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Un café en Buenos Aires con Laura Haimovichi

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Un café en Buenos Aires con Laura Haimovichi
By Pablo Di Marco 16 de diciembre de 2014
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Por: Pablo Di Marco
Sobran las razones para compartir más de un café con Laura Haimovichi. A su rica trayectoria como poeta, narradora, dramaturga y periodista se le suma una personalidad encantadora que hace que cualquier entrevista se convierta en una conversación tan cálida como repleta de reflexiones y anécdotas entrañables. Aquí un fragmento de nuestra charla, en la que recorrimos buena parte de su historia como lectora y escritora. 
– Decime, Laura: ¿Qué vínculo tenés con la literatura colombiana?
– No tengo una relación actual con la literatura colombiana aunque sí la tuve y muy fuerte como lectora en dos etapas muy diferentes. La primera fue sobre el final de mi infancia, a mediados de los años 70, cuando leí María de Jorge Isaacs, en una versión ilustrada con dibujos en blanco y negro, con una tapa dura y el dibujo de la protagonista impreso a color sobre un fondo celeste. Ese clásico de la literatura colombiana de mediados del siglo diecinueve creo que aún se encuentra en la biblioteca de la casa de mis padres y acaso la novela sea muy popular allá, en su país de origen, pero en la Argentina no lo es y no puedo recordar cómo llegó a mis manos. Mi otra experiencia con la literatura colombiana fue con la obra de Gabo, desde entrada mi adolescencia hasta la publicación de sus Doce cuentos peregrinos que, aproximadamente, coincidió con una entrevista que le hice en Cuba en 1993 en la que hablamos de cine, literatura y política y en la que, abruptamente, él se enojó conmigo. Durante años dejé de leerlo, creo que íntimamente también yo me enojé y tal vez esa situación me apartó de sus libros, aunque la verdad, viéndolo desde hoy, creo que lo que me pasó fue que me desilusionó la persona, se me cayó el ídolo. http://www.clarin.com/sociedad/dia-hice-enojar-Garcia-Marquez_0_1130887240.html
– No solo te dedicas a la poesía y el periodismo, también solés incursionar en la narrativa. ¿El 2015 nos depara alguna novela en el horizonte?
– Yo necesito contar historias muy cercanas, ligadas a mis propias experiencias. Mi primera novela, El legado de Aarón, me llevó muchos años de trabajo porque tuve que superar el miedo a la locura que me daba, no ya escribir, sino a pensar en mi abuelo y en cómo la enfermedad mental, el dolor, la tristeza pero, sobre todo, el silencio familiar se lo habían tragado. Hablar de él estaba prohibido, era peligroso y, a su vez, la rigidez de esa norma no dicha lo hizo crecer como un fantasma enorme, desmedido. Escribir fue luchar contra mi propia desmesura, ponerla en caja, pero no se trata meramente de un ejercicio de catarsis sino de una novela con un trasfondo familiar y varias historias en la que se respira, además, el terror de las persecuciones políticas en la Palestina de los años 30 y en la Argentina de las dictaduras militares, porque Aarón durante el mandato británico en Medio Oriente y mis padres acá fueron militantes muy comprometidos con la lucha. El legado de Aarón está inédita aunque está previsto que aparezca en 2015 o 2016. Mi nuevo proyecto, aún en proceso de escritura, es la novela Soy gorda, una aventura empírica y emocional sobre las subidas y las bajadas de peso, con todos los efectos que este tobogán tiene en los vínculos que establece la protagonista, Emilia, desde el más primitivo con su madre hasta los que va armando con las mujeres y los hombres de su vida.
– Cuando me encuentro ante una obra prolífica como la tuya suelo hacerme la siguiente pregunta: ¿Cómo hacer para no repetirse? ¿Cómo hacer para no perder el entusiasmo y la espontaneidad?
