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Un café en Buenos Aires con Winston Morales

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Un café en Buenos Aires con Winston Morales
By Libros y Letras 31 de marzo de 2014
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No. 6.652, Bogotá, Lunes 31 de Marzo de 2014 
La literatura no es más que un sueño dirigido. 
Jorge Luis Borges

Un café en Buenos Aires con
Winston Morales
Por: Pablo Di Marco, especial para Libros
y Letras
desde Buenos Aires
  En estos días pareciera que los
poetas o novelistas ejercen su profesión con la monocorde rutina de un empleado
de banco: de lunes a viernes, de diez de la mañana a cinco de la tarde. No
siempre fue así. Hubo un tiempo en que los poetas vivían, disfrutaban y
sangraban su pasión por las letras cada segundo de cada día de sus vidas.
Winston Morales Chavarro pertenece a esa antigua raza, y eso (más allá de su
talento) lo vuelve no solo necesario, sino también imprescindible.
   Los invito a que me acompañen
a la encantadora Cartagena para conversar con uno de los últimos poetas de su
especie.
– Gracias por recibirme, Winston. Naciste en Neiva y vivís en
Cartagena. ¿De qué manera influyen estas ciudades en tu poesía?
 – La ciudad del poeta no es la
ciudad del hombre. Puede que muchos espacios de mi niñez se vean reflejados en
la consecución de un universo poético, pero la ciudad, en mi caso muy personal,
no necesariamente es la ciudad física en la cual viví mis primeros años, o esta
última, en la cual me desempeño como empleado público. Ahora, es posible que no
sea consciente del poco o enorme efecto que tienen estas ciudades en mí, pero
debido a mi experiencia creativa, y al mundo que he tejido desde hace tantos
años, esa ciudad que tú expresas no es otra que Schuaima, mi verdadero lugar de
enunciación. Ese lugar de enunciación, que no es premeditado, ni razonado, ni
negociado, es la poesía, es el mundo mítico de Aniquirona, aquella mujer que
una noche de 1990 decidió visitarme y que, desde aquel entonces, cambió mi vida
para siempre. Entonces esa sí que es una verdadera influencia, no sólo por el
mundo, la ciudad, el clima, la atmósfera por la que me muevo, sino por mi
manera de percibir los otros mundos, por la voluntad que nace ante los objetos
de unos universos atávicos, de los cuales no puedo darte mayores explicaciones.
– En 2004 tu novela Dios puso una
sonrisa sobre su rostro
ganó IX Bienal de Novela José Eustasio Rivera. Ya
que se dice que “de lejos se ve más claro”, ¿cómo recordás aquella
premiación?  
– Fue un momento muy emotivo, sobre todo porque acababa de llegar de
Quito, Ecuador, donde cursaba una maestría en Estudios de la Cultura. Después
de dos años de ausencia, encontrarme con Neiva fue muy significativo, sobre
todo porque a escasos dos meses me llama la gente de la Fundación Tierra
de Promisión para decirme que mi novela era la ganadora. Fue un momento de
mucha ansiedad, pues poca gente sabía que estaba explorando en la narrativa. La
escritura de la novela fue todo un acontecimiento. Desde el nacimiento mismo,
que fue a raíz de una conversación con unos amigos en Café y Letras, un lugar de estudio en la Universidad Surcolombiana,
al cual llegaba desde las 11 de la mañana y me podía quedar hasta las 7 de la
noche bebiendo café, hasta la escritura misma de ella, que iba contando en
estas conversaciones de desempleados vespertinos, entre quienes estaban Esmir
Garcés, Danny Montaña, Mario Hernán Sanmiguel, Heider Rojas, Aníbal Plazas, fue
todo un disfrute, un deleite a veces doloroso, pues recordaba con ellos el
suceso de la casa bomba de Villa Magdalena, un hecho que fue muy triste para la
ciudad y que sin lugar a dudas marcó nuestro imaginario sobre el conflicto
armado. Entonces lo del premio fue una doble celebración: mi vínculo con la
ciudad y mi vínculo, para siempre, con la narrativa.
– No se me ocurre mayor homenaje para un autor que ver su obra
traducida. Tu poemario La dulce
Aniquirona
ha sido traducido recientemente al francés (La
Douce Aniquirone
et
d’ autres poemes Somme poétique
). ¿Participaste del siempre complejo
proceso de traducción?
 – No, no tuve nada que ver con
el proceso de traducción. En el año 2005 conocí en el Festival Internacional de
Poesía de Medellín al poeta camerunés Marcel Kemadjou Njanke. En ese festival
intercambiamos libros y nos despedimos con una amistad naciente. Posteriormente
él me invita a un festival Internacional de Poesía que se organiza en Camerún,
Africa, y yo hago todo el esfuerzo de ir. De modo que él comienza a traducir
unos poemas para el Festival. Cuando me remite esos poemas, me sorprenden dos
cosas: 1. La traducción. Según me cuentan amigos franceses que conocí en el
Festival de Poesía de París, es muy buena (Marcel es poeta, lo que garantiza su
mirada a la sensibilidad de otros creadores); 2. La traducción fue más generosa
de lo que pensaba, pues Marcel no sólo tradujo una muestra para el festival,
sino que vertió más de 15 poemas por libro. Al ver más de 40 poemas traducidos,
lo cual es una cifra bastante alta, yo le pedí, tres años después, que tradujera
apartes de tres libros nuevos (Camino a
Rogitama
, La ciudad de las piedras
que cantan
y Temps era Temps) con
el objeto de leerlos en Francia. De modo que Marcel logró una traducción
bastante alta y decorosa. La idea de publicar el libro en francés surgió en
París, ante la mirada complaciente de Yvan Tetelbom, organizador del Festival
Poetas en París, y otros amigos poetas de Francia y Colombia.
Última
pregunta, Winston: te regalo la
posibilidad de invitar a tomar un café a cualquier artista de la época que
prefieras. Contame quién sería, a qué bar lo llevarías, y qué pregunta le
harías.
– Uno de mis poetas más amados es William
Blake. Mi admiración por él es tan alta, que la mayoría de mis libros de poemas
están ilustrados con sus grabados y pinturas. A él invitaría. Sería muy grato
conversar con el gran poseso, con el mago Blake. Me gustaría llevarlo al
Taurino, un café muy popular que tuvo la Neiva de los 80’. Y me gustaría que en esa mesa
estuviera mi padre, quien amaba la poesía. Y luego llevarlo a un paseo por el
río Magdalena, y allí, ante la grandeza del río, preguntarle el cómo abrir las
puertas de la percepción, el cómo mantenerlas abiertas. Y por supuesto le
regalaría un ejemplar de Aniquirona y
otro de De regreso a Schuaima, para
que pueda observar los grabados que usé para ilustrar esa pequeña ambición mía
de ser poeta.