Mi primo Gabito por José Luis Díaz-Granados (*)

No. 6.671, Bogotá, Sábado 19 de Abril de 2014 
El deber revolucionario de un escritor es escribir bien 
Gabriel García Márquez.
Gabriel García
Márquez, inmortal como su literatura, nos permitió ver el mundo a través del
realismo mágico. ¡Gracias Gabo!
Una rosa amarilla
en su tumba…
Mi primo Gabito por José Luis
Díaz-Granados (*)
Un
costeño flaco, de piel trigueña, los ojos negros vivaces, el cabello crespo,
bigote bien rasurado bajo la nariz saudita, junto a un grano del tamaño de una
arveja al final de la mejilla derecha y una sonrisa rutilante con un diente
plateado, es la primera impresión que tengo de Gabriel García Márquez, Gabito, como siempre le he dicho, la tarde del domingo en que lo conocí,
el 28 de octubre de 1959.
Vestía
un suéter azul oscuro, bluyín y mocasines negros. Sentado en posición búdica
sobre la alfombra de la sala del segundo piso de un apartamento situado en la
carrera cuarta con calle cincuenta y nueve, a los pies de Mercedes —su joven
esposa, quien arrullaba a Rodrigo, el bebé de dos meses de nacido—, Gabito me
recibió con muestras de cariño familiar mientras apagaba en el cenicero un
cigarrillo Pielroja.
 Desde meses atrás, mi tía Dilia Caballero de
Márquez, me enseñaba recortes de periódico de 1955 a 1957 relacionados con las
actividades literarias de ese joven autor, que coleccionaba su esposo Juan de
Dios —tío de Gabito y hermano por parte de padre del coronel José María
Valdeblánquez, mi abuelo materno—, y tenía pegados con goma sobre hojas de
cuadernos escolares. Recuerdo que más que todo se trataba de artículos sobre
sus cuentos, reseñas de La hojarasca
y entrevistas sobre su oficio creador.
Mi
tía Dilia me daba a conocer esos recortes porque sabía que a mí me gustaba
escribir poemas y relatos de aventuras. Por esos días, yo había cumplido 13
años de edad y había leído La hojarasca, cuya
segunda edición acababa de aparecer en un festival de libros, lo mismo que su
cuento “La noche de los alcaravanes”, publicado en la revista Cromos.
Casi de inmediato, estimulado por esas y otras
lecturas del joven narrador que apenas sobrepasaba los treinta años, me di a la
tarea de escribir cuentos. Uno de ellos, titulado “La casa” (desde luego,
porque había leído que así se llamó su primer intento de novela), me lo publicó
Gonzalo González (GOG) en el magazín dominical de El Espectador el once de octubre del 59. De manera que cuando
llegué esa tarde a conocer a Gabito por invitación de mi tía Dilia, lo primero
que hice fue entregarle el recorte de mi cuento, el cual leyó con atención
aprobatoria luego de acostarse bocarriba sobre la alfombra.
A
partir de este encuentro, yo iba a su casa casi todos los fines de semana.
Además, también solía visitarlo en su oficina de Prensa Latina, cosa que haría
con inusitada frecuencia hasta los primeros meses de 1960, cuando se fue con
Mercedes y el niño para Nueva York.
Nos
volvimos a ver en marzo de 1966. Mi padre acababa de morir y yo había
abandonado los estudios secundarios. Le conté cómo me había enfermado en la
Zona Bananera durante una estancia allí donde solo leí, escribí y bebí ron
“Caña”. Mi mamá, Margot, a quien Gabito llamaba La memoria de la estirpe por las mil historias de la familia que
ella le contaba y las que le escribía por carta, le ponía quejas mías y él
sonriendo comentaba: “Ese es buen principio para ser escritor”.
Siempre
que venía a Bogotá, nos encontrábamos en alguna parte. “¡Ajá, poeta! ¿Y usted
cerró el grifo?”, era el saludo cuando no veía nada mío publicado en mucho
tiempo. En 1967 le enseñé una plaquette mía
de poemas que acababa de imprimir. Se quedó mirándola, contó sus pocas páginas
y preguntó: “¿Cuántos ejemplares sacaste?” “200”, respondí. “¿Y cuánto te costó
la edición?”, “Doscientos pesos”, le dije. Soltó la risa y sin dejarme de mirar
exclamó: “Mierda… ¡A peso como un cancionero!”. En los años 90s, una tarde en
“Oma” de la 82, vio que yo intentaba pagar el consumo de todos y dijo: “No
hombre, qué vas a pagar… Los poetas son muy pobres”. Frase que me seguiría
repitiendo durante muchos años, en diversas partes y en variadas
circunstancias.
En la época en que con otros primos decidimos
reunirnos los sábados en “Oma” con su hermano Eligio, quien tomaba notas e
investigaba obsesivamente la trayectoria literaria del patriarca para su
monumental obra Tras las claves de
Melquíades,
