Tras la huida de Rosario, la curiosidad husmea en una gruta del pómulo izquierdo de Franco, misma que conecta con el hemisferio derecho del cerebro.

Acurrucada detrás de un baúl lleno de cuentos inconclusos, con una mirada gris pero seductora, encuentro a Reina. Viéndola de cerca, su belleza no es nada del otro mundo: facciones delicadas pero comunes, los senos sin florecer, las caderas algo estrechas, incapaces de congeniar con la fina cintura.

Eso sí, posee un carácter fuerte. No se deja intimidar por el hocico de aquella curiosidad voraz, hambrienta a más no poder, quien desea darle una mordida a la Nueva York de Paraíso Travel.

“Después de navegar en las aguas de Rosario Tijeras, quería narrar a una mujer más común y corriente:  impulsiva, excesivamente emocional, terca, marcada por el abandono de su madre y extraviada en sus sueños y ambiciones. Puedes encontrártela en la calle de cualquier ciudad colombiana e incluso dentro de tu familia”, asegura.

Fernanda: deleite del yo aciago

En las profundidades del hemisferio derecho del cerebro de Jorge Franco, hay un mohoso depósito abandonado.  La oscuridad es dueña y señora de aquellas cuatro paredes, habitadas por la humedad.

Me topo de frente con sus ojos azules. Fernanda, la mujer irremplazable en las páginas de El Cielo a Tiros. Lleva puestos la corona y el cetro de señorita Antioquia.  El bazuco y ella sostienen un idilio apasionado. Acorralada, se saca la pipa de los labios y me la ofrece.

“Me encantó escribir este personaje. Nace de reflexiones muy personales sobre las reinas de belleza, quienes terminaban convirtiéndose en esposas de narcotraficantes. Ella nos permite sumergirnos en el universo de estas mujeres que eran vistas como un trofeo y que luego terminan sumergidas en las adicciones y la desolación”.


Libros del escritor colombiano Jorge Franco
Libros del escritor colombiano Jorge Franco

Celmira: aguante del yo maternal

Hay un pantano de prosa en su pómulo derecho. Hasta allí he llegado para conocer a la nueva ella: Celmira. Como hacedor, no ha escatimado en sufrimientos y cicatrices para embellecer su alma con la cuita emblemática de sus historias.  

Sentada en sus lágrimas, aprisiona junto a su pecho la foto de su pequeño hijo, quien desaparece en un atentado terrorista. Cuanto dolor y cuanto aguante en aquellos ojos sepultados en la incertidumbre y la angustia.

Es así como navega en ese turbulento destino que Franco ha elegido para ella en El vacío en el que flotas, la nueva novela del antioqueño.

Celmira posee el rostro de tantas madres que vivieron en carne propia el flagelo del narcoterrorismo en Medellín. En ella, habitan la fortaleza y la resiliencia de tantas madres que perdieron a sus hijos entre la década de los ochenta y comienzos de la década del 2000”, expresa.

Como no conmoverse con aquella mujer, sumergida en un mar de conjeturas e imaginaciones funestas sobre el paradero y presente de su amado fruto en una Medellín carcomida por el narcotráfico y la violencia.

“Mientras escribía, pensaba en cómo le puede cambiar la vida en un segundo a una mujer que en un segundo debe lidiar con la desaparición de un hijo de 5 años. Es allí cuando pasan por su mente toda suerte de ideas: la prostitución infantil, el tráfico de órganos, la mendicidad”, afirma. “A través de ella, vivía mis temores como padre y ocupé el lugar de quienes han vivido y viven este flagelo a diario”.

Aurora: homenaje al yo primigenio

Una sombra en el túnel subterráneo de la pupila derecha. Acto seguido, una voz maternal que llama desesperadamente al niño tímido que habita en los ojos de Franco. Casi instintivamente, me percato de que ella es la matrona sabia que amamanta las memorias de que yacen detrás de la pared intangible.

Un nombre revolotea en los labios del escritor: Aurora, su abuela materna.

