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Reseña. La criolla principal. María Antonia Bolívar, hermana del Libertador

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En “Libros de ayer, de hoy y de mañana“, la apasionante biografía de una mujer vehemente que, por las circunstancias que conocemos, volvió a su país luego de ocho años de exilio en Cuba donde tuvo una pensión del rey de España al que juró lealtad incondicional: La criolla principal. María Antonia Bolívar, hermana del Libertador


Por: Luis Fernando García Núñez* 


La historia da lecciones extraordinarias. Lecciones que no se entienden a tiempo y desatan pasiones y odios que conmueven al mundo y, con frecuencia, terminan en dolorosas guerras y en rompimientos que conturban a la humanidad. La criolla principal. María Antonia Bolívar, hermana del Libertador, de Inés Quintero, descubre a una mujer increíble, enemiga de las luchas independentistas y, por lo tanto, de los patriotas, entre los cuales el primero fue su hermano Simón Bolívar, el Libertador.

Apasionante biografía de una mujer vehemente que, por las circunstancias que conocemos, volvió a su país luego de ocho años de exilio en Cuba donde tuvo una pensión del rey de España al que juró lealtad incondicional. Y tras la derrota volver para ser la protagonista de una historia de riquezas en las que, al final, resultó gananciosa. No faltaron los escándalos de toda índole y las bochornosas situaciones que minaban su importancia y coraje, que se convertían en chismes y consejas contra los Bolívar. Sobre todo, en ese mundo colonial entrampado en un hipócrita puritanismo que quienes lo defendían e impulsaban eran los primeros en violarlo. En la república continuaron la comedia, que no cesa.

Historia de riquezas hemos dicho en las que se enfrentó a su hermana Juana y a los herederos de Juan Vicente, el hermano mayor. Luego de la independencia, y a petición de Simón, su hermano menor, volvió a Caracas y desde entonces supo enfrentarse a quienes aspiraban a la formidable herencia de los Bolívar. Haciendas, casas, minas, esclavos y objetos de gran valor figuran en estos testamentos. Aceptó, un poco a la fuerza y otro a la ambición, el triunfo de los rebeldes y se quedó, a pesar de sus convicciones y sus desprecios, en la nueva nación que empezaba con dificultades su vida republicana.

Sobrevivió al Libertador y solicitó los que consideró merecidos honores al hombre que dedicó su vida y su fortuna a la libertad de cinco naciones. Había sido capaz de enfrentar los dilemas de sus contradicciones y había superado, con creces, sus luchas por recuperar gran parte de una fortuna considerada entre las más grandes de Venezuela. Llegó a defender al Libertador y hasta aconsejarlo frente a sus ambiciones y sus odios de clase que supo esgrimir con orgullo contra personajes de la talla de José Antonio Páez, y otros que asaltaron al héroe en su confianza. A Páez, su contradictor, precisamente le tocó firmar el decreto de honores.

Por eso mismo, “María Antonia, desde su visión de la política, compartía plenamente este desenlace que investía a Bolívar de poderes dictatoriales y lo convertía en Jefe Supremo de la República. En sus cartas, infinidad de veces le había dicho que la solución a los males de la República estaba en su persona y que solo con medidas fuertes y enérgicas podrían contenerse la anarquía y el caos. Estimaba, pues, que la dictadura de su hermano era, sin lugar a dudas, el remedio más expedito para alcanzar la tranquilidad y la estabilidad de los colombianos, la única garantía para recuperar el imperio del orden, valor especialmente apreciado por esta criolla principal”. Esa era, y había sido, su posición. La estabilidad para sostener su poder imperaba, desde el principio, en su actitud despótica. Al fin era una criolla principal. ¡Como hoy!
La presencia de María Antonia cobra especial relieve, sobre todo en las circunstancias que vivía América en ese momento. Hoy, doscientos años después, la historia está ahí, contada para cerciorarnos del olvido, de cómo han pasado las calendas casi sin decirnos nada. La ambición y el odio se van colando por todos los resquicios y recaudan su ultraje de mil formas. Bolívar, el Libertador, vivió y aún vive, o mejor revive, odios y pasiones desenfrenadas, cuando apenas pudo independizarnos de los españoles para lanzarnos en las manos del odio y la intriga.

Nunca dejó esta hermana mayor de expresar su interés por la política: “No tenía la menor prudencia para expresar sus pareceres adversos ante el desorden imperante. Cualquier individuo que no fuese de su agrado, todas aquellas personas que expresaran opiniones contrarias a las suyas o que, en su criterio afectasen políticamente a su hermano, eran objeto de fuertes epítetos descalificadores”. Ella nunca olvido su posición, ni tenía en cuenta que las cosas habían cambiado. El estado de zozobra y los permanentes conflictos eran causa de esas gentes a quienes podría “sacarles los ojos”, incluso se dice que encargó una “paliza monumental” contra Rafael Diego de Mérida a quien tenía especial rencor. También criticó con fuerza a Carlos Soublette y a otros actores del momento.

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«La presencia de María Antonia cobra especial relieve, sobre todo en las circunstancias que vivía América en ese momento. Hoy, doscientos años después, la historia está ahí, contada para cerciorarnos del olvido, de cómo han pasado las calendas casi sin decirnos nada».

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“El tema de las corruptelas desquiciaba a María Antonia. Se quejaba de que las rentas estaban en el suelo debido a que quienes manejaban el erario público eran todos ‘ladrones’. Afirmaba, sin eufemismos, que entre los funcionarios de las aduanas y los encargados de recaudar las rentas se quedaba todo el dinero de manera que al final no ingresaba absolutamente nada a la caja del Estado”. Sin duda, había y tenía razones para decir esto y muchas cosas más. La historia deja tantos enredos que, solo en este campo de las aduanas, unos pocos se aprovecharon de las dificultades que vivían las nuevas repúblicas y, desde entonces, construyeron fortunas que el tiempo fue limpiando y con las cuales forjaron un aura de cierto donaire aristocrático del que sus herederos se precian con ese esnobismo que caracteriza a estas clases sociales forjadas en el disfraz y el desprecio a la decencia.

Cuántos patrimonios no se fortalecieron alrededor de las triquiñuelas que los patriarcas construyeron con actividades non sanctas y luego sirvieron para establecerse, por décadas, en las direcciones de las naciones que, eso parecía, empezaban una vida republicana donde se decía, y se dice, que se trabaja por el pueblo y para el pueblo. La historia es una carta abierta a la retórica y al disimulo. Casi nada. Y la historia, aunque no lo creamos, se repite. Ahí se está repitiendo.

Esta biografía nos da unas cuantas claves dignas de ser conocidas y valoradas en estos momentos aciagos.     

*Luis Fernando García Núñez. Escritor, periodista y docente. 

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