Catalpa es un estado del alma. Reseña del libro «El sol abre su oscuridad»

Portada del libro El sol abre su oscuridad

En El sol abre su oscuridad de Hellman Pardo, publicado por Sílaba Editores, se entreteje una unidad subyacente a través de una tetralogía poética con adjetivos y nombres que pintan geografías simbólicas e inciertas de un horizonte exánime.

Por Wilfer Alexis Yepes Muñoz*

Allí mismo ronda la memoria entrecortada de sus dolientes anónimos con insinuaciones lacrimosas e intestinas en torno a un paisaje enrarecido, roto en su oscuridad, rasgado por barbaries normalizadas desde lo más profundo de lo que llamamos ser: días derrotados, apariciones, peregrinaciones, diarios de una guerra que no pasa y la presencia extrañada de Joaquín Ronderos.

‘Presencia’ es la palabra clave; más aún, la presencia que proyecta su sombra. Solemos asociar categorías solares con la claridad casi estable de un referente, un centro e incluso, una línea recta, tal vez transparente, aunque esta oración es en sí misma oximorónica, al igual que los vagones de este poemario, siempre oscurecidos, memoria de claroscuros, sustantivos propios y comunes, que abren su ominosidad, esto es, el espacio vacío que hay tras una lápida, un territorio habitado por muertos ignorados.

Ciertamente, resulta extraña la relación entre un sustantivo como el sol, iluminado en su quietud, dádiva, color, pero una oración con sentido completo desnuda una paradoja, que hace inevitable una pregunta para quien habita estas páginas: ¿Qué clase de sol abre su oscuridad? Un comienzo, “Los días derrotados”, nombres de lugares arrasados, triturados con ínfulas desdeñosas…, se sustituyen los nombres propios por pliegues, inundaciones, ruinas bordeadas por el horror y una tierra donde han naufragado las historias que exigen estas voces, estos gritos de ahogado: “estanque de cuerpos condenados/donde lavabas y herías la ropa/contra las piedras de tus pechos”.

Allí mismo los pájaros dejan caer su espanto, arponean los días que trastocan un alma sonámbula de día. Percibo un fuerte aturdimiento en el lenguaje, allí donde convergen el dolor, el aroma de los cuerpos perdidos, los ríos aulladores y almas que son paisajes, que todavía no perdonan, víctimas los árboles y las paredes habitadas por musgo, desnudas, como una pesadilla interminable. Y preguntamos ¿por qué? Caloto es ahora, Urrao, Jamundí, Remedios… No nos narra una historia lineal, sino las geografías íntimas de un Macondo que aquí se llama Catalpa, donde nació la fe y “no hay tiempo para la tristeza”.


Portada del libro El sol abre su oscuridad
Portada del libro El sol abre su oscuridad

¿Qué debemos buscar en estas geografías mutiladas, en estos “espejos muertos”? Nosotros, anestesiados por el dolor, el destierro, el desarraigo, nos quedamos sin llanto y las palabras lloran con sus intervalos matemáticos, analógicos y casi siempre sustantivados. En esta poesía de tono narrativo percibo un aire de salida, un camino de ese sol que ensancha la memoria de quienes insinuaron sus huellas victimarias para que, del olvido, la flor de loto de Catalpa, aparezca una antropogonía con nombre propio. Esta vez habla un Adán exiliado, a quien obligaron nombrar la otra orilla. Es tan ambivalente este tiempo quieto, que los cuatro elementales se enrarecen a tal punto que puedo entrever la clara voz y también la gestualidad de un lenguaje que se mira en el espejo de una historia inenarrable y, por tanto, desplegada en un cúmulo de poemas lúgubres bellamente escritos. Del agua se dice: “Es en el río donde penden las aguas de las aguas remotas/ la noche/ es otro ahogado en la curvatura del agua”. Ese río es un estado del alma, un kairotopos, esto es, ese tiempo existencial, ese río detenido en el nombre de un ahogado. Avanza y se detiene, indaga, revela, narra lo inenarrable. Así mismo ocurre con sus bosques: “Los desaparecidos danzan el temblor del bosque (…) El bosque es un camposanto,/ un campo insepulto”.

Y con el aire ocurre algo similar: “En este país de humo, (…) Todos cargan en su ropaje/la huida”. Y lo particular ocurre con el fuego, con ese sol que abrasa y borra la memoria de nuestros muertos; en sus vaivenes irrumpen las presencias. En este caso, asaltan las presencias de los olvidados, los arrasados, los mutilados y de los vivos que no duermen. Con tanta guerra y el aturdimiento que genera en nuestros imaginarios, parece que ya no vemos. Los seres humanos tendemos a confundir los hábitos con las verdades a las que aspira nuestro adolescente intelecto. Percibo una cierta violencia en el lenguaje, pues justo allí están escritas las páginas que significan y conjuran aquello de lo que somos capaces. Y el arte es la forma auténtica de reconciliarnos con nuestra historia y nuestro territorio.  

Paso también por el reino de los oficios, y entre almaceneros de osarios, mamposteros, juntacadáveres, lloronas con sus ecos ásperos, creadores de insomnios, vendedores de nostalgia, contrabandistas, cocineras, pescadores, panaderos, violinistas, entre otros, coinciden con un país abrasado por la oscuridad de su historia, por los muertos no llorados, los no encontrados, incluso por estos muertos vivientes que intentan sobrevivir cosiendo sus insomnios, triturando el tiempo con sus atrios de álgebra y la voz de Catalpa, lugar-personaje, y Joaquín Ronderos, quien con su diario se transforma en la cicatriz de un país de humo. Ese mismo personaje entrecortado pasa a ser, por tanto, un personaje-lugar en quien los deseos se nublan porque regresa desde “la república de los obligados”, y tiene que gritar: 

Nada, 

solo púas en el horizonte. 

Escribo desde la muerte. 

Desde la muerte escribo 

para hacer más lenta la noche 

           y que sea posible hablar sin hablar.

Es un corresponsal de guerra, ha dejado su diario, el acta de nacimiento del tiempo recobrado. Ese es quizás un libro en busca del espacio-tiempo perdido. No en vano este poemario palpita entre los amantes de la poesía como un alivio que llora y nombra los huesos recobrados, los cadáveres, e intenta contarlos como un matemático loco que tanto ha sufrido: “hay una memoria viva vestida de frac/ trepada en un mástil sin/ destino”. Tuve la necesidad imperiosa de hallar la oración de este recorrido, que se condensa en el siguiente fragmento: 

El hombre no conoce la luz. 

¿Si imaginamos que es real? 

¿Donde la luna no es más que una membrana ciega 

en zona de refugiados? 

Aprendí que los tiempos verbales se reconcilian, no tanto en la luz, en ese Cronos devorador, sino más bien con el ímpetu de llamar a nuestros territorios los campos santos, que nos han dejado su tierra, especialmente el olvido, ese esfuerzo de borrar lo que nos hace irreales como la membrana ciega que acompaña estas revelaciones. Lo que nos queda, en efecto, es la invitación a abrazar y habitar este bello texto de Hellman.

*Wilfer Alexis Yepes Muñoz. Escritor