– El entusiasmo no lo pierdo nunca porque soy una persona entusiasta, con los vaivenes lógicos y las vicisitudes que te impone el vivir. No creo en la espontaneidad en la escritura sino en sentarse frente a la computadora o el papel y tipear, escribir, tipear, escribir. No hay otra fórmula: el culo en la silla, aunque primero leer, leer, leer. No se puede escribir si no se ha leído. Y yo lo hago de manera compulsiva, más o menos prolija, con tres, cuatro o cinco libros en simultáneo. Pero tampoco me voy a poner a dar cátedra sobre qué es lo que se debe leer. Los recorridos son múltiples y hay tantos como escritores hay, aunque cada lector es único porque no hay personas iguales, más allá del autoritarismo del mercado que pretende uniformarnos. No creo repetirme aunque uno va dejando señales, indicios, marcas, con suerte un estilo. De todos modos, no es algo que me preocupa. Y no soy una escritora prolífica, empecé a escribir cerca de los 30 años, grande, a veces siento que tarde, pero fue lo que ocurrió y no se puede torcer el pasado. En este presente, que es en realidad lo único que hay, tengo cantidad de proyectos por delante.
– Realizaste tres libros en colaboración con el artista plástico Adolfo Nigro. Hablame de esa experiencia, Laura. 
– Adolfo Nigro es uno de los artistas plásticos más importantes de la Argentina, no sólo por haber ganado los premios más notorios a nivel nacional sino por ser reconocido como tal por sus pares. Fue discípulo de José Gurvich en el Taller Torres García de Montevideo, y sus pinturas, juguetes, esculturas, instalaciones, murales y cerámicas forman parte de colecciones públicas y privadas de aquí y de otras partes del mundo. Una de sus más bellas pinturas se encuentra en la Casa de las Abuelas de Plaza de Mayo. Tuve el privilegio de que me eligiera para producir juntos tres libros en el que sus collages y dibujos a tinta dialogan con mis textos. “Broderí”, “De par en par” y “Agua en la luna” son el resultado de una afinidad ética y estética y de una relación de afecto que nos ha convertido en amigos entrañables. Estoy ahora esperando reunirme con una nueva serie suya con la que haremos nuestro cuarto libro, aún sin título. Cada experiencia fue distinta, aunque siempre se trató de un interjuego en el que, como dice Pessoa, “soñamos de la mano del otro”. Spinoza dice que nunca se sabe lo que puede un cuerpo pero en el devenir de mi encuentro con Nigro, puedo decir que he sido afectada por su fuerza y su energía.
– Vamos a esperar con ansiedad ese cuarto libro. Sos autora de obras de teatro infantiles. Imagino que escribir para chicos te obliga a la mayor de las complejidades: escribir con sencillez. ¿Me equivoco? 
– Sí, he escrito dos obras para chicos: Un beso de cuento, dirigida por María Isabel Cané en el Centro Cultural Nazca al Arte, emplazado en una antiguo taller mecánico, y La Gran Compañía, dirigida por mi hermana Marcela Haimovichi, que se representó en gira para niños de algunas villas de emergencia, que no están familiarizados con el teatro. No eran piezas de hierro sino que intenté que fueran textos flexibles, que pudieran adaptarse a distintos escenarios y públicos. En ambos casos se trató de historias sencillas que abordaban, cada una en su estilo, temas básicos y universales como el amor y la amistad, el viaje y la distancia, la frustración y el dolor. No fue fácil, sobre todo porque no quise escribir obras que tuvieran moraleja o finales felices sino que fueran abiertas para que el espectador las completara. Supongo que, aunque no haya sido consciente de ello, editar una revista semanal para chicos debe haber colaborado en darme cierto entrenamiento en el manejo de un lenguaje llano y accesible. 
– ¿Me regalás una de tus poesías?

Lo que prefiero 

Deja caer tu palabra en la mesa
tu ignorancia en la pregunta
tu silencio entre nosotros
déjame ver cómo eres
la verdad nos acerca
aún bajo el rayo sangriento del mediodía
yo te prefiero así
deja que acopie mis queridos y más íntimos rituales
y que te los enseñe
antes de que me arrojes
en el pozo del olvido.
– Preciosa poesía, Laura. Ahora vamos con la última: te regalo la posibilidad de invitar a tomar un café a cualquier artista de cualquier época. Contame quién sería, a qué bar lo llevarías, y qué pregunta le harías.
– Si tuviera esa posibilidad, invitaría a tomar un café al escritor argentino Walter Iannelli, que se murió inesperadamente a comienzos de este año, un día que lo esperaba en casa para trabajar algunos proyectos que teníamos juntos. Lo llevaría a un bar con librería que hay en Tilcara, en la Quebrada de Humahuaca -uno de los lugares más bellos del mundo- y le preguntaría “Decime Walter, ¿cómo son las cosas allá?”