Cuando Martín de Francisco y Santiago Moure me despertaron el día de mi muerte

Cuando Martín de Francisco y Santiago Moure me despertaron el día de mi muerte

Por: Felipe Lozano (Director de Tejiendo Versos)



Jorge Andrés y yo podíamos pasar toda la tarde en mi cuarto lanzando un esqueleto de hule al techo. Teníamos diez años y nuestras diversiones consistían en actos sencillos. Uno de ellos era ver cómo quedaba suspendido el esqueleto en las vigas de madera o cómo daba volteretas en ellas hasta caer estrepitosamente al suelo, en unas posiciones tan ridículas e imposibles que nos mataban de risa, aunque algunas astillas se nos metieran a los ojos o tragáramos tierra. A veces se quedaba sobre una viga, como descansando de tanto trajín, y nosotros, extasiados, lo bajábamos como fuera para continuar con los vejámenes que tenía que sufrir el pobre.

En ese entonces, aunque estuviéramos hipnotizados por horas a costa de los movimientos absurdos del esqueleto, era inevitable mirar al techo y pensar que la había sacado barata por estar aún con vida. Bueno, mirar una parte del techo, porque la otra se me había venido encima una madrugada.

Varias noches antes del suceso, escuchaba ruidos de forma periódica, como si cayeran cosas pequeñitas. Le comenté a mi papá en repetidas ocasiones y él sostenía que era la dilatación natural de la madera, por eso sonaba tanto, no tenía por qué preocuparme. Aunque nunca dudé de los conocimientos adquiridos en su profesión (es arquitecto), pensé que los sonidos no tenían nada que ver con ninguna dilatación y menos si la referencia era lo que les había ocurrido a mi tío Alfonso y su esposa Gladys, cuando vivían en esa casa: se les vino encima medio techo de la habitación de mis papás mientras dormían. A mí me parecía inverosímil que algo así ocurriera y sobre todo a mí, como si fuera inmune a acontecimientos extraordinarios. A veces, cuando me acostaba, miraba el techo e imaginaba que me pasara lo mismo que a mi tío y su esposa y cuál de las dos mitades caería, pero algo semejante desbordaba mi imaginación, salía de todas proporciones.

No estoy seguro de si las manías u obsesiones puedan salvar la vida, pero de una de ellas sí puedo dar fe: rara vez podía dormir si no tenía la grabadora encendida. Y una noche la dejé así, sintonizada en Radioactiva, una de mis emisoras favoritas en esos años, hasta que la música de Fito Páez o Aterciopelados me arrullara. Todavía no sé si era una cuña o una repetición del programa que tenía Martín de Francisco y Santiago Moure, pero uno de los gritos de Martín y la reverberante voz de Santiago me sacaron de mi sueño profundo y me pusieron alerta. En ese momento comencé a sentir que las cosas pequeñitas comenzaban a caer sobre el techo, una a una, cada vez con más velocidad. El diminutivo no cupo con la progresiva precipitación de las piedras que después fueron piedrotas, hasta que una lluvia de concreto terminó por derribar todo el cielo raso. En mi cuarto, en medio de una inmensa nube de polvo, veía un granizo de piedras del cual no tenía cómo resguardarme. Estaba indefenso en el lugar más seguro que conocía. Mientras llamaba a mis papás a gritos, intentaba levantarme, pero algo muy pesado que se posaba en mis pies no me permitía moverme. En ese instante sentí que mi vida peligraba por primera vez. Es más, también por primera vez, estaba seguro de que la iba a perder.

Cuando Martín de Francisco y Santiago Moure me despertaron el día de mi muerte


Cuando uno es padre (ahora lo entiendo) y ve que sus hijos están en peligro, puede hacer que emerja una fuerza sobrehumana que contradice perfectamente la anatomía de aquel mestizo que no asciende del metro ochenta. Fue el caso de mis padres, quienes protagonizaron unas de las escenas más heroicas y a la vez aterradoras que haya visto: abrieron la puerta de un empujón, pese a que unos inmensos bloques de concreto la trancaban. Recuerdo la mirada de mi mamá y cómo su rostro se transformó al verme rodeado de piedras, en medio de una nube asfixiante de polvo. “¡Nooooo!, ¡Noooooo!”, gritó desesperada, absolutamente descompuesta, mientras mi papá, un cegatón que perfectamente podía estrellarse contra un muro si no tenía puestas sus gafas “culo ‘e botella”, caminaba descalzo sobre los filosos bloques de concreto que terminaron cortando en repetidas ocasiones las plantas de sus pies. Entretanto, mi mamá hacía lo mismo en dirección a la ventana para abrirla y dejar que el polvo saliera de la habitación y evitar la asfixia. Mi papá me abrazó y me sacó de la cama con todas sus fuerzas. Antes de que él se diera la vuelta conmigo en sus brazos, el bloque de concreto más grande cayó de punta sobre mi almohada. El impacto partió la cama. Recuerdo el espantoso sonido de ese crujido que bien pudo haberlo acompañado el de mi cabeza. Esa fue la última “gota” de un pétreo aguacero que para mí duró una eternidad.