de pronto aparecía Gabito sin avisar, se sentaba y preguntaba
cómo iba nuestro “centro literario”. Nos contaba chismes acerca de algún
político o personaje de moda, proyectos personales o simplemente comentaba
asuntos de la cotidianidad. Íbamos luego a la librería vecina, nos
confidenciaba algo de ciertos autores y casi siempre terminábamos muertos de la
risa.
Podría afirmar que mi
relación con Gabito resulta millonaria en recuerdos y en anécdotas, todas
afectuosas y entrañables. Recuerdos llenos de historias, gestos, apuntes
hilarantes y relatos caribeños. Sé que todo ello daría para escribir un
voluminoso libro. Me precio, entre otras cosas, de no haber revelado jamás a
nadie este parentesco hasta que a finales de los noventas, a raíz de mi
estrecha amistad con Eligio, y también por boca del mismo Gabo y de su hermano
Jaime, estos lazos familiares se fueron sabiendo irremediablemente.
De
niño lo vi siempre muy cercano a mis padres y a mi tío Valdecito; de joven, muy
confidente con mis primos (también de él) José Stevenson, Margarita Márquez
Caballero y Óscar Alarcón Núñez. Y en la madurez, con el afecto siempre
estrecho y cálido hacia Gladys, mi esposa, (“la
única mujer distinta y soportable”,
le escribió en la dedicatoria de Del amor y otros demonios), hacia mis
hijos Federico (a quien rapté del colegio un día a sus 9 años para llevarlo a
conocer a su ya famoso pariente) y Carolina (a quien mimó muchísimas veces
durante nuestra larga estancia en La Habana), y hacia mi nieto Sebastián, con
quien conversó toda una tarde en su casa de Ciudad de México hace pocos meses.
Con
ese hermano mayor he compartido veladas y reuniones en todas las épocas de su
vida: cuando él era joven, pobre y nervioso; en su edad madura, ya muy parco en
sus opiniones; en la plenitud de su celebridad, poco extrovertido y serenado de
todas las pasiones, y entrando en la vejez con el bigote níveo y la alegría de
los ancianos sabios. Lo he visto en 1959, absolutamente desconocido por la
gente, vestido con gabardina, del brazo de Mercedes, haciendo cola para ver una
película en el Cine Metro, en el centro de Bogotá; lo he visto también,
acostado y tranquilo en una suite de un hotel bogotano mientras lee
distraídamente una novela de Graham Greene; vestido totalmente de blanco, hasta
la correa de su reloj y los zapatos, hablando con Roman Polanski o en la casa
de Pablo Milanés, junto a Carlos Varela o caminando por una calle de La Habana
Vieja sin que nadie lo importune, y lo he visto también, reverenciado por
monarcas, presidentes y escritores famosos, saludando con el brazo en alto a
una multitud devota que lo aclama en el Centro de Convenciones de Cartagena en
el 2007. Hemos hablado de todo, tanto de asuntos de aparente trascendencia,
como de historias de nuestros comunes ascendientes y hasta pendejadas de
diversa índole alrededor de unos vasos de whisky.
¿Qué
detalles recurrentes retengo siempre de este primo en segundo grado? Uno:
cuando él está hablando y yo lo interrumpo con algún comentario, por trivial
que sea, él se calla bruscamente y me escucha con mucha atención. Dos: cada vez
que me despido, insiste en que no me vaya todavía, en que me quede un rato más.
Y tres: siempre me hace sentir al nivel de su grandeza literaria. “Eso mismo
van a decir de nosotros”, suele decirme con frecuencia.
Desde
luego que entre 1959 y 2012 este personaje llamado Gabriel García Márquez,
ganador del Premio Nobel de Literatura en 1982, no puede ser el mismo. Pero
para mí siempre lo será, aquí, allá o acullá. Y seguiré viendo a Gabito como al
mismo costeño zumbón e ingenioso de 1959 que en la intimidad se burla de los
alamares del culto, la solemnidad y hasta del temor reverencial que despierta
en centenares de miles de personas que lo consideran el más grande escritor
vivo del mundo.
(*) José Luis Díaz-Granados (Santa Marta, 1946).
Poeta, novelista y periodista. Obras principales:
El
laberinto
(poesía, 1968-1984); Las
puertas del infierno
(novela, 1985,
finalista del Premio Rómulo Gallegos);
Rapsodia
del caminante
(poesía, 1996); Cuentos
y leyendas de Colombia
(1999); El otro Pablo Neruda (ensayo, 2004); Los años
extraviados
(novela, 2006) y Fulgor
de la Calle Grande
(novela, 2012). Sus libros de
poesía se hallan reunidos en un volumen titulado
La
fiesta perpetua. Obra poética, 1962-2002

(2003).

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