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Patrick Modiano: “No consigo nunca decir lo que quiero”

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Patrick Modiano: “No consigo nunca decir lo que quiero”
By Libros y Letras 24 de junio de 2015
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No. 7105, Bogotá, Miércoles 24 de Junio del 2015

Patrick Modiano: “No consigo nunca decir lo que quiero”

Tomado de La Vanguardia / España. El piso de Patrick Modiano (Boulogne-Billancourt, 1945) frente al Jardín de Luxemburgo ocupa toda una planta de un edificio noble del distrito sexto de París, con cuadros hasta en los rellanos. Obsequioso, inquieto, sonriente y titubeante, a veces las palabras se le encabalgan en la boca y otras interrumpe sus frases de repente, como corresponde al tímido locuaz que es. La imponente biblioteca del último premio Nobel de Literatura cubre todas las paredes de su estudio. Él se sienta junto a nosotros en un sofá rojo de escay mientras, en la mesa de trabajo, reposan listines telefónicos de los años 30 y 40 que parecen salidos de un álbum de Tintín y que le ayudan a reconstruir –apellidos, establecimientos– esa ciudad que ya solo existe en sus libros. Saludamos un momento a su hija Zina, directora de cine, casada con un español y que pasa unos días con sus padres. Modiano sigue escribiendo sus novelas a pluma –“por pereza, soy incapaz de pasarlas al ordenador”–, tiene un diván verde como de consulta de psicoanalista y, sobre una escalera, vemos un elegante bastón, pero no es para ayudarle a andar –está tremendamente ágil– sino para alcanzar los libros de los últimos estantes, que tocan el alto techo de molduras blancas.
Tras la conversación, paseamos con él por su barrio, donde se sienta en una terraza bromeando –“que no se note mucho que es el café de mi juventud perdida”–, y entra, reivindicativo, en la librería Picard & Epona, en su misma calle, que va a cerrar en cinco meses: “Es una catástrofe, han cerrado unas cincuenta librerías en París en los últimos tres años, y en este barrio cada vez quedan menos, ¿que en Barcelona es peor? No puede ser… Las reemplazan todas por tiendas de ropa, hay otra en la plaza Saint-Germain a punto de esfumarse”; se ofrece a los empleados por si le necesitan como figura reivindicativa pero estos le comentan que hay poco que hacer (“muy amable, señor Modiano, pero…”). Un lector le aborda entonces y le dice, con la misma pasión como si hablara de fútbol: “¡En su discurso de aceptación del Nobel, no hizo usted referencia a la Praga de Kafka!”. El semblante de Modiano se trastoca, entonces, como si le hubieran notificado la muerte de un familiar: “¡Es verdad!”, dice llevándose la mano a la boca y balanceando la cabeza: “Kafka… Ha sido muy importante para mí, me sabe mal, ahora ya no puedo hacer otro discurso”. Al final, el lector tiene que acabar animándole: “Pero es un discurso excelente, señor Modiano, lo he leído varias veces y lo tengo subrayado”.
-Su nueva novela, ‘Para que no te pierdas en el barrio’, que Anagrama y Proa pondrán a la venta (el próximo miércoles 3 de junio), se origina con un hecho real, ¿verdad? Cuando usted, de niño, fue confiado junto con su hermano a otra mujer, en una mansión de la que entraban y salían visitantes extraños…
-Siempre uno se sirve de su propia vida, pero no es autobiográfico sino un relato imaginario. Es verdad que he tenido una infancia extraña, abandonado por mis padres que constantemente me dejaban en casa de amigos suyos a los que yo no conocía. Los niños no se formulan preguntas pero luego te das cuenta de que aquello que viviste no era normal. Un padre que no estaba y una madre actriz que se iba de gira continuamente. En el momento, aquello me parecía natural, pero…
-El protagonista es un escritor solitario, Jean Daragane, que recibe una visita de un extraño, lo que desencadena una investigación sobre su pasado, que ha olvidado.
-Es una excusa narrativa para que él revisite su pasado. Y la frase del título proviene de una nota que a mí me escribieron, tal vez no exactamente con esas palabras.
-¿Es cierto que hay hasta un cómic de Blake & Mortimer inspirado en ese episodio de su infancia?
-Lo que hay es un álbum, SOS Meteoros, donde un episodio sucede en el lugar exacto en el que yo estuve de niño. Hay un coche que se detiene justo enfrente de la casa donde yo vivía, incluso se ve la ventana de mi habitación, y sucede en los años cincuenta, como mi libro. Hay azares extraños como ese.
-Daragane comienza a escribir para atraer la atención de una mujer. ¿Por qué empezó usted?
-Bueno, en un momento dado, yo no tenía estudios universitarios y tenía que hacer algo en la vida. Con 23 años, no podías pasarte el día sentado en un café. Había tenido a Raymond Queneau de profesor en el instituto, y empecé a escribir así, sin reflexionar, era la única cosa que podía hacer.
