La reciente novela de la escritora uruguaya Fernanda Trías ganó el Premio de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz 2025. La novela, inspirada en la vida de la autora en Bogotá, narra la vida de una mujer que vive sola en la ladera de una montaña y escribe en medio de un contexto extraño, abrumador.
Por Juan Sebastián Lozano*
Cuando la montaña habla
Fernanda Trías, escritora uruguaya, acaba de ganar de nuevo el Premio Sor Juana Inés de la Cruz, uno de los más prestigiosos de Latinoamérica, por su novela El monte de las furias. Ya lo había ganado en 2021 con Mugre rosa, una distopía que anticipó la pandemia del Covid-19 y también un melodrama freak —podría ser una telenovela escrita por un alienígena—. La estética de Trías se mueve entre la weird fiction o ficción extraña —género en boga en la actualidad, cercano a la ciencia ficción— y la descarga sentimental, el vuelo poético que explora el tormento humano, los abismos del yo, las contradicciones de la subjetividad; en fin, la tragedia humana, desde narradoras en primera persona.
Trías vive en Colombia, donde es profesora de creación literaria. Ha dicho que el caos de Latinoamérica la inspira. La compleja Colombia, con su violencia sempiterna en contraste con su sensualidad y la actitud festiva de muchos de sus habitantes, ha influido en la literatura de Trías, en las atmósferas de sus dos últimas novelas, en el hibridaje que las caracteriza. En El monte de las furias se siente Bogotá y sus alrededores, los Andes colombianos, el frío del páramo.
La protagonista es una típica mujer colombiana y, sin embargo, su acento es rioplatense o una mezcla; el lenguaje de la novela es inventado, una combinación del uruguayo de la autora, el colombiano y probablemente un idioma marciano. Y es que el libro podría transcurrir en muchos parajes de Latinoamérica o en Marte, ¿por qué no?: en un Marte muy humano tomado por las corporaciones, el planeta rojo post Elon Musk. Pero también podría transcurrir en la Colombia actual.
El tiempo y el espacio de El monte de las furias son indeterminados y no conocemos el nombre de la protagonista. Es “la mujer”. Vive sola en la ladera de una montaña con bosque de niebla; le encargaron cuidar un “alambre” que separa esta del camino al pueblo. En la montaña hay una cantera, hombres y máquinas que extraen recursos. El trabajo se lo consiguió una mujer poderosa, a la que su madre sirvió como empleada doméstica. Ella mantiene en buen estado su casa asignada y el monte alrededor. Sus días transcurren escribiendo en un cuaderno donde reflexiona sobre su oscuro pasado, marcado por la violencia ejercida por su madre —amante de la ciudad y el plástico— y las enseñanzas de su abuela, fuerte, racional, nada quejumbrosa.

La protagonista aprende a sobrevivir desde niña en circunstancias adversas. Le gusta vivir, pero no sabe gestionar la violencia que padece: se apaga cigarrillos en el cuerpo, se corta, se autoinflige dolor; esta es su terapia extrema. Un veneno interno le llena la cabeza; al parecer, con el tiempo logra tranquilizarse escribiendo y la cercanía de la naturaleza le procura una paz interior. El único ser humano con el que habla es un celador típico que cuida el acceso al cerro, un hombre que quiere hundirse en la televisión para ver películas de catástrofes. La relación con él se torna extraña, con goce sexual perverso incluido. Con el tiempo, alrededor de la casa aparece el cuerpo de un asesinado; ella lo limpia y lo entierra. Los días siguientes van apareciendo más y su vida cambia.
El monte de las furias es a la vez crudamente realista y una apuesta de imaginación con elementos fantásticos. La realidad en la novela es rara, como vista desde una niebla sangrienta. Es realista en la violencia cruda, en el dolor muy humano de la mujer, en sus contradicciones internas y en el dolor también de la naturaleza que ella refleja. Como lector, la historia me hizo sentir incomodidad física. Está presente la estética del body horror —recordemos a Cronenberg o la reciente The Substance, de Coralie Fargeat—. La imaginación weird, el futurismo del libro, se manifiesta además de en la indeterminación del espacio-tiempo, en fragmentos narrados desde la voz de la montaña, en devenires extraños de cuerpos, en lo distópico de un mundo donde las máquinas —bestias artificiales devoradoras— avanzan sin freno destruyendo todo.
