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Un café en Buenos Aires

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Un café en Buenos Aires
By Libros y Letras 21 de junio de 2013
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Hoy: Nicolás Correa 

Por: Pablo Di Marco/ Corresponsal LyL en Buenos Aires/ I parte. Hay pocas experiencias más interesantes que entrevistar a un escritor en un momento bisagra de su carrera. 
Nicolás Correa está por estos días inmerso en la, hasta ahora, mayor aventura de su vida creativa: la escritura de los tres tomos que conformarán La trinidad de la antigua serpiente, cuya primera parte Súcubo acaba de ser editada en Buenos Aires con gran repercusión. 
La trilogía gira en torno a un tema apasionante: la lucha de Dios y el diablo por el alma del hombre. Es un proyecto que solo puede encararse si el artista está dispuesto a entregar a cambio no solo su talento, sino también una porción de su vida. A fin de cuentas, ni Dios ni el diablo se conforman con poco. 
Es en medio de esta vorágine literaria que me encuentro a conversar con Nicolás, una helada noche de invierno. 
Alguna vez me dijiste que eras muy consciente de la existencia del bien y el mal. Y que tenías en claro en qué vereda pretendías estar parado. Imagino que escribir una novela como Súcubo debió ser como pasar una temporada en el infierno. ¿Me equivoco? 
La experiencia Súcubo es una experiencia que me llevó toda la vida escribir. Yo soy conciente de que el bien y el mal son parte de lo mismo. Helena Petrovna Blavatsky dice Daemon est Deus inversus, y pienso que es así. El mal parte del bien. Es como la luz: a mayor luz, mayor sombra. Y en ese caso, pienso que no hay dos veredas. Hay una sola. 
Y sí, fue una temporada en el infierno escribir Súcubo, y lo es cuando lo releo, y creo que lo es también para quien lo lea. Hay energías que trabajan a un nivel inconciente en el hombre y que muchas veces no quiere, o no puede percibir. La segunda parte de la trilogía: Íncubo, se presenta no menos compleja. Cuando abordo la escritura se acercan ciertas entidades que intentan que desista. Al igual que Ciro, me protejo del mal, pero no lo desafío. Soy un hombre de fe. 
Pese a tus treinta años sos un escritor experimentado. Sabés que escribir es duro y frustrante (mucho más duro y frustrante de lo que se imaginan quienes no escriben). Publicar es todavía más duro, y vivir de esta profesión es una quimera reservada a muy pocos. Aun así, le dedicás buena parte de tu vida a la escritura. ¿Por qué? 
La literatura, de alguna manera, con el devenir de los años se volvió una forma de vida, porque la escritura es algo que no cesa (además de la lectura). Uno vive en varios planos de escritura: en el momento de cranear las ideas y la historia, en la concreción fáctica; y realmente, es algo que no para. De alguna manera es como ser habitado por un alien porque responde a una necesidad que no puede ser explicada. 
En el plano material y diario, la literatura es un compendio de actividades que juntas pueden sostener un hogar de clase media baja, no más. Pero quizá, pretender que el acto de creación quede subsumido a una línea de producción y de mercado, es pretender algo imposible. En lo posible, hay que ganarle a esas pautas y marchar por el lado moroso de la escritura. 
Volviendo a la literatura, es una forma de existir que persiste en todo. No puedo pensar mi vida de otra manera. 
Un buen porcentaje de los libros que se editan no solo son pobres, también están mal escritos. Obviamente las editoriales son las principales responsables, pero ¿qué culpa nos cabe a nosotros, los lectores? 
Creo que hay de todo para todos. La gran mayoría de los lectores suele salir corriendo a comprar las recomendaciones de Planeta, o Sudamericana, o la que fuese que maneja el monopolio editorial, cuando en realidad la cuestión está en otro lado. En fin, la historia de siempre. Aún así, hoy en día sobrevive un lector que se refina y trata de salirse de la línea de fuego porque los proyectos autogestionados también crecen y expanden la posibilidad de acceso al resto de la literatura. Tengo esperanzas.