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Baúl de mago

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Baúl de mago
By Libros y Letras 4 de junio de 2014
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Roberto Burgos Cantor
En un artículo en El Espectador, Adolfo Meisel Roca llama la atención sobre un tema
de interés para los analistas de este vértigo delirante que se ha dado en
llamar política, vida nacional, acontecer público.
Meisel advierte que al sentirse obligados a
estar en la cresta del suceso diario, ya hay muestras en los comentaristas de
“un cierto agotamiento”. Para sortearlo el columnista recomienda la lectura de
Braudel y acoge su concepción de la historia, inclinándose por la observación
del lecho profundo como el sitio donde ocurre lo que importa.
Creí entender la idea de “agotamiento” como un
ejercicio repetido, que se aleja de la imaginación y de cuando en cuando es
alterado por la intolerancia de los insultos o por el ejercicio criminal de las
amenazas.
Lo anterior me hizo recordar a Borges: “(…)
De ahí que el verdadero intelectual rehuya los debates contemporáneos: la
realidad es siempre anacrónica”. Hay que preguntar si para Borges la realidad
es lo mismo que la actualidad. Si de la virtud de su anacronismo acaso no se
derive una intangibilidad de la realidad que torna infructuosa su
interpretación o su crítica.
Braudel establece lo duradero, ambición del arte, para reconocer el curso del
porvenir de una manera fundada; Borges desdeña la superficie por inútil y a lo
mejor por vulgar.
La recomendación de Meisel es ejemplar pero conmovedora. Su anotación permite
conjeturar los motivos del “agotamiento”. Hay que cuidar el análisis para no
incurrir en otro espacio de agotamiento que es la proclividad a someter todo a
estudio, seminario, diplomado.
Una semana antes de la columna de Meisel Roca le pregunté a Patricia Lara, por
qué los escritores de periódicos tienen tan poco influjo en el acto de gobierno
y en la conciencia o en la conducta de los ciudadanos. Unos comentaristas
justifican, amplían, defienden, el acto de gobierno. Cumplen una misión
partidista, de adhesión ideológica. Otros, critican, censuran, muestran su
inconveniencia. No hay que contratar una encuesta, sustituto ilegítimo del
pervertido y estrecho mecanismo electoral, para saber que son más los analistas
que reprochan que los que aplauden.
Una derivación de esta circunstancia anómala
sería que el sistema de control del poder de la democracia no está funcionando.
Por ello los analistas hacen pública una voz soterrada por el temor o el
interés. Entonces qué ocurre: que la gente reconoce el acto indebido pero no le
importa. De allí la soledad del articulista. El agotamiento de sus palabras.
Grita en el desierto.
Otra derivación tiene que ver con la naturaleza bárbara de la política hoy. Lo
es de tal magnitud que ha enfermado a la gestión de la izquierda. No es que la
izquierda sea bondadosa per se sino que se estrena en la gestión de la
democracia. En Colombia, por mucha apariencia que envolviera, se discutían
tesis de letrados en la brega política. Hoy el descarnado esquema comercial y
mediático carece de teoría, de diagnóstico y de una promesa. Eso permite que
alguien como Luis Garzón repita bobadas y Fernando Londoño afirme iluminaciones.
El modelo de Braudel y la escéptica ironía borgiana ojalá ayuden.