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Reflexión. La transmutación de emigrar

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Reflexión. La transmutación de emigrar
By Libros y Letras 15 de diciembre de 2017
  • Views: 33

Por: Angelo Marcano*
¿Qué
implicaciones tiene el abandonar tu espacio cotidiano y tu entorno de vida? A
través de un ejercicio reflexivo se indaga sobre cómo repercute la emigración
en el individuo.
Si
usted planea emigrar, sabrá ya que se ha comprometido con llevar a cabo una de
las actitudes más humanas: la de tratar de pensarlo todo. Tan humana como
ingenua, incluso risible.
Cada
uno piensa acorde a su condición y sus necesidades, es lógico, pero sin
importar el caso, en última instancia, emigrar se reduce a abandonar la
totalidad de tu espacio cotidiano en busca de algo que no puedes obtener dentro
de él. En ese particular ejercicio de pensarlo todo, nos dejamos deslumbrar por
la gran cantidad de posibilidades y escenarios y terminamos concentrándonos en
situaciones tan específicas que en perspectiva nos igualan a quien quisiera
buscar cierto tipo de grano de arena en un desierto. Nos sumergimos en los
detalles pero, ¿qué hay de lo general?
Por
doloroso o por inapropiado para nuestra circunstancia, sacamos de nuestras
cabezas las generalidades que involucra emigrar, esa síntesis, cambio hacia
algo desconocido. Sin embargo, con la calma necesaria, sin ese comprometimiento
excesivo con la causa, antes o después de ejecutados los planes, vale la pena
pensar en qué consiste esa tarea transmutadora que cambia personas y países,
qué cosas están en juego en esa ecuación que irremediablemente desnuda y
reconfigura el espíritu.
Empecemos
por lo más sensible, ¿qué se deja atrás al emigrar? Automáticamente surge la
siguiente pregunta, ¿cabe una vida en una maleta? Una maleta es una herramienta
muy pobre cuando se quieren guardar en ella palabras que uno no conoce bien o
que no puede explicar. Si uno lo piensa, lo que menos compone nuestra vida cotidiana
son los meros objetos. Más que objetos hay rituales e ideas o nociones. Uno se
levanta de la cama y sabe cuál lado está más hundido o por donde rechina más,
uno reconoce con el dedo gordo del pie en dónde está golpeada la cerámica en el
piso, uno sabe a qué altura queda el espejo del baño… En cierto modo, uno
cuenta con que esas cosas son así. Forman parte del tablero de juego. Incluso
se tiene una relación histórica con las cosas, se tiene una noción de cómo
llegaron hasta adonde están y de dónde vienen y por qué están así y eso ayuda a
asimilarlas. Entonces, ya por ese lado empieza la sustracción. Nuestra
cotidianidad personal compone nuestro espíritu, determina en gran manera
nuestra forma de pensar. Si el modo en que luz alumbra tu habitación fuera más tenue o más
brillante, quizás las decisiones de tu vida habrían sido diferentes. Eso
también somos. Apartar esos elementos es en cierta manera ir desglosando el
espíritu, pero sigamos averiguando qué queda después del desglose.

Un pensamiento final acerca de las cosas que abandonamos al emigrar tiene que ver con el lenguaje. El lenguaje es otro plano donde existe la patria, se nos hace tan cómodo como una gran casa en la que conocemos los rincones que frecuentamos, donde nos reunimos con nuestros amigos, donde recibimos a las visitas

