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Un café en Buenos Aires

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Un café en Buenos Aires
By Libros y Letras 1 de octubre de 2013
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No. 6.481, Bogotá, Martes 1 de Octubre del 2013 
La política es el campo de trabajo para ciertos cerebros mediocres. 
Friedrich Nietzsche.
Un café en
Buenos Aires
Ana María Shua – Última parte
Por: Pablo Di Marco (Corresponsal Libros y Letras en Buenos
Aires)
    —Interesantísimo,
Ana. Algo me dice que voy a recordar por muchos años lo que acabás de decir.
Cambiemos de tema: ya que sos una referente latinoamericana en lo que respecta
a la escritura de microrrelatos (si no me equivoco vos preferís llamarlos
minificciones) te voy a pedir un gran favor: ¿te animás a regalarme una de tus
minificciones preferidas?
A.M.: ¡Ja ja! Lo de referente vaya y pasa,
pero lo de latinoamericana no te lo perdono… En España también tengo un buen
lugar. Y no, el nombre me da igual. Extraño aquellos tiempos en que empecé a
escribir el género (mi primer libro, “La sueñera”, es de 1984, y ya
hacia muchos años que lo venía trabajando). Entonces se lo llamaba,
simplemente, “cuentos brevísimos”. Tanto microrrelatos como
minificciones me suenan un poco como nombres en latín, que hay que explicarle a
la gente como si fueran algo nuevo y raro y no un género con muchísima
tradición en América Latina y muy en especial en mi país. Aquí va un texto de
mi último libro, Fenómenos de circo.
 Gétulos
y paquidermos I
Se cuenta que los númidas del norte, los gétulos de
las mesetas y los garamantas del desierto poblaban la región del Sahara. Se
cuenta que los gétulos, hábiles con la jabalina,  formaron parte del ejército romano como
tropas auxiliares pero los garamantas no. Se cuenta que los gétulos cuidaban de
los elefantes en el viaje por mar que los llevaría finalmente hasta Roma y su
circo, donde se veían obligados a matarlos para deleite y diversión de casi
todo el populacho y de algunos poetas, como Estacio y Marcial. Se cuenta que la
travesía era larga y difícil: gétulos y paquidermos, poco habituados a viajar
en barco, se mareaban. Se cuenta la patética historia de un gétulo enamorado de
su elefanta que prefirió clavar la jabalina en su propio corazón antes de que
asesinar a su amada, cuya vida fue perdonada por la conmovida plebe. Se cuenta
el nacimiento, casi dos años después, de un elefante un poco tonto, que sin
embargo aprendió en pocos meses a manejar la jabalina con la trompa. Se cuentan
en Roma, como en cualquier otro lado, muchas historias disparatadas cuya
comprobación es difícil o imposible.
—Precioso, Ana María; me hiciste un gran
regalo. ¿Hay algún contacto entre las minificciones y los haikus japoneses?
A.M.: Claro, son los géneros brevísimos. Las
minificciones son a la narrativa lo que los haikus son a la poesía. Alguna vez
escribí haikus, con mucho placer.  Son
géneros en los que la música, el ritmo de las palabras, es tan importante como
el significado. Como son tan breves, cada palabra tiene un peso enorme, no
admiten el más ínfimo error.  Aquí va uno
de mis haikus:
          
Huele
a verde
¿herrumbre,
primavera,
o
mutuo olvido?
—Vamos con las dos últimas y clásicas
preguntas de Un café en Buenos Aires:
alguna vez Vargas Llosa dijo que el día
más triste de su vida fue cuando Jean Valjean murió en Los miserables.
¿Cuál fue el día más feliz de tu vida?
A.M.: El
señor Morrel es un comerciante honrado y generoso, padre de una hermosa
familia.  Su barco, el Faraón, en el que
depositaba sus últimas esperanzas, se ha ido a pique. Los acreedores golpean a
la puerta. Sólo su suicidio salvará a su familia de la ignominia.  Levanta el arma y la apoya sobre la sien.  Entonces una de sus hijas entra violentamente
en la habitación con una noticia inverosímil, inesperada, loca: ¡el Faraón está
entrando en el puerto con todas sus velas desplegadas! Es una escena del Conde
de Montecristo.
  Vuelvo a llorar (de
felicidad) cada vez que la leo. 
Te
regalo la posibilidad de invitar a tomar un café a cualquier artista de la
época que prefieras. Contame quién sería, a qué bar lo llevarías, y qué
pregunta le harías.
A.M.: No, no, yo soy
muy tímida, no sé si me gustaría encontrarme con una de esas personas
desconocidas, que quizás no hable español y vaya a saber qué costumbres tiene.
Nadie dice que le va a gustar el café y sin duda se sentiría incómodo en la
ciudad. Después tendría que cargar con él (o ella), quizás llevarlo a mi casa,
darle de comer, prestarle ropa, explicarle la situación. Mi familia está un
poco cansada de mis relaciones literarias. El artista en cuestión estaría de
mal humor, sobre todo si tuve que interrumpir su eterno descanso y
probablemente olería muy mal. Para conocer a los artistas, no hay nada tan perfecto
como disfrutar de lo que nos han regalado. 
No tengo nada que preguntarle a nadie: si la respuesta no está en la
obra, el artista de todos modos no la sabe.
Le agradecí a Ana
María el tiempo que me dedicó para esta entrevista y me despedí con un rápido
“hasta pronto”. Con eso fue suficiente. A fin de cuentas, entre amigos no hacen
falta formalismos; y mucho menos con los amigos que nos acompañan desde el día
en que aprendimos a sostener un libro entre nuestras manos.