Los rastros de Juan Rulfo en Latinoamérica

Los rastros de Juan Rulfo en Latinoamérica

Por: Juan Camilo Rincón*



En las décadas de los años 30, 40 y 50, México fue el epicentro cultural de Latinoamérica. A causa de la Guerra Civil española y la Segunda Guerra Mundial, muchos artistas europeos decidieron visitar esa región del continente americano, huyendo de la desolación ocasionada tras los conflictos en sus países. Por el Zócalo y sus alrededores caminaron genios creadores como los fotógrafos Henri Cartier Bresson (francés) y Leo Matiz (colombiano); este último presentó su obra por aquellos años, con el poeta Pablo Neruda a cargo de las palabras de inauguración. Así se iban conectando los grandes de la época, quienes coincidían en la capital azteca.

De los barcos se bajaban grandes personalidades de todas las artes, como las pintoras surrealistas Leonora Carrington y Remedios Varo, y los escritores Max Aub y León Felipe. En un mundo teñido por el fascismo y la muerte, México se tornó en un espacio libre; todos querían conocer su cultura, sus murales, su arte, sus colores. Por ello arribaron a sus tierras, entre muchos otros, el director español Luis Buñuel para hacer películas magistrales, y a morir León Trotski bajo la sombra de un hacha manipulada desde el Kremlin.

En su visita al país manito, André Bretón, padre del surrealismo, afirmó: “No intentes entender a México desde la razón; tendrás más suerte desde lo absurdo. México es el país más surrealista del mundo”. Y claro, era el país de los muralistas, de Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros, de los escritores Alfonso Reyes y José Vasconcelos. Con ellos también llegó el punto más alto de la época de oro del cine mexicano, otra de las grandes artes de ese país.

En ese contexto empezó a crear sus grandes obras Juan Rulfo, un señor proveniente de Jalisco que había trabajado como agente migratorio y en una empresa de llantas. Casado con Clara Aparicio de Rulfo, escribió para ella los más espléndidos poemas, dando con ellos sus primeros pasos en la literatura. Como lo recuerda él mismo: “Hallé un empleo en la oficina de migración y me puse a escribir una novela para librarme de aquellas sensaciones. De El hijo del desaliento, sólo quedó un capitulo, aparecido mucho tiempo después como Una pedazo de noche”. Luego pudo publicar uno que otro cuento gracias a su amigo Efrén Hernández, textos que se convertirían, en la década de los 50 en el recordadísimo El llano en llamas.

Gracias a una beca otorgada por el Centro Mexicano de Escritores, tuvo un respiro en temas económicos y decidió enfrentar sus demonios; así nació Pedro Páramo. Como lo rememora Rulfo, “Ignoro todavía de dónde salieron la intuiciones a las que debo Pedro Páramo. Fue como si alguien me lo dictara. De pronto, a media calle, se me ocurría una idea ya anotaba en papelitos verdes y azules”. Para 1954 había escrito 300 páginas, y cada vez que pasaba una hoja a máquina, destruía las hojas manuscritas. Llegó a escribir hasta tres versiones de la obra, reduciéndola cada vez más, hasta que por la presión de sus amigos y su esposa, entregó el libro al Fondo de Cultura Económica para finalmente ser publicado en 1955.

Ahí todo comenzó de nuevo; sin saberlo, sus dos libros serían los grandes bastiones de la ruptura con la literatura regionalista de América Latina. Juan Rulfo fue uno de los padres de la literatura moderna latinoamericana, y desde su país hasta el cono sur fue profundamente admirado por los escritores que los que siguieron o fueron sus contemporáneos.

El escritor y maestro Alfonso Reyes dijo sobre él: “Puede considerarse realista la novela de Rulfo porque describe una época histórica, pero seguramente su valor reside en la manera peculiar con la que se supo manejar esta historia, donde la narración lanzada sobre distintos planos temporales cobra un sabor singular que intensifica la condición misma de los hechos. Una valoración estricta de la obra de Rulfo tendría que ocuparse, necesariamente, del estilo que este escritor ha logrado manejar en forma tan diestra, en su extraña novela Pedro Páramo”.

Otro grande de las letras mexicanas que lo admiró fue Carlos Fuentes, y bien supo expresarlo con un contundente “Rulfo, es el novelista final”. Además, afirmó que “al situar a la muerte en la vida, en el presente y, simultáneamente, en el origen, Rulfo contribuye poderosamente a crear una novela hispanoamericana moderna”. Por su parte, su gran amiga Elena Poniatowska planteó en un homenaje hecho en 1980 al creador de El gallo de oro, que “para sacarle provecho a Rulfo hay que escarbar mucho, como para buscar la raíz del Chinchayote. Rulfo no crece hacia arriba sino hacia adentro”. Otro de sus compatriotas, Fernando del Paso, Premio Cervantes en 2015, dijo de él: “Sí, Juan, volver a leerte, volver a escuchar tu voz será siempre una alegría aunque nos hables y nos sigas hablando tanto, ¡ay, Juan!, de la tristeza”.

Moviéndonos desde México hacia el sur, encontramos que en Centroamérica el autor también generó profunda admiración. El cuentista guatemalteco Augusto Monterroso afirmó: “Las atmósferas creadas por Rulfo son tales que en ocasiones bastan para producir más de un estremecimiento”.