Mi mamá, con sus brazos y piernas ensangrentadas, salió unos instantes después de que la piedra impactara mi cama. Mi hermana Catalina estaba justo afuera de la habitación, con las manos en posición de plegaria y con el rostro lleno de lágrimas. La tragedia del techo había sido completa, nada de mitades. En efecto, no me pasó lo mismo que a mi tío Alfonso y a su esposa. Fue peor.

Mis papás me llevaron a su habitación de inmediato y me quitaron toda la ropa para ver si tenía alguna lesión, porque mi mamá creyó ver que la piedrota mayor me pegó en la espalda. A mí no me dolía nada, milagrosamente, aunque al parecer el bloque me rozó la nalga derecha y me sacó un enorme hematoma.

El último recuerdo que tengo del día de mi muerte (o en el que se supone que iba a morir), fue cuando mis papás me acostaron en su cama, en medio de ellos, y en algún momento me dormí. Cuando desperté, fui a las ruinas de mi cuarto y encontré a unos obreros sacando escombros y la mayoría de mis pertenencias destrozadas, entre ellas, mi grabadora. La bendita grabadora. “Usted tiene que darle gracias a Dios por estar vivo”, me dijo uno de los obreros cuando me detuve en la puerta para verlos trabajar. Yo pensaba más bien en mis papás, en que habían sido ellos los que habían arriesgado su vida por salvarme, aunque en el acto sufrieran unas lesiones muy dolorosas. También pensé en el escándalo, el bendito escándalo de Martín y Santiago que me sacó del sueño profundo en el que solía caer a esa edad, porque de no haberlos sentido, de no haberme sobresaltado, de no haber recuperado la conciencia y pedir auxilio para que mis papás llegaran antes de que la piedra esa destrozara mi cabeza, no estaría jugando con Jorge Andrés a arrojar un esqueleto de hule por entre un inmenso hueco que se había convertido en los vestigios de un acontecimiento real, que se ajustaba a las proporciones y que me había llenado de miedo.

Unos días después de la caída del techo no era capaz de entrar a mi habitación. Me daba pánico. Dormí unos días solo en el cuarto de estudio, cuyo techo ya se había venido abajo unas décadas atrás. Sentía mucho miedo, no tanto por mí, sino porque la otra mitad del cuarto de mis papás no se había caído y yo creía que en cualquier momento podía ocurrir. Se volvió un pensamiento tan obsesivo, que mis papás tuvieron que desalojar su habitación para pasarse conmigo al cuarto de estudio para que yo pudiera tener la seguridad de que el techo no los aplastaría, si llegaba algún día a caerse. Para mí, esa decisión no daba ninguna certeza de nada. Si bien dormíamos los tres en el mismo espacio, siempre pensaba que el desplome de los bloques de concreto iba a ocurrir justo cuando mi mamá necesitara entrar a su habitación a peinarse, maquillarse en su tocador o a sacar su ropa. Me aterraba pensar en eso, sobre todo cuando las cosas estaban fuera de mi alcance, de mi control, mientras estaba en el colegio.

Después de que me armé de valor para entrar a mi habitación, ese lugar en ruinas se convirtió en un espacio curiosamente acogedor, en el que nos la pasábamos Jorge Andrés y yo, en el que jugaba con una mini cancha de baloncesto, donde leí ‘La vuelta al mundo en ochenta días’, donde pasaba mis ratos de aburrimiento y tristeza a oscuras y en el que alguna vez, con muchos amigos, entre los que se encontraba Jorge Andrés, por supuesto, construimos una casa del terror que terminó dañando el novio de mi hermana con su increíble torpeza.

Pasábamos por muchos percances económicos en esa época, por lo que mi papá tardó bastante en hacer las obras requeridas para que mi cuarto volviera a tener un techo, reconstruir los muros y todo lo necesario para que volviera a dormir tranquilo en mi espacio sagrado y escuchar la radio hasta que ella misma me arrullara. Pasé un periodo prolongado e incómodo durmiendo en el cuarto de estudio con mis papás, luego ellos se mudaron a su habitación, me volví a quedar solo, después me cansé de tener mi cama en el lugar donde mi papá pasaba tiempo pensando en quién sabe qué sentado en la silla del escritorio y me fui al cuarto de mi hermana, lo que tampoco me hizo sentir cómodo. Hasta que por fin, por fin pude pasar mis cosas a mí lugar, jugar a mis anchas, poner discos en una nueva grabadora y hacer lo que se me viniera en gana.

A Martín de Francisco y a Santiago Moure los veía y oía desde pequeño, primero en Radioactiva y La Tele, después en El Siguiente Programa, luego por Internet y ahora nuevamente en televisión. Me divierto con sus ocurrencias, me identifico con la forma en que ven el entorno y se burlan de él, muy a su manera. Ante todo los escucho, me concentro más que nada en la estruendosa risa de Martín y en la reverberante voz de Santiago, dos personajes que también incomodan a muchos aquellos que ignoran que su escándalo puede prevenir desastres y, por mucho, dejar nalgas heridas. Hace poco me paré frente a la casa de mi infancia, ahora transformada y distribuida como en cuatro negocios. Por entre un espacio que se abrió entre las dos cortinas, miré desde la acera el techo del que era el cuarto de mis papás. Debajo había un mueble en el que, probablemente, archivan cosas. Pobres oficinistas: ¿quién podría anunciarles la media tragedia que se avecina?

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