-No para atraer a alguien.
-No. Para intentar encontrar un equilibrio, vivía en un período de mi vida borroso, difuminado.
-“Acabamos por olvidar aquellos instantes de la vida que nos perturban o que son demasiado dolorosos”, sentencia un personaje. ¿Qué es lo que ha olvidado usted?
-Nada, no he olvidado. Hay períodos que había borrado pero vuelven de vez en cuando, en el momento más inesperado, como una especie de estribillo de la memoria.
-Su personaje es un caso extremo: ha olvidado casi toda su infancia, una amnesia casi total.
-Había conseguido desembarazarse de sus recuerdos raros y, bruscamente, como una picadura de insecto, sucede algo que se los restituye.
-Es como una novela policíaca donde el enigma es él mismo.
-Él se dedica a seguir los pasos de una mujer pero, en realidad, se sigue a sí mismo.
-Se parece a ‘Calle de las tiendas oscuras’ (1978), en ese sentido.
-Sí, el tema de la amnesia me ha impactado siempre, lo he tratado en varias novelas. Tiene que ver con la identidad, otra de mis obsesiones.
-¿Cómo definiría a Annie Astrand, la mujer misteriosa, de la que el lector acaba enamorado?
-Yo también un poco, el novelista es prisionero de las cosas que vivió durante su infancia y le impactaron. Un gran autor como Dickens estuvo siempre profundamente afectado por el hecho de que su padre hubiera estado en la cárcel. Son temas que te vienen desbocados, sin freno, sin pausa. Los niños son novelistas en estado puro porque tienen una manera de ver las cosas diferente, integrándolas en una lógica personal, modificándolas según una coherencia interna.
-Ya que habla de la cárcel, de hecho, Annie ha ido, parece, pero nos preguntamos por qué.
-Repito en cada novela, sin tener conciencia, ciertos temas como la cárcel, es extraño, no quiero saber ni de dónde me viene. En algún resorte de la memoria guardo algún recuerdo carcelario borroso, relacionado con alguien de mis cuidadores, tal vez.
-A pesar de la exactitud de los lugares que describe, con la calle y el número y a veces el piso, estamos en un París que ya no existe.
-Existen los barrios y los edificios, pero pasear por ellos proporciona una impresión extraña, como si vieras un perro que has tenido en el pasado pero que ahora está disecado. La ciudad se ha vuelto aséptica.
-¿Y el hipódromo de Le Tremblay?
-Existía, en los alrededores de París, pero lamentablemente ha desaparecido, era pequeño, se apelotonaba la gente para sellar sus apuestas. Yo iba allí con alguien obsesionado por las carreras, fui muchas veces. Era una atmósfera, cómo decirle, otoñal, tenía un aire terriblemente melancólico.
-Vemos, una vez más, cómo los recuerdos no sirven para encontrar la verdad. ¿Recordar es inventar?
-Más bien digamos que los recuerdos son fieles para recrear impresiones y atmósferas, no datos concretos.
-Aquí ofrece diferentes niveles temporales, en concreto tres, primero sucesivos pero que se van superponiendo como los estratos de la corteza terrestre.
-Quiero dar la impresión de que finalmente el tiempo se funde, de varios estratos que acaban por confundirse y crean algo intemporal, de que hay un juego de transparencias entre el presente y lo que le ha precedido.
-‘Para que no te pierdas…’ fue publicado en Francia poco antes de ganar el Nobel…
-Una semana antes.
-¿Qué ha cambiado el Nobel?
-No gran cosa. Cuando uno empieza a escribir muy joven, llega a mi edad y de golpe acumula 50 años de oficio, y la impresión terrible de que es un período tan largo de tiempo… Hay varios de mis libros que pertenecen a otras vidas que ya no son la mía. Hay libros que he olvidado, es como si hubieran desaparecido o se hubieran desconectado. Al principio tenía lectores jóvenes de mi edad, otros mayores… ahora casi todos son más jóvenes que yo. El Nobel revuelve todo eso, te acerca a la sensación de final de etapa.
-¿No le cambian las rutinas, la vida?
-No, nada, bueno, me identifican más por la calle.
-Pero ya no puede confundirse con la multitud entre los murmullos de un café.
-No, eso no…
-Muchos creyeron que con el durísimo Un pedigrí (2004) había saldado cuentas definitivamente con sus padres. Pero vemos que vuelven…
-Sí, no se acaba nunca. ‘Un pedigrí’ era otra fórmula, mucho más directa, ya no será jamás así, ahora vuelven como un rumor de fondo.
-En las poco más de las cien páginas de la novela, ofrece una exhibición de su estilo, de su voz. Pero extrema la economía de medios, ¿con los años se vuelve usted más sencillo?
