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Regalo de cumpleaños, un cuento de Jerónimo García Riaño

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Regalo de cumpleaños, un cuento de Jerónimo García Riaño
By Libros y Letras 17 de septiembre de 2018
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Este texto hace parte de Corazón de araña negra, primer libro de
cuentos del escritor colombiano Jerónimo García Riaño, cuya obra se “enfoca en diversos temas alrededor del desamor,
un poco la desilusión, la injusticia, hay unos con temas eróticos y de sexo,
mucha música”. 

Hoy compartimos una muestra de su
trabajo.



Regalo de cumpleaños

Camino apurado. Quiero llegar al
apartamento 2303, Torre C, Torres del Parque. Es la dirección que aparece en la
carta que entró esta tarde a mi casa por equivocación. No vivo en un edificio
tan alto y mis recorridos siempre terminan en el tercer piso. Un cartero
novato, tal vez.
La
carta llegó abierta. Por un simple impulso de curiosidad, la leí antes de
volverla a sellar. La hoja blanca y escrita a mano le dice a la señora Clara
Miranda que su hijo acaba de morir en un accidente en un automóvil —por la
fecha de la hoja, realmente el hijo no acaba de morir—. La carta viene de un
pueblo llamado Cuatro Vientos. Nunca he escuchado ese nombre.
El
portero del edificio no está. Su puesto solo es calentado por la luz de un
bombillo que cae sobre el mesón de información. No quiero esperar a que
aparezca, continúo mi camino y llego al ascensor. Son las diez de la noche.
Subo hasta el piso 23 y escucho una música que proviene del apartamento 03.
Timbro varias veces hasta que la puerta se abre: la música escapa del encierro
y se pasea por mis oídos. Están de fiesta. Aparece una mujer como de 50 años o
más, delgada, su pelo nace liso pero se enrosca al final, parece el nido de
unas diminutas serpientes negras. Unos ojos casi cerrados me miran confiados,
como si me conocieran de antes. Su cuerpo se sostiene de la copa de licor que
tiene en la mano.
            —¿Es usted Clara Miranda? —le
pregunto.
            Sonríe y luego afirma con la cabeza.
            —Le traigo esta carta… Es para
usted. —Mi mano está estirada y el sobre a punto de resbalarse de mis dedos.
Doña
Clara me brinda licor. Tal vez una copa calme el cansancio de este día de
trabajo. El trago acaba pasando por mi garganta y mi cara se arruga cuando
siento el sabor del aguardiente. Ella toma mi mano y me jala hacia la fiesta.
La música proviene de todas las paredes del apartamento. Algunos invitados
bailan, otros conversan sentados en unas pequeñas sillas blancas de plástico.
Un colorido aviso de Feliz Cumpleaños forma un arco que adorna parte de la
sala, y debajo, en una mesa, aparecen copas y botellas vacías de aguardiente y
una torta despedazada. La señora me sienta en una de las sillas blancas.

            —Bienvenido a mi fiesta. —Esas
palabras suenan deformes, casi ilegibles. Luego se va y me deja ahí, solo, o
mejor, acompañado por una carta que no me pertenece.

La gente me mira fastidiada. Soy un
extraño en la fiesta, un invitado improvisado.

La mujer regresa con una botella de
aguardiente y dos copas. Las llena y me pasa una, dice que brindemos por su
cumpleaños y por mí, el nuevo amigo que acaba de conocer. De nuevo le muestro
la carta. Ella la quita de mi mano y la pone encima de la mesa, al lado de lo
que queda de la torta. Bebo el segundo trago, mi garganta lo acepta mejor que
el primero. Doña Clara es una mujer bella, tiene unos labios pequeños y
perdidos entre esa piel morena. Sus párpados se abren y puedo ver unos ojos
cafés que no dejan de mirarme. Pone la mano encima de mi pierna y me dice:

            —Qué bueno que entraste a esta
fiesta… Está un poco aburrida, los mismos… las mismas. —Señala a los implicados
de la frase—. Pero tú eres una cara nueva… Una cara linda. —Me acaricia y ríe—.
Me gustan los hombres de ojos claros… así como los tuyos… Je je je… Te pareces
a mi hijo… No, no, no en los ojos, en la mirada de tus ojos… —Llena mi copa
vacía, la bebo hasta el fondo—.  Mi hijo
debe tener tu edad… ¿Cuántos años tienes?… eso, sí, por ahí… más o menos… Se
fue hace dos años a vivir a un pueblo lejano… lejos, lejos de la mamá… Je je
je… Es ingeniero y trabaja con una electrificadora. Vino hace seis meses a
saludarme… Pasó conmigo Navidad… esas fechas son importantes para mí… ¿Te
gusta la Navidad?… Otra copa, toma… —Cuarto trago—. Mi esposo murió hace años
y me dejó esta casa… este apartamento… Me gusta mucho, desde aquí se ve parte
de la ciudad… Ven y miras.

Doña Clara me lleva por un pequeño
corredor hasta un ventanal inmenso, una pantalla de cine donde puedo ver a
Bogotá en la noche, toda llena de luces que parecen brotar de la tierra, se
trepan por las montañas y se extienden a lo alto, buscando las estrellas.