Una
vez evaluado lo más elemental, hay que abrir el espectro, pero lo que fue clave
en el ejemplo anterior seguirá aplicando en todos los ejemplos que se nos
ocurran; rituales y nociones son los mayores componentes de nuestra vida y
están en todo. Están en los seres queridos que encontramos con frecuencia en
nuestro día a día. Además de ser una fuente que nos nutre, en la que nos
reflejamos y que nos hace aprender sobre nosotros mismos, la cotidianidad de
nuestro trato con nuestros seres queridos también compone nuestro espíritu. Hay
reacciones suyas que podemos esperar, formas en las que se ríen o se preocupan
o gestualizan que sabemos que en cualquier momento van a surgir en los
encuentros cotidianos que podamos tener con ellos, y sin darnos cuenta, ese
conjunto de cosas transforma nuestra forma de ser. Es un intercambio mutuo en
el que todos llevamos algo de la forma de ser de aquellos que frecuentamos y
queremos, que se nutre y se reafirma en cada encuentro que tenemos con ellos.
Ese intercambio se interrumpe al emigrar.
Está
también la noción de los lugares que nos rodean. Sabemos qué tan lejos está
cierto lugar respecto a donde nos encontramos, sabemos qué tipo de gente
frecuenta ciertos lugares, sabemos quién nos va a recibir en el bar que nos
gusta, en la librería, en la casa de un amigo. Sentimos una especie de
pertenencia al ver en fotos de alguien más cierta calle o cierta plaza porque
sabemos cómo se siente caminar por ahí, al punto de que sentimos eso como
nuestro.
Un pensamiento final acerca de las cosas que abandonamos al
emigrar tiene que ver con el lenguaje. El lenguaje es otro plano donde existe
la patria, se nos hace tan cómodo como una gran casa en la que conocemos los
rincones que frecuentamos, donde nos reunimos con nuestros amigos, donde
recibimos a las visitas
. Ir a un
lugar lejano a esa “casa” suele desconcertarnos un poco. Palabras y expresiones
a las que recurrimos confianzudamente y con frecuencia, dejan de hacernos
entender tan bien como lo hacen en nuestra casa. Dejan de expresar lo que
sentimos de la forma que en verdad nos identifica. No es mentira que al ir a
otro país, independientemente del idioma, el don del habla se ve restringido,
su alcance se reduce mientras vuelve a adecuarse.
Hay
quienes tienen la dicha de emigrar sin ver a su país desvanecerse y quedar
únicamente en la memoria. Pienso en aquellos que fueron obligados a huir de
países en conflicto, de dictaduras. Para ellos quedan recuerdos de algo que muy
poco se podrá acercar a la patria de su infancia. En muchos casos, la ruptura y
el desarraigo consecuentes son trágicos. Quedan atados a algo cada vez más
etéreo, una nacionalidad hecha de recuerdos que con los años se vuelve más
difícil de compartir con coterráneos.
¿Y
qué se gana al emigrar? A raíz de todo este desmontaje del alma -y por desmontaje
quiero hacer entender descubrimiento, desnudamiento- la esencia de lo que somos
queda mucho más expuesta, como una sustancia pura lista para mezclarse y hacer
reacción. Nos volvemos energía acumulada buscando liberarse, buscando medios
que se han interrumpido al abandonar nuestro espacio de vida.
Inconscientemente, nuestro espíritu encuentra de nuevo su lugar en un entorno
diferente, transformándose y creando cosas nuevas en nosotros.
Entre
psicólogos se ha hablado de la alquimia como práctica que refleja aspectos de
la psique humana, no es descabellado vernos a través de sus símbolos. Unum est vas, el recipiente donde ocurre
la magia de la alquimia es uno mismo y a la vez el universo. Pasamos del caos
del nigredo a la pureza del anima con lo cual estamos listos para
atravesar el albedo y rubedo, transmutar en plata y oro, no “el oro normal (aurum vulgi), como creen los necios, sino el oro
filosófico”
. Refrescar ciclos, refundar el universo, esas son actitudes
humanas que nos permiten conocernos, avanzar y mantener al cosmos en
movimiento. Emigrar es una forma de hacerlo.

*Angelo Marcano (Barquisimeto, 1994), periodista, ensayista y traductor.
Estudió Comunicación Social en la Universidad Santa María, en Caracas,
Venezuela. Ha publicado múltiples artículos, reseñas y entrevistas en el
suplemento literario Verbigracia del diario venezolano El Universal y la página de la editorial Letra Muerta.