-Más elíptico, sí. Cuando empecé a escribir fue difícil, era muy joven y tenía dificultades, no sabía cómo explicar las cosas… Redactaba sin espacios, frase tras frase, sin blancos, sin dejar respirar. La naturaleza de la juventud se halla en flagrante contradicción con la escritura, con la concentración y aislamiento que requiere, de joven uno está crispado y no puede escribir de modo distendido. Es como el trabajo de carga en los muelles, uno ve a esos mozos llevar cargas pesadísimas como si nada, porque tienen un sistema para colocarse el peso y distribuirlo bien, pero llegaba gente como yo, que no tenía esa habilidad corporal y el menor peso nos desestabilizaba. De joven, te cuesta alcanzar la serenidad narrativa, debes forzarte mucho, y lo ganas solamente con el tiempo, que te permite sostener el esfuerzo, conseguir más con menos. Mis primeros libros no estaban ventilados, ahora he abierto las ventanas.
-La soledad es un sentimiento muy presente en esta novela.
-Sí, a medida que uno escribe y envejece se da cuenta de que esta actividad es solitaria, tomas mayor conciencia de eso. Estás obligado a autodisciplinarte, no tienes reacciones inmediatas sobre lo que haces y esa impresión te invade.
-¿Se desnuda más cuanto mayor se hace?
-Sí. Al acabar un libro, me invade la insatisfacción, creo que no hice lo que debía hacer, y empiezo rápidamente otro para tapar ese sentimiento. Un libro acabado no me aporta nunca soluciones. Entonces intento retroceder para avanzar mejor. De joven, me invadía la ilusión, creía que llegaría un momento en que quedaría colmado, ya no tendría más necesidad de escribir porque habría llegado a la meta, a lo que quería hacer. Me impresionaban los escritores que, un día, dejaban de escribir, los admiraba, me decía: ‘Ah, esos han llegado, es maravilloso’. Pero es más complejo: siempre siento esa picazón, esa insatisfacción, esa angustia de no llegar. Nunca consigo decir lo que quiero. Tengo que seguir.
-¿No hay escritores felices?
-No, eso es lo que te hace continuar.
-La cita de Stendhal, que dice que no puede perseguir los hechos, tan solo esbozar su sombra, es, de algún modo, su programa literario.
-Lo raro es que, en clase, nos decían que Stendhal se centraba en pequeños hechos verdaderos, pero no, todo es más complejo. Esa frase me impresiona, sí: perseguimos la sombra o el reflejo o las huellas que han dejado los hechos, no los hechos en sí mismos.
-Escribir un libro, dice el protagonista, es dejar señales o guiños a personajes reales, para que los adviertan…
-Sí, yo utilizo, por ejemplo, nombres de gente que existe, esperando reacción de los auténticos, gente que traté en mi infancia, gente enigmática de la que he perdido la pista, siempre espero que se den por aludidos y me digan algo. Me funcionó muchos años, pero a mi edad es demasiado tarde, muy difícil, sería gente que ya tendría cien años. Por este libro nadie me ha llamado y está plagado de personajes reales. Es como esas partituras surrealistas o collages en que se metían fragmentos de la vida real.
-El novelista de ficción suprime dos capítulos de su libro. ¿Usted lo hizo?
-En esta novela no, pero tengo el vago recuerdo de haberlo hecho en mi primer libro. Tengo otro recuerdo, esta vez intenso, de mis 15 años, escribí una novela, ‘El diablo en el corazón’, y la he perdido, pero esa pérdida me ha dejado una sensación extraña, de algo extraviado.
-A pesar del tono policial, lo de menos es la resolución del enigma, algo por lo que usted, como autor, muestra casi desprecio…
-El libro es un intento de recuperar esa mirada infantil. Los niños no tienen visiones parciales, su mirada es muy precisa sobre el entorno, todo cobra una coherencia muy personal. No sabemos cómo fueron los hechos en un relato infantil, lo que fue vivido y lo que él imaginó.
-Usted ha tenido una relación estrecha con dos de las mujeres más fascinantes de nuestros tiempos. ¿Qué es ese libro que hizo con Catherine Deneuve?
-Bueno, no está traducido, es un libro sobre su hermana actriz Françoise Dorléac, muerta en un accidente de coche cuando tenía 25 años.
-Y a Françoise Hardy, a quien le escribió muchas canciones.
-Fue por azar, tenía un amigo que trabajaba en una discográfica, en los años 60, escribí mucho para ella, también para otros cantantes. Ahora ya no lo hago, me sabe mal porque mi idea de literatura es cercana a la música, me gustaría haber escrito algo como ‘Les feuilles mortes’ de Jacques Prevert, que cantó Yves Montand y fue un hit. La música es el arte superior.
-Hombre, pues ahora con el Nobel no le faltarían ofertas para escribir canciones…
-¿Usted cree? Ah, ojalá, pero tal vez sea demasiado tarde…