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Pablo Montoya, ganador del premio Romúlo Gallegos 2015

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Pablo Montoya, ganador del premio Romúlo Gallegos 2015
By Libros y Letras 5 de junio de 2015
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No. 7.086, Bogotá, Viernes 5 de Junio del 2015

Pablo Montoya, ganador del premio Romúlo Gallegos 2015

Pablo Montoya, ganador del premio Romúlo Gallegos 2015
El jurado conformado por Mariana Libertad Suárez (Venezuela), Javier Vásconez (Ecuador) y Eduardo Lalo (Puerto Rico), ganador de la edición anterior, eligió a la novela Tríptico de la infamia el escritor colombiano Pablo Montoya como la ganadora del XIX premio Romúlo Gallegos, fallado este 4 de Junio de 2015. 
A propósito del merecido premio, reproducimos una de las entrevistas realizadas a Montoya por nuestro portal cuando recién publicaba su novela.
El libro para mí es la gran compañía, en tanto que es a la vez un consuelo y un estímulo. Y la biblioteca, es como una especie de utopía lograda
Por: Jorge Consuegra (Libros y Letras)
Si no hubiera por su mamá que era una lectora empedernida y por la colección de los libros de Ariel Juvenil, Pablo Montoya no hubiera sido el voraz lector que es hoy. 
Desde muy pequeño estuvo metido en ese fascinante mundo de la letra impresa, de las ideas y la metáforas, de la vida y de la muerte, y desde siempre los libros han sido su sino, su meta, su objetivo e, incansablemente, escribe, escribe, escribe.
– ¿Su mundo, desde siempre, fueron las letras?
– Desde que era niño, y gracias a una madre lectora, tuve un contacto de afecto y de asombro con los libros. Pero, en rigor, mi familia no es una familia letrada. A veces concluyo que yo, entre una camada de once hijos y en medio de una familia caracterizada por los valores del dinero y el trabajo típicamente antioqueños, fui el único que aprovechó con intensidad la pequeña biblioteca que había en casa. Por supuesto que fui un niño que jugó a lo que jugaban los niños de mi época (escondidijos, chucha, vuelta a Colombia con tapas de gaseosas, etc.), pero recuerdo que desde que se me enseñó a leer (hacia los 6 ó 7 años), algo esencial ocurrió en mi vida y desde entonces he tenido una profunda relación con las letras. 
– ¿A qué edad empezó a escribir sus primeros cuentos?
– En realidad, lo primero que empecé a escribir fueron poemas, como a los trece años. Pero sucedió algo que, en mi pequeña historia personal, marcó lo que vendría después. En segundo de bachillerato, en 1977, el profesor de español nos pidió que escribiéramos algo corto sobre algún objeto familiar que nos despertara interés. Escribí media página sobre un árbol, un carbonero, que había en casa. Eran impresiones de un adolescente y más allá de eso no sabía más nada. Mi trabajo sacó 5 y el profesor delante de todo el grupo elogió mi texto y dijo algo que fue muy importante para mí. Dijo que yo tenía madera para escribir. Cuando recuerdo esas líneas que hice, veo en ellas no solo mi tímido inicio como escritor, sino que encuentro en esa media página, que era una prosa cargada de intentos poéticos, la raíz de algunos libros que habría de escribir después: Viajeros, Trazos y Programa de mano; y que son una mezcla de minificción y poesía. Luego, muchos después, en 1996 cuando vivía en París, publiqué mi primer libro: Cuentos de Niquía.
Pablo Montoya, ganador del premio Romúlo Gallegos 2015
– ¿Cuáles fueron los primeros libros que tuvo en sus manos?
– El libro más importante que había en mi casa era la Biblia. Mi madre lo ponderaba no solo como el libro sagrado, sino como el mejor que se había escrito en toda la historia de la humanidad. Esa Biblia, que era grande, gorda y roja, tenía su lugar especial en una mesa, entre el comedor y la sala. Recuerdo que allí puse mis ojos y un mundo tremendo, antiguo, maravilloso y violento, se me reveló. Pero los libros que más alegraron mi infancia fueron los cien tomitos que conformaban la colección Ariel Juvenil Ilustrada. Salían cada semana y mis padres me los regalaban por ser tan buen estudiante. Eran unos resúmenes de las grandes obras de la literatura universal. En esa colección encontré a Sófocles, a Stevenson, a Flaubert, a Dostoyevski, a Dante, a Salgari, a Dumas, a Gogol, a Tolstoi, a Cervantes, a Verne y a otros muchos más. 
