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Ministerio de Cultura de Colombia

La novela negra en Latinoamérica: “un baile eterno sobre sangre seca”

La novela negra en Latinoamérica:  “un baile eterno sobre sangre seca”

Por: Juan Camilo Rincón*


Existe un tipo de literatura de resistencia que toma fuerza en las últimas décadas del siglo XX y es vital para la relación entre Colombia y México: la novela negra.


En nuestra región sus orígenes se remontan a la década de los 40 de la mano de Rodolfo Usigli, Rafael Bernal, el catalán Enrique F. Gual y las publicaciones de la revista Selecciones Policiacas y de Misterio, que explotó el género de forma magistral.

Su gran auge en América Latina va desde los años 60 hasta los 80. Como lo recuerda el escritor mexicano Paco Ignacio Taibo II, este género

se desarrolló simultáneamente a lo largo de veinte años en varios países. En Argentina; en México, con Rafael Ramírez Heredia y yo; más tarde Rolo Diez que venía del exilio argentino, Myriam Laurini y Juan Hernández Luna se sumaron al fenómeno. Surgió en Cuba, donde Daniel Chavarría, Leonardo Padura y Justo Vasco produjeron novelas muy interesantes y a un excelente cuentista, Rodolfo Pérez Valero; surgió en Nicaragua donde Sergio Ramírez incursionó en la novela policiaca; en Venezuela; en Chile con Ramón Díaz Eterovic empezó a emerger el neopoliciaco latinoamericano (1).


En Francia e Italia la novela negra fue muy bien recibida; la academia comenzó a producir tesis e investigaciones al respecto, y el punto culmen fue la Semana Negra de Gijón, espacio creado para que los más destacados creadores del género pudieran encontrarse con sus pares provenientes de todo el orbe.

Algunos de sus más reconocidos representantes son los mexicanos Jorge Ibargüengoitia con Las muertas de 1977 y Carlos Fuentes con La cabeza de la hidra de 1978. Otros destacados autores fueron reconocidos por su gran apoyo a los movimientos de izquierda, e incluso muchos de ellos fueron protagonistas de las luchas estudiantiles. Rápidamente el género se expandió a otros países de nuestro continente como una maravillosa ola. Uno de ellos fue Colombia, atravesado por el narcotráfico y la violencia que este trajo consigo: en cada esquina existía una simiente para construir novelas policíacas. En la misma entrevista, Paco nos recuerda que “desde Colombia se habían sumado Mario Mendoza, Jorge Franco Ramos, Santiago Gamboa y luego Nahum Montt, entre otros”.

Este fenómeno literario, que crecía exponencialmente año tras año, empezó a forjar un público propio. Al preguntarle a Paco qué elementos tiene en común la novela negra en Latinoamérica, afirma que esta era

una forma de realismo muy variada, donde no había dos autores iguales o dos procesos similares de creación, pero sí había un tono común: era la novela social del principio del milenio. Si la novela social, aquella que se ocupa de los grandes problemas de la sociedad, de los grandes conflictos, se había escondido en la ciencia ficción, retornaba de la mano de la novela negra. Este género tenía una carga social muy punzante en la medida en que estaba siendo escrita desde una América Latina muy convulsionada. Era el fin de las dictaduras, era la preocupación por la manera como el crimen se había producido en la sociedad, era la novela sobre el abuso del poder, sobre la corrupción, el crimen de guante blanco, y la base es que detrás de la apariencia y del hecho criminal hay un conflicto que tiene una carga social (2).


Al hablar con algunos escritores al respecto, encuentro que otro elemento que comparte el género es la ciudad como protagonista. Existe en sus obras un clima urbano de conflicto donde los callejones alojan el crimen y se hacen más lúgubres. En sus textos se muestran la riqueza y seguridad -casi obsesiva- en los barrios de clase alta (altos muros, rejas, puertas de seguridad, etc.) en contraste con la villa miseria, la favela, la comuna, el barrio de invasión. Paco destaca el surrealismo de hechos que parecieran pertenecer a la ficción, pero que son comunes a la cotidianidad de nuestros barrios. Las páginas de las novelas se colman entonces de imágenes como la del sicario que reza a una virgen o se encomienda a Dios antes de cometer un asesinato, la del narcotraficante que construye una obra monumental en forma de panteón griego en un lugar donde no hay una sola biblioteca, la de un río Magdalena lleno de hipopótamos, o la de un comandante de policía que es a su vez el mayor de los criminales. En cada párrafo hay una nueva sorpresa: lo exótico del bajo mundo, los sombríos climas urbanos, el delito como gran titiritero del poder rebasan cualquier límite lógico y dan forma a la nueva novela policíaca latinoamericana.