Pero la montaña es fuerte, quizás eterna.
Los hombres están hechos de miedo; eso lo sabe la montaña. Mientras que ella está hecha de tiempo.
La montaña no desperdicia nada. La montaña se sana a sí misma, manda a sus criaturas a limpiar la muerte. Se lame las heridas hasta que estas se convierten en alimento.
Yo me vacío y la montaña me llena. Yo le doy y la montaña me devuelve.
Las máquinas y la ambición de los hombres la hieren, sabotean su sabiduría, pero ella resiste, enseña, guía a la mujer, la elige para cumplir una función —al menos eso cree ella—.
La novela está escrita con prosa poética, marca de la casa. Hay un homenaje a la sabiduría de la naturaleza y a la sabiduría humana que nace de la reflexión profunda y del vivir en armonía con el mundo natural, en oposición al conocimiento académico utilitario. Aunque la mujer ama el conocimiento —como su abuela, que elogiaba la ciencia—, fue su madre quien la sacó del colegio para ponerla a trabajar. Quizá un camino para salvar el planeta sea combinar ciencia y la espiritualidad profunda de las cosmovisiones indígenas.
La montaña alimenta a todos por igual. Al bejuco, a la corteza y a la araña. La montaña sepulta a todos por igual. En su seno de raíces todos somos sus criaturas. Ese parche de pinos que me gustaba tanto… no han de ser autóctonos. Alguien los puso ahí (¿los sembró?), tal vez los hombres de la montaña. O tal vez un pájaro que en su pico transportaba una semilla foránea y sin saberlo la dejó caer por estos lados. Entonces esos pinos serían huéspedes, digámoslo así. Los hay buenos y malos, como el retamo, que lacera las patas de los bichos. Todo lo que nace allí y todo lo que muere tiene el permiso de la montaña. La lluvia cae del cielo, sí, pero es la montaña la que la atrapa con sus redes de hojas gruesas y luego la devuelve al cielo en forma de nube. La montaña solo dice la verdad, y quien sepa escuchar ya no necesitará los sueños para hallarla.
El monte de las furias es otro acierto de Fernanda Trías. Su talento poético a veces impresiona; parece que escribir, narrar de manera fluida, fuera fácil para ella, aunque en alguna entrevista lo niegue. O trabaja de manera ardua para que su escritura parezca muy natural y fluida, como el viaje de un río que llega al mar. Como la lluvia atravesada por el brillo del sol en un bosque de niebla.
Los temas están muy acordes con los tiempos: crisis medioambiental, necrocapitalismo o, en palabras de Sayak Valencia, capitalismo gore; la búsqueda del “cuidado” como existencia más colectiva y el aislamiento al que nos empuja la depresión, la precariedad o la desesperanza ante la selva de cemento. Al tema del cuidado Trías le da una vuelta de tuerca ingeniosa y conmovedora.
Se podría pensar que el libro cae en una dicotomía maniquea —naturaleza buena versus ciudad destructiva—, pero la novela la complejiza: también la naturaleza es violenta y abrasiva; también en la ciudad había luz artificial permanente y atisbos de solidaridad. Además, a estas alturas, quizá la dicotomía sea ya una realidad incómoda.
En la novela hay imaginación weird o cienciaficcionesca, pero también brutal sinceridad y un despliegue de sentimientos e ideas profundas. Hay distopía y, entre líneas, puertas a la utopía. Esto último está más explícito en Gabriela Cabezón Cámara —con quien Trías comparte parentesco estético y premiación—, pero El monte de las furias ilumina, duele y nos hace pensar en la posibilidad de un futuro menos devastado.
La historia transcurre en un espacio pequeño, aunque con vista abismal, y sobre todo en la mente de la protagonista. Seguramente no está pensada para serie de Netflix ni es literatura de supermercado. Sin embargo, la novela engancha —al menos ese fue mi caso— y la prosa exquisita hace que el libro encante.