– ¿Qué es lo que le ha fascinado de tener siempre un libro a su lado?
– El libro para mí es la gran compañía, en tanto que es a la vez un consuelo y un estímulo. Y la biblioteca, sobre todo la personal, en la que yo me hallo o me extravío rodeado de los libros que he conseguido a lo largo de mi vida, es como una especie de utopía lograda. En verdad, es la única utopía en la que creo, o al menos, en la que me siento más cómodo. Con todo, debo decir que mi relación con los libros ha tenido momentos de crisis. En algún momento de mi adolescencia pensé que me estaban enloqueciendo. Pero Don Quijote me ayudó a superar esos fantasmas, usualmente construidos en familias y sociedades que han visto la lectura frenética y dichosa como algo pernicioso. Ahora bien, en una época como la nuestra que se ha llenado de libros desechos, de libros escombros, de libros consumo, es factible que uno descrea un poco de ellos. Pero cuando pienso en toda esa larga y densa historia de la lectura y en el papel que los libros han ocupado en la liberación de los humanos de todos los yugos que los han oprimido y envilecido, me inclino ante ellos y vuelvo a pensar que es lo mejor que nos ha pasado en la historia de las civilizaciones. En medio de las grandes tragedias, de los peores momentos de la degradación y la estupidez, de las horas más abismadas de la soledad, el dolor y la impotencia, el libro ha sido la antorcha que ilumina esos caminos espinosos.
– ¿Qué hacer para que en Colombia tengamos un verdadero hábito de lectura?
– Somos un país colonizado desde que existimos en la historia. Esto ha hecho que todo, y particularmente las cuestiones relacionadas con la cultura, nos llegue tarde. Aunque pensemos lo contrario, y nos animemos hoy con las tendencias de la aldea universal, las democracias neoliberales punto com y el multiculturalismo de hogaño, seguimos siendo un país periférico, atrasado y penoso. Y hablo de colonización, porque es justamente con las políticas católicas de la Contrareforma, encarnadas en Felipe II, que nos llegó a América la prohibición de la lectura. Claro está que no estoy diciendo que en el catolicismo no exista una tendencia culta y libresca. Pero la que nos tocó a nosotros no fue ni ha sido de esa índole. Desde entonces, desde el silgo XVI, una y otra vez, se nos ha dicho sistemáticamente que la lectura es peligrosa porque aleja de Dios, produce el individualismo y nos torna desdichados. Frente a tal circunstancia, contra la influencia de una religiosidad malsana y angosta, contra unos políticos y gobernantes iletrados o letrados en el peor sentido del elitismo y la simulación, contra una mentalidad guerrera y que siempre ha desdeñado a la cultura y los libros, hemos tenido que luchar incesantemente en Colombia para que exista una libertad de pensamiento y una conciencia de respeto y tolerancia cívica. Superado este lastre histórico, es posible que la lectura se vuelva un hábito. Ahora bien, cuando miramos actualmente el papel de los medios de comunicación y la estolidez colectiva que ocasionan, la lectura, como ese ejercicio de conocimiento liberador al que me he referido, es cada vez más difícil de lograr. Frente a este orden de cosas, soy pesimista. En todo caso, pienso que el lector es una flor rara que puede nacer en cualquier coyuntura, en hogares incultos y vulgares, en coordenadas vigiladas y aplastantes, en sitios en donde reina el caos y el bullicio. El lector, mejor dicho, siempre que surge es como un milagro.
– ¿Será que este hábito nace desde la misma casa? ¿Desde la infancia?
– Creo que sí. En hogares lectores, en donde se estima y valora la lectura este hábito será mucho más fácil lograrlo. Cuando he dicho que provengo de una familia en la que se no leía con suficiencia, me estoy refiriendo a que solo mi madre lo hacía con más o menos disciplina. Ella tuvo una época difícil: la menopausia. Las siestas rigurosas de todas las tardes –mi madre se despertaba a las 4 a.m. todos los días- se le desaparecieron y empezó a leer para bandear esas horas de desazón. Pero entonces yo llegaba de la escuela y la veía, sentada en su poltrona, con un libro en la mano. Tal presencia, la de una mujer de cabellos entrecanos, leyendo en las silenciosas tardes de una Medellín definitivamente ida, es de las imágenes más hermosas y estimulantes que tengo. Y siempre que la evoco, el amor por la lectura se me incrementa.