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Baúl de mago

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Baúl de mago
By Libros y Letras 11 de junio de 2014
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Sin consecuencias
Por: Roberto Burgos Cantor
En la espesura de las
imágenes del vidrio del almacén se abrió lugar la figura del hombre con
sobretodo que ganaba la acera desde la vía atascada de automóviles. Los ruidos
sordos apenas eran atravesados por el grito de un loco nómade. A la mujer que
miraba los maniquíes con ropa de vacaciones, los sombreros, el corsé morado, un
vendedor que atendía los pasos de una cliente sobre los zapatos de tacón alto,
la muestra de lencería, se le esfumaban éstos por los desplazamientos del
reflejo del hombre. Era un poco más alto que ella. Y siguió la imagen porque
creyó que se acercaba. En un momento no tuvo dudas y resistió las ganas de
darse vuelta. Se opuso al movimiento inconciente de apartarse. No podía, aún,
distinguir el rostro. Apenas un brillo en los cabellos negros y el avance con
gestos decididos.
La mujer sin perder de vista
la imagen del hombre, su sobretodo abierto, apretó la cartera contra su cuerpo.
Sin malicia intuyó el propósito ajeno. Se concentró en la decisión de
mantenerse quieta, indiferente, tranquila. Distinguió el perfume discreto del
hombre. Cuando buscó sus ojos en la vidriera tuvo por primera vez en su vida el
pensamiento de una pescera. Percibió la franja de una frontera sin pasaportes
que detenía los cuerpos sólidos y abría un infinito vacío para las sombras. Se
supo ligera por estar en dos lugares.
Ahora la imagen del hombre
con sobretodo en el cristal y el hombre en la acera, ¿diferentes? estaban
cercanas, inminentes. De su lado sintió plena, ansiosa y quizá tierna la mano
del hombre en sus nalgas. Con esfuerzo para no chillar , ni precipitar los
movimientos, y buscando la manera de aparentar desentendimiento, se dió vuelta
y lo encaró. Dijo : ¿le gustó ? Lo dijo sin reto, sin agresividad, casi curiosa
y sin permitirse la vanidad de reconocer que ella, todavía, era una atracción.
Imán del deseo anónimo. Satisfacción del atrevimiento. Trasgresión. Azar sin
porvenir. Y en la mano un peso nuevo, algo invisible y secreto que solo a él
pertenecía.
El hombre sacó fuerzas y más
atrevimiento para mirarla con una fijeza arrepentida. Y no controló la sorpresa
para balbucear: son bellas. Como si el destino hubiera sido abolido se quedó
congelado.
ntes de proseguir su camino
por la acera poblada no evitó que las lágrimas desbordadas se deslizaran
sueltas por su rostro.
Varias veces me pregunté
cómo debería contar este suceso del cual fui testigo por mirón empedernido. Era
tan fuerte lo que estaba más allá de lo visible que temí a mi torpeza. No
había, ni esa vez ni en mi recuerdo obstinado, exhuberancia del cuerpo en la
mujer; como tampoco lascivia con babas de sátiro fracasado en el hombre del
gabán. Una pregunta más se sumó a mis incertidumbres. ¿Será – me dije – que lo
público protege una forma de intimidad ?
En contarlo, en tomar el
riesgo de invadir lo personal o de generar sospechas sobre la transparencia de
las vidrieras, se asoma una respuesta.
Así va la vida y sus
misterios inadvertidos. Instante a instante sin remedio.