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Los precipicios del alma. Reseña de Los abismos, de Pilar Quintana

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Los precipicios del alma. Reseña de Los abismos, de Pilar Quintana
By Libros y Letras 7 de junio de 2021
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Los
abismos
, la más reciente novela de Pilar Quintana que le mereció el
premio Alfaguara de novela 2021, atrapa por su ritmo y narración envolventes
que hacen que una como lectora no quiera soltar el libro hasta terminarlo. A la
convocatoria del premio se presentaron 2428 manuscritos provenientes de todos
los rincones de América Latina y también de España.


Por: Mariana Serrano Zalamea*

Sobre la novela galardonada
dijo Irene Vallejo, autora de El infinito en un junco, que «Entre la lucidez, la inocencia, el suspense
y los laberintos del deseo, traza un mapa inolvidable del desgarrador camino
hacia la libertad». Y el presidente del jurado, Héctor Abad Faciolince,
reflexionó: «¿A qué abismos se asoma una niña todavía atónita ante los
misterios de la familia y del mundo? Su piso es una selva, su hogar un
supermercado, su país unas montañas cubiertas de niebla que oculta precipicios.
Así el lector se abisma en los abismos de Pilar Quintana».

En Los
abismos
la autora juega con la
polisemia de esta palabra: remite a los precipicios reales que enmarcan la
carretera al mar y a los metafóricos que nos conectan con los umbrales que
viven los seres humanos en situaciones límites, en profundidades psicológicas
aterradoras que nos hacen conectarnos con la muerte más que con la vida.

Es
evidente que esta escritora caleña (1972) ha consolidado una poética que ya se
había hecho manifiesta en La perra, su anterior y premiada novela: una
narración entreverada con descripciones magistralmente logradas que generan
atmósferas potentes, un lenguaje escueto, limpio y ágil que, por eso mismo,
tiene una nitidez poética, un cuidadoso trabajo de escenas que configuran una
escaleta de acciones y que reflejan su formación y su experiencia como
guionista que piensa en imágenes.

La novela parte de ver a la niñez como
el lugar de la vida que se ve empañado por maternidades y paternidades mal
resueltas y por temores atávicos, incluso fantasmagóricos, que se enlazan con
los reales. La historia configurada por Quintana se ubica en un hilo temporal
que responde a los recuerdos de Claudia y su infancia, protagonista de la
novela, pues a partir de ella conocemos a los otros personajes de la historia. El
contraste espacial entre la ciudad de Cali, en donde está el apartamento de
Claudia y sus padres, el supermercado, el club social y las propias calles
tapizadas de árboles y el río y la finca de la montaña, son una muestra de la
maestría de esta escritora para configurar atmósferas y ambientes que sitúan a
los lectores en los lugares donde se despliega el relato.


«Como lo dice Quintana, sus personajes femeninos son fuertes y llenos de aristas. Se escapan a lo convencional, exploran los umbrales y límites de la psicología y las situaciones vitales.»

Quien cuenta y vive el relato es la voz
de Claudia que proviene de la introspección conectada con la memoria; hace
pensar en la recuperación de la piel, las emociones y los pensamientos de una
niña, y adivinamos que esa narradora relata desde la distancia de una mirada
adulta. Además, los diálogos que crea Quintana recuperan la frescura y la
contundencia de la mirada infantil. Nos recuerda a escritores como Emma Reyes
el recrear su miserable niñez en Memorias por correspondencia o en J. M.
Coetzee
en Infancia y sus descripciones detalladísimas de sus primeros
años, dos muestras de piezas ejemplares en la escritura sobre los primeros años
de la vida. El conflicto fundamental es que la niña se siente “abandonada”
aunque las palabras de los adultos digan lo contrario: una mamá linda y
ausente, un papá triste y adicto al trabajo, una infidelidad que saca a la luz
todos los conflictos soterrados que desatan un temor muy grande por parte de
Claudia de perder a su mamá.

Y, adentrándonos más en esa mamá
distante, aparece acá el trabajo cuidadoso de configuración de personajes que
logra Pilar Quintana: así como sucede con Damaris en La perra que se
transforma de un ser que adora al animal a un ser que vuelca en ella sus
frustraciones y rabias, así asistimos a las transformaciones de la vida de Claudia,
la madre: sus días pasan de efímeros entusiasmos a desánimos recurrentes.

Por otro lado, está Paulina, la muñeca,
que cumple el papel de ser una especie de “alter ego” de la niña Claudia: es la
principal compañía para la solitaria niña, es quien asume un gesto ventrílocuo
con el que osa nombrar lo innombrable, es quien cobra vida acercándola a la
muerte. Es un personaje misterioso e incluso perturbador. Este es, tal vez, el
elemento que la propia Quintana nombra como el ingrediente de gótico tropical
que tiene la novela (lanzamiento del libro en Bogotá el pasado abril). Sumada a
la fantasía en torno al Viruñas, personaje de la cultura popular
fantasmagórica, Paulina sintetiza los miedos que atormentan a la solitaria niña
Claudia.

Todos los
hombres de la novela están muy bien logrados. En esa ausencia sufriente, en
esas corazas que han tenido que asumir las masculinidades en nuestra cultura
castradora. Su padre quien quedó huérfano pues su mamá murió cuando lo trajo al
mundo. Tal vez, por eso mismo, lo vemos a través de una mirada benévola de la
niña que sabe que él la acompaña en largas caminatas por el río, por San
Fernando, por el barrio del supermercado, que suben hasta la estatua de
Belalcázar desde donde divisan esa Cali salpicada por la mancha de los gualandayes
violetas y rosados, por las ceibas y la naturaleza que solaza a sus habitantes
del calor penetrante. Gonzalo y Patrick son los otros dos hombres que
despiertan la ilusión y la posibilidad de escaparse de Claudia mamá. El
primero, epítome de la caleñidad que ensalza los cuerpos esbeltos y musculosos
que despierta sus deseos y fantasías eróticas; el segundo que queda en el
recuerdo como el amor que pudo haberla apartado de la vida plana y aburrida que
vive en la ciudad, que la pudo haber sacado de una vida predecible y llena de
lugares comunes.


«Todos los hombres de la novela están muy bien logrados. En esa ausencia sufriente, en esas corazas que han tenido que asumir las masculinidades en nuestra cultura castradora.»

Como lo
dice Quintana, sus personajes femeninos son fuertes y llenos de aristas. Se
escapan a lo convencional, exploran los umbrales y límites de la psicología y
las situaciones vitales. Están Amelia y Gloria Inés, cuñada y prima de Claudia
mamá. Amelia, esa tía cercana y presente para la niña que luego también se
desvanece. Amelia es la adulta con la que la niña Claudia conecta, conversa y
se siente reconocida. Gloria exacerba los temores de nuestra protagonista pues
a través de ella se asoma a la presencia de la muerte.

Esta es
una novela de atisbo a los abismos, como lo explicita Quintana en una
entrevista para Libros & Letras: “El
miedo a la orfandad, a las alturas, a la neblina y a la propia oscuridad”. Los
abismos psicológicos traslapados con los del territorio aledaño a Cali. Esos
precipicios del alma que le dan un carácter universal a los personajes de
Quintana al reflexionar sobre temas cruciales de la existencia como la muerte,
el suicidio, el abandono, el deseo, las cárceles sociales y la niñez expuesta
en carne viva a todo ello.


*Mariana Serrano Zalamea. Traductora, profesora y editora
independiente.


📷Foto libro Los abismos: Libros & Letras