La mujer trae otras dos copas de
aguardiente, bebo el quinto trago y de nuevo caminamos a la sala. Esta vez no
me deja sentar y me invita a bailar.
            —Yo no bailo —le digo con una
sonrisa—. Lo mío es el rock, no la salsa.

A ella no le importa, dice que me
enseña. Nos tomamos de las manos y me muevo sin sentir el ritmo de la canción
que suena. Ella menea la cintura de un lado a otro, sus piernas chocan con las
mías y me aprieta a su cuerpo. No sé cómo moverme. Miro al piso y veo esas
grandes piernas agitarse con mucha agilidad. Yo trato de seguirla, pero
fracaso.  Ella sonríe, me mira y besa una
de mis mejillas. Acomoda su cabeza en mi pecho. El roce constante entre su
pantalón y el mío empieza a excitarme. Abrazo por completo esa pequeña espalda
y siento el calor del licor subiendo a mi cara. La canción ha terminado y doña
Clara me ofrece un nuevo trago, el sexto. Le digo que quiero un poco más y ella
llena la copa hasta que algunas gotas caen en el piso. El trago desaparece en
un solo envión: mi mirada y mi cuerpo ya pertenecen al licor.

Doña Clara sonríe, y en un acto que
ya parece una rutina, toma de nuevo mi mano y me lleva hacia un cuarto. Algunas
personas de la fiesta la llaman, pero ella las ignora. Las escaleras se cruzan
en el camino, son como piedras que entorpecen mis pasos. Me siento caer y doña
Clara me sostiene. Nos sostenemos.

En el cuarto me encuentro de nuevo a la
ciudad. Los grandes edificios aparecen pegados a la ventana con sus luces
encendidas, se convierten en testigos de lo que va a ocurrir. Doña Clara me
brinda otro trago: dice que soy su mejor regalo de cumpleaños. Me besa y su
aliento lleno de licor se une con el mío. Con cada beso arrastra los pies y me
empuja suavemente a la cama. Su blusa blanca cae al piso. Me desplomo sobre el
colchón y ella empieza a quitarme los pantalones. Me siento desnudo. El licor
que me recorre el cuerpo sirve como escudo contra el frío de la noche. El techo
blanco del cuarto gira sobre mi cabeza como uno de esos juguetes móviles que
tienen los niños para dormirse.  Al
final, ese techo se convierte en el rostro de doña Clara que me mira. Pone su
pecho encima del mío, su cuerpo se acomoda y busca ser penetrado. Otra vez me
besa. Sus hebras de cabello tocan mi cara, las serpientes quieren morderme.
¡Ah!, bella Medusa.

Abro los ojos y los siento perdidos.
Estoy solo, acostado en esa gran cama. Mi ropa parece muerta sobre el piso del
cuarto y las sábanas están llenas de pliegues y de humedad. Una fotografía de
un joven blanco de ojos claros y pelo negro, y una botella de aguardiente casi
vacía, me observan desde la mesa de noche. El sol entra sin piedad por la
ventana y alumbra mi cara con una luz indagadora. Mis recuerdos llegan hasta el
origen: la carta. Me levanto de la cama y me visto tan rápido como puedo. La
ropa se pega en mi piel y un ruido dentro de mi cabeza no me deja concentrar.
Salgo del cuarto, bajo las escaleras y llego a la sala. No hay nadie. Algunas
sillas blancas siguen de pie y otras están caídas, de la torta solo quedan unas
migajas encima de la mesa, y el cartel de Feliz Cumpleaños se balancea con el
suave viento que entra por las ventanas. Doña Clara está en la cocina.
            —Buenos días, ¿cómo amaneciste? —me
dice. Se acerca y me da un beso en la misma mejilla de toda la noche. No quiero
hablar, mi aliento sabe a una amarga mezcla entre licor y sexo.
            Llega a la sala, descarga sobre la
mesa el jugo de naranja que lleva en la mano y toma la carta. La sopla para quitarle
los pedazos de torta que tiene encima.

 En ese instante, huyo de la casa sin
despedirme. Cierro la puerta de un golpe y aprieto el botón del ascensor. No
llega. No puedo esperar. Tomo las escaleras y bajo hasta la portería que ya
tiene portero: un hombre viejo disfrazado con un pequeño gorro azul. Me mira y
tal vez por mi rostro y mi respiración agitada decide que vengo de la fiesta
del 2303, y me deja salir sin hacer preguntas.

Afuera, lejos del edificio y aún con
la luz del sol persiguiendo mis ojos, no dejo de pensar en una sola cosa: mi
mirada no se parece a la del muchacho.
  

Jerónimo García Riaño
Docente
universitario y escritor. Egresado del Taller de Escritores de la Universidad
Central, Bogotá; y del Taller de Novela Corta, Fondo de Cultura Económica,
Bogotá. Algunos de sus cuentos han sido publicados en revistas literarias y periódicos
de circulación nacional. Colaborador de la Revista Puesto de Combate, Revista digital Cronopio, Revista digital Corónica,
entre otras. Ganador del primer Concurso Nacional de Cuento Breve, Revista Avatares 2011, y finalista en los
Premios Nacionales de Literatura, modalidad cuento, Universidad Central 2012, y
del IV concurso de cuento corto Museo de la Palabra, en España.
Incluido
en la antología Asedios verbales, panorama actual del cuento
colombiano, elaborada de manera exclusiva por Ángel Castaño para Pijao
Editores.
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