Si seguimos bajando por el continente llegamos a Colombia, donde la obra de Rulfo es aún hoy de gran importancia y tocó a muchos de sus literatos más reconocidos. Gabo llegó a México en 1961 buscando encontrar el motor de su gran obra; sin mucho dinero, pero con impetuosas ganas de escribir, empezó a acercarse a los grupos culturales mexicanos: “Un día Álvaro Mutis subió a grandes zancadas los siete pisos de mi casa con un paquete de libros, separó del montón el más pequeño y corto, y me dijo muerto de risa -¡Lea esa vaina, carajo, para que aprenda! Era Pedro Páramo (…) desde la noche tremenda en que leí La Metarmofosis de Kafka (…) había sufrido una conmoción semejante. Al día siguiente leí El llano en llamas, y el asombro permaneció intacto”. Juan Rulfo fue para Gabo su camino a Damasco: las palabras de aquel le abrieron los ojos y lo llevaron a escribir Cien años de soledad. Años después de su vida en México, recordaría: “El escrutinio a fondo de la obra de Juan Rulfo me dio por fin el camino que buscaba para continuar mis libros (…) Ahora quiero decir también que he vuelto a releerlo completo para escribir estas breves nostalgias, y que he vuelto hacer la víctima inocente del mismo asombro de la primera vez. No son más de 300 páginas, pero son casi tantas, y creo que tan perdurables, como las que conocemos de Sófocles”.

Gabriel García Márquez y Juan Rulfo
Gabriel García Márquez y Juan Rulfo


Acercándonos al extremo sur llegamos a Uruguay; Eduardo Galeano afirmó en un encuentro con el mexicano, lo siguiente: “Juan Rulfo dijo lo que tenía que decir en pocas páginas, puro hueso y carne sin grasa, y después guardó silencio. En 1974, en Buenos Aires, Rulfo me dijo que no tenía tiempo de escribir como quería, por el mucho trabajo que le daba su empleo en la administración pública. Para tener tiempo necesitaba una licencia y la licencia había que pedírsela a los médicos. Y uno no puede, me explicó Rulfo, ir al médico y decirle: `Me siento muy triste´, porque por esas cosas no dan licencia los médicos”.

También en esa república oriental nos encontramos con Juan Carlos Onetti, quien en el Primer Congreso Internacional de Escritores de Lengua Española, que tuvo lugar en Las Palmas de Gran Canaria, fue designado como su presidente. Gran amigo de Rulfo, prefirió pasar los días en el bar del hotel con el mexicano, evadiendo el magno evento. Onetti recuerda que al sentarse en la mesa, siempre le preguntaba lo mismo:

“—Querido Juan, ¿hay Cordillera?

Y tu contestarás que no, también por enésima vez y seguirás embriagándote con la inmortal Coca-Cola, orgullo legítimo de la cultura yanqui”.

Cordillera fue la novela que Rulfo nunca terminó y nos quedó debiendo a todos sus seguidores.

Juan Carlos Onetti y Juan Rulfo
Juan Carlos Onetti y Juan Rulfo


Ya en Argentina nos topamos con uno de sus grandes admiradores: Jorge Luis Borges. Aunque es sabido que este era poco devoto de los elogios a la literatura de nuestro continente, jamás tuvo reparo en colmar de halagos la obra de Rulfo: “Pedro Páramo es una de las mejores novelas de las literaturas de lengua hispánica, y aun de la literatura”. 

Jorge Luis Borges y Juan Rulfo
Jorge Luis Borges y Juan Rulfo (1973) Foto de Rogelio Cuéllar
 

El viaje termina en Chile con el premio nobel de Literatura Pablo Neruda, quien lo conoció en un encuentro de escritores en 1969 en su país. Una de las actividades destacadas fue la entrega del doctor scientia et honoris causa de la Universidad Católica al poeta. Para celebrar tan honorable título, Neruda hizo una fiesta en Isla Negra que tuvo eco internacional. Uno de los invitados fue el escritor mexicano, a quien dio un trato preferencial, hablando con él a solas por largas horas. De esa noche quedan el registro de la fotógrafa argentina Sara Facio y una hermosa dedicatoria de Pablo a su amigo:


Aquí, sobre
estas olas
está el recuerdo
de tantas
lágrimas
que han
navegado
a través de
días y años
en la soledad
de una luna
olvidada.

Para ti querido
Juan nace
este canto
perdido a
orillas del
mar.


Pablo Neruda
Para Juan Rulfo
querido amigo
de paso por Isla Negra
1969.

Pablo Neruda y Juan Rulfo
Pablo Neruda y Juan Rulfo




El poeta estuvo siempre tan impactado con el mexicano, que poco tiempo después afirmó en una entrevista: “No podemos olvidar a Juan Rulfo, que con su silencio y obra delgada es de los más importantísimos escritores de nuestro continente”.

El recorrido no finaliza aquí. Al escudriñar, querido lector, con certeza encontrará muchas más muestras de ese elemento común a diferentes escritores hispanoamericanos: su admiración por Juan Rulfo. Su inmortalidad, en estos cien años de su natalicio, da fe de su calidad y de la oscura y triste belleza que nos transmite en cada una de sus letras, como un enérgico soplo para nuestra literatura, que hoy lo recuerda y reconoce como un genio irremplazable.


JUAN CAMILO RINCÓN

*JUAN CAMILO RINCÓN.

Periodista y escritor. Publicó Manuales, métodos y regresos (2007, Arango Editores). Ser colombiano es un acto de fe. Historias de Jorge Luis Borges y Colombia (2014, Libros & Letras), Viaje al corazón de Cortázar. El cronopio, sus amigos y otras pachangas espasmódicas (2015, Libros & Letras). Leer más AQUÍ
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