Reseña. “El arcano de Majuy” de Leonardo A. Archila R.

Esta es una novela (Rey Naranjo Editores) de viajes cuyo protagonista, un muisca llamado Satua, realiza un periplo por el Yuma con rumbo al mar. Es en sentido literal, un viaje desde el interior, la sabana de Bogotá, hacia la Sierra Nevada de Santa Marta. A través de los ojos de Satua el lector también navega por las aguas, los sueños y las alucinaciones de un mundo imaginario. 

Por:  Alister Ramírez Márquez*

Enigma profano

La trama se desarrolla en el contexto de una geografía ficticia, pero afincada en los paisajes y el suelo colombiano. Archila utiliza un lenguaje intercalado de palabras profanas y enigmas de tiempos inmemoriales precolombinos. En este viaje mítico, Archila nos conduce a otros niveles del conocimiento que no se pueden explicar a través de la lógica.

A diferencia del guerrero Ulises, que regresa a Ítaca y tiene que derrotar en su camino a todo tipo de monstruos, seres malignos y fuerzas seductoras, Satua vence las fuerzas del mal porque es profundamente imperfecto y vive a la vez en un mundo que todavía habitamos, lo podemos percibir y reconocer en la naturaleza americana. 

Me recuerda a los personajes, mapas y lenguas creadas por Tolkien, el autor de El Señor de los anillos, algunos de ellos basados en los recuerdos de la infancia del autor. Pero la propuesta narrativa de Leonardo Archila trasciende el presente del autor porque, entre otras cosas, apunta hacia la recreación de un mundo precolombino perdido y lo hace desde la imaginación y perspectiva de un autor del siglo XXI, porque: “son muy escasos los testimonios que llegaron hasta nosotros de la cosmovisión de los pueblos aborígenes precolombinos”, afirma el autor.

Así como los héroes de las epopeyas, el personaje principal realiza la hazaña de su vida. Este evoluciona a través de las aventuras y obstáculos que encuentra en el camino. De igual manera, este caballero de las selvas y explorador de las aguas y sus profundidades tiene un destino: la misión de encontrar la respuesta a un gran misterio. Se trata del arcano, un enigma que solo le será asequible gracias a su proeza, coraje y a los consejos de su guía espiritual. A medida que crece el personaje, el relato toma fuerza y en los capítulos de la tercera parte la narración se transforma en un poema épico.

“En el principio, el conocimiento solo es imagen congelada del presente. Después se describe en palabras, cantos, cuentos. Pero también en signos, trazos, gestos de la mano divina. Como las formas del cielo. Como las huellas sagradas en los cultivos, como los petroglifos en las encrucijadas de los caminos” (p. 371).

Parecido a la realidad

Hay ríos que se parecen al Magdalena y sus tributarios, pero no lo son. Existen montañas tan altas como los picos Simón Bolívar y Cristóbal Colón, en la Sierra Nevada de Santa Marta, pero no se nombran. Se elevan más arriba del cielo, donde reinan los dioses y las diosas muiscas. Hay mares, lagos, lagunas, pantanos, selvas y playas, pero solo existen en un territorio construido por la imaginación de Archila. En estos sitios habitan personajes vulnerables a las flechas y también otros con poderes superiores. Otra de las virtudes de Satua es que vive en comunidad y su supervivencia depende del entorno porque se alimenta del amor humano y de la naturaleza.

Archila, además de su imaginación y el conocimiento de las culturas indígenas, a partir de sus investigaciones que se reflejan en la novela, despliega su gusto por la navegación, las especies de flora y fauna nativos del paramo, los valles y las costas, entre otras. Pero el inventario, por ejemplo, de árboles y aves tropicales va más allá de un recurso estético porque, como telón de fondo, hay un llamado ecologista, de admiración y respeto por el cosmos y la Tierra. Sin proponérselo, usando el acervo de la mitología muisca, caribe y otros pueblos aborígenes, hace un guiño y nos recuerda que nosotros somos solo una parte mínima del universo y pervivimos apenas unos instantes.

La tarea de contar historias, cuyo contexto es el mundo precolombino e indigenista, y adaptarlas a las necesidades del lector moderno, corre el riesgo de aburrir al lector y perpetuar la idealización de un pasado indígena. Sin embargo, Leonardo Archila en su novela El arcano de Majuy nos lleva de la mano, de forma sorprendente e inquietante, por este relato descollante como si fuera Satua, en la proa, y nos mostrara la ruta. Es una lectura que nos arrastra lentamente por este laberinto acuático. Se siente distante por el tiempo mítico y a la vez muy próximo. El Yuma es el río sagrado y mayor de los aborígenes; representa lo profano y la muerte para los conquistadores, pero es al mismo tiempo el Magdalena mermado y contaminado de los pescadores y campesinos del siglo XXI.

Es una novela para lectores de cualquier edad y disciplina, estudiosos de la antropología, etnología, religiones, geografía, lenguas, botánica y, en particular, para aquellos que quieran aventurarse y navegar por el mundo mítico construido por Archila. 

*Alister Ramírez. escritor, secretario general de la Academia Norteamericana de la Lengua Española.

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