Al preguntar al autor de Días de combate sobre la relación entre nuestras literaturas, afirma:

Existe una relación clara entre la literatura colombiana y mexicana, cada vez más. Es curioso: la nueva novela colombiana tuvo que sobreponerse al trauma de Gabriel García Márquez; todos querían ser como él hasta que pensaron ser como ellos mismos. En México el trauma no se sufrió, pero siempre hay una generación medio aplastada por el boom. Entre los dos países hay muchos paralelos: el fenómeno de la violencia, los muchos lenguajes… Colombia es un pluriverbo, la costa, los caribeños, el altiplano, pero sobre todo hay una gran facilidad de conexión; te sientas con los compañeros colombianos y conectas rapidísimo (3).

Por su parte Élmer Mendoza, otro de los más destacados de la novela negra en Latinoamérica, responde así frente a la pregunta sobre la relación literaria entre México y Colombia:

Élmer Mendoza: hay una relación muy intensa. Creo que a partir de los años 30 se empezaron a cruzar las literaturas no solo entre los escritores sino también entre los lectores; que la gente pudiera leer La vorágine de José Eustasio Rivera, que pudiera leer a Rómulo Gallegos y a los que están más al sur empezó a crear una identidad, creo yo, que tomó mucha más fuerza cuando aparecieron los del boom. Entonces creo que hay una relación grandísima, porque cuando los escritores mexicanos conocen estas novelas, Ricardo Güiraldes, José Eustasio Rivera, Rómulo Gallegos, está el movimiento de la novela de la revolución, que igual es una literatura que le da mucha identidad a la época y a la realidad de lo que acaba de pasar, pero también aparece un movimiento que se llama literatura de la tierra que se suma a la del sur. Hay una unión muy fuerte y se forma una identidad con García Márquez que se va a vivir a México en 1963 y empieza su amistad con Carlos Fuentes, y Álvaro Mutis que ya está allá. Sí ceo que hay una relación profunda en cuanto a las temáticas porque tenemos problemas sociales similares y tenemos un tratamiento literario de esos problemas que es muy parecido.

Juan Camilo Rincón: eso es lo que nos pasa con la novela negra.

: ¡Uy, sí! La novela negra, sobre todo la que tiene que ver con el narco, es lo mismo. Porque si los narcos se han aliado, ¿por qué los escritores no? Estamos contando una misma épica y llama la atención que en Colombia siempre han trabajado el asunto del sicariato y más personajes jóvenes. Nosotros hemos trabajado más personajes adultos, que ya hacen el trasiego, que trafican… personajes que no quieren matar, que quieren ganar dólares, que quieren inundar a los gringos de cannabis o de cocaína; no les interesa mucho matar.

La danza eterna sobre sangre seca nos sigue definiendo como continente, la violencia nos espera en cada esquina, nuestras ciudades estructuran nuestra psique como espacios densos y oscuros que también pueden acoger la parafernalia del gozo. De igual forma nos une la forma en que hemos enfrentado nuestra realidad a través del arte como una forma casi mágica de expiar lo que nos duele. La novela negra nos exhibe en lo más reprochable de nuestra naturaleza, pero también evidencia nuestra capacidad de resiliencia, de enfrentarnos a las desgracias y de superar nuestros daños para tornarnos en seres más fuertes y profundos.


1   Entrevista realizada por el autor a Paco Ignacio Taibo II en México. Abril de 2017.

2   Ibíd.

3   Ibíd.



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JUAN CAMILO RINCÓN

Sobre el autor: *JUAN CAMILO RINCÓN.

Periodista y escritor. Publicó Manuales, métodos y regresos (Arango Editores). Ser colombiano es un acto de fe. Historias de Jorge Luis Borges y Colombia (Libros & Letras), Viaje al corazón de Cortázar. El cronopio, sus amigos y otras pachangas espasmódicas (Libros & Letras).

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