“Ella  fue una matriarca. Perteneció a una familia liberal de comienzos del siglo veinte. Fue una mujer que fue en contra de lo establecido. De hecho, se negó a utilizar su apellido de casada.  Vivió intensamente y rompió con el modelo tradicional de su época”, rememora.

Sus palabras permiten concluir sin dificultad que Brenda, Rosario Tijeras, Reina, Fernanda y Celmira llevan en sus venas la sangre de doña Aurora. Podría decirse que ellas son sus nietas ficcionales. Basta con observarlas recorrer con ahínco las tramas de sus existencias para afirmarlo.

“La rebeldía de mi abuela es algo que caracteriza a las mujeres de mis novelas. Cada una de ellas, a su manera, se rebela contra la sociedad y defiende sus pensamientos e ideales para preservar su esencia”, declara sin titubeos.

La pregunta pendiente

Un balazo proveniente de la gruta del pómulo izquierdo. Un cuerpo sensual cae al suelo. El perfume de Rosario Tijeras se entremezcla con el inconfundible aroma de la sangre. Todas gritan al unísono.

Aún no es tiempo de salir de la cabeza de Jorge Franco. Hay una pregunta pendiente: ¿se arrepiente de escribir su final con aquel disparo?

“Debo admitir que la daba largas a ese asunto en cada capítulo. El dilema de dejarla viva o matarla, rondaba en mi cabeza. Entendí que tenía un compromiso con la realidad histórica que vivieron las víctimas de la violencia y el sicariato”.

Tras una mirada que denotaba insistencia en el tema, añade:

No fue una decisión fácil, pero siento que hice lo correcto”.

Rencor unánime (ese sentimiento nunca imaginado de los personajes)

Una Rosario moribunda, tendida en el suelo, a punto de ponerse en posición fetal para mitigar el dolor. Arrodilladas a su alrededor, Brenda y Reina intentan detener la hemorragia. Fernanda no para de llorar. Celmira y la matrona intentan extraerle la bala del cuerpo.

El niño que habita en los ojos de Franco no deja de observar la escena, escondido detrás de la pared intangible, con una expresión muerta.

Impotentes y rabiosas, consternadas por el inevitable desenlace de Rosario Tijeras, maldicen al unísono a su hacedor por crearlas para vivir en la desdicha.

“Quizá, ellas vivan resentidas conmigo por no permitirles cumplir sus sueños. Pero eso también las convierte en mujeres cautivantes. Las prefiero así, de carne y hueso. No concibo a Rosario Tijeras, a Reina, a Fernanda o a Celmira en un mundo feliz e ideal. Las realidades de los seres humanos transitan los caminos de la tragedia, el dolor y la esperanza”.

Como balas, las pupilas invaden el cielo y los respiros abandonan velozmente aquel cuerpo sensual. Gritos, llanto desbordado. La matrona sabia orando a Dios para la redención de su alma: tú que todo lo conoces, sabes de sus pecados, pero también sabes de su fe, no la desampares, Amén.

“Soy enemigo de los finales felices. La literatura es muy aguafiestas en ese sentido. Mis personajes femeninos deben aprender a lidiar con el peso de una realidad que raya en la crudeza.  Pero esa es la vida. Nada es perfecto ni como lo anhelamos”, concluye Franco.

Conmovida, la curiosidad periodística rompe a llorar. La matrona, Aurora, esa abuela irreverente y vanguardista, acaricia su hocico para consolarla.

Por primera vez, el niño sale de su escondite para abrazar el cadáver de Rosario Tijeras. No hay llanto ni dolor en su semblante. Es inevitable pensar que es el propio Franco. Tal vez, vive allí para proteger a esas ellas que trae al mundo con dolor. A decir verdad, nunca lo sabré.

Lo único cierto es que una conversación con él, uno de los escritores colombianos más importantes de las últimas décadas, ese hombre que juega a ser un dios de letras y finales infelices, exige viajar a las profundidades de su universo intrínseco y renunciar a las narraciones tradicionales para conocer de cerca sus personajes femeninos.

Las hijas de un hacedor que escribe la prosa de un país aciago pero cautivante.

*Salvatore Laudicina. Comunicador Social-Periodista, hijo del Pacífico colombiano y amante fiel de la escritura.