Shopping Cart

Loading

Your cart is empty

Keep Shopping

Search Results

so far empty...

Loading

Besar a la muerta, primera novela de Horacio González

  • 6 Minutes
  • 0 Comments
Besar a la muerta, primera novela de Horacio González
By Libros y Letras 6 de junio de 2014
  • Views: 16

Junto a Ricardo Piglia y María Pía López, el
sociólogo y director de la Biblioteca Nacional mostró en público su debut
novelístico, que gravita en torno de un asado, en el que se especula con humor
ácido sobre política y teología.
Las páginas del manuscrito no tienen “gran
valor literario”, afirma un supuesto lector que descubrió en esas líneas la
historia de un fracaso o de varios. “¿No habían sido sepultadas en el polvo
literario del pasado las noveletas conversacionales?”, ironiza una voz, acaso
la del profesor Rupestre, que destila sombrías ironías acerca del mundo
universitario argentino. Pensándolo mejor, el escrito posee algunos valores,
pero suena anticuado y vencido. Algunos juegos macedonianos, a todas luces
innecesarios, certifican que la vetustez no ha aparecido como un elemento
extraño, sino que ha sido buscada deliberadamente… Este preludio sobre las
probables atribuciones y la calidad de una obra que flirtea con la idea de lo
“menor” es la rúbrica inicial con la que Horacio González pone toda la carne en
el asador de la lengua en Besar a la
muerta
(Colihue), su primera novela. Una ficción que gravita en torno de un
asado y tres personajes: el Padre Poggi, el ex sacerdote Santiesteban y el
profesor Rupestre. Entre entrañas, mollejas y vino tinto, especulan sobre
política y teología en una larga conversación que se prolonga toda la noche,
afilada por el ácido corrosivo de un humor burlón. “Me escapé del hospital”,
ironizó Horacio González cuando entró a la sala Alfonsina Storni del predio de La Rural. El director de la Biblioteca Nacional
estaba internado y fue autorizado por su médico para realizar la presentación
del libro junto con Ricardo Piglia y María Pía López.
“Quiero desmentir que la internación sea una operación
de marketing. No somos tan refinados”, bromeó Aurelio Narvaja, dueño de
Colihue. “Leí la novela y no podía dejar de reírme, pero esa ironía está ligada
a hechos bastantes trágicos –comentó Piglia–. Yo creo que se tendría que llamar
‘El beso de Perón’. Horacio pertenece a una tradición que podría estar
encarnada por (Ezequiel) Martínez Estrada y que tiene que ver con esa
distinción que hace Leo Strauss entre Atenas y Jerusalén. Decía que era una
pena que nuestra tradición fuera la de Atenas, que era la tradición del
concepto, mientras la de Jerusalén era la tradición del relato. La mejor
representación de esta tradición es la Biblia, donde la palabra de Dios es narrativa; es
el relato el que constituye el mundo.” El autor de Respiración artificial señaló que en los libros de ensayo de
González hay alguien que reflexiona a partir de un acontecimiento. “Un relato
no se interpreta: se vuelve a narrar. Podríamos entender también la tradición
cultural como un sistema de narraciones que se replican, que se anulan, que se
critican, que se vuelven a replegar. Los relatos no cierran el sentido sino que
dan a pensar. Esta ha sido siempre la virtud de Horacio.” La novela pivotea en
torno de dos cuestiones: los acontecimientos y las palabras. “Horacio es muy
sensible al modo en que las palabras han ido cambiando el significado y está
siempre atento al movimiento narrativo que tienen las palabras”, explicó
Piglia. “El acontecimiento es el momento de la muerte de Eva Perón y la
percepción que tiene el cura Hernán Benítez, que en un momento le dice a Perón:
‘Ahora tiene que besarle la frente’. Esa escena remite a otras escenas donde
siempre alguien muere, y a grandes discusiones en torno de la liturgia y las
creencias. Entre el misterio de las palabras y el misterio de una escena donde
está muriendo Eva Perón se teje esta novela que pertenece a la mejor tradición
argentina, una de esas novelas que al principio todos dicen pero ‘¡esto no es
una novela!’ y uno piensa que es demasiado buena para ser una novela, es decir,
está más allá del género, como las novelas de Macedonio o Marechal.”
López planteó que esta novela, como los ensayos del
escritor, son formas “muy extremas de una fenomenología que pone en observación
el mundo de las palabras, el funcionamiento de la lengua y su propia
historicidad”. El género de la escritura nunca fue un armazón coercitivo para
el autor de Restos pampeanos. “Cuando uno leía los ensayos de David Viñas, se
encontraba que estaban los personajes de la ficción en la escena de la crítica
literaria. En el caso de Horacio, hace la transfiguración inversa: los pone
ante una novela donde están todas las fuerzas reflexivas del ensayo”, comparó
la directora del Museo del Libro y de la Lengua. “Horacio siempre combatió contra los
dispositivos de captura de la palabra; por eso la crítica a su escritura
señalaba la complejidad, el carácter barroco de una escritura, que tenía que
desplegar un as de significados, pero al mismo tiempo decir entre líneas para
esquivar los dispositivos de captura.” La ficción puede ser otro mecanismo
posible para sortear esta trampa de los dispositivos. “Lo que me sorprende del
estilo de esta novela es el pasaje a un tipo de escritura donde ya nadie le
podría decir que es un escritor barroco, un escritor que pone al lector ante la
exigencia ardua de detenerse ante cada línea porque abrió una paradoja, un
matiz, una duda interna a la misma formulación de las palabras –analizó López–.
Esta apelación a la ficción le permite esquivar el dispositivo de captura de
las palabras, una tensión formidable de la época en que vivimos, poniendo el
juego de entrelíneas en un juego entre personajes.”
Reticente a la nomenclatura, González aclaró:
“Llamarla novela es una suprema responsabilidad, pero el editor dijo que es una
novela. Esto revela el indebido papel que los editores juegan en la historia.
Es más bien una farsa, un relato de tipo farsesco”. El epígrafe de la novela
–cuya ilustración de tapa es el famoso lienzo Venus de Urbino de Tiziano– es
una frase del Padre Poggi: “¡Tiziano es nuestro hombre!”. “¿Cómo Tiziano va a
ser peronista?”, se preguntó González. “Si el Papa es peronista, Tiziano puede
ser peronista. Esto es lo que me llevó a la ficción, a ese juego carnalesco con
la religión. Es una discusión teológica farsesca, pensando en todo lo que la Iglesia sabe pero no puede
confesar.” La ficción le permitió al director de la Biblioteca Nacional
pensar el momento político argentino sin pronunciar las palabras del ahora:
“Estoy en la posición de aprendizaje –confesó–, es lo que permite seguir
escribiendo”.