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El arte no tiene nacionalidad

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El arte no tiene nacionalidad
By Libros y Letras 10 de marzo de 2015
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Palabras del escritor Marcoo Fidel Sánchez al presentar este libro.
Debo agradecer, primero que todo, el honor que se me hace al invitarme a presentar el libro El arte no tiene nacionalidad, para el que auguro un porvenir largo y provechoso.
Y quiero, enseguida, destacar no sólo la nobleza del propósito, el altruismo y la valentía con que cuatro mujeres exponentes del arte iberoamericano se lanzan en un esfuerzo conjunto a presentar su obra de poesía y pintura, dando de esta forma origen a dos curiosas palabras que desde ya estarán haciendo fila en busca de un lugar en el diccionario de la Real Academia: Pintuesía y poetura. Palabras que, como muchas otras permanecen en silencio a la espera de que alguien llegue y las descubra y que en ningún caso resultan ligeras o aventuradas. Se pinta con las palabras: a través de ellas se puede mostrar a un ciego, que no lo sea de nacimiento, el mundo de los colores; y se escribe con los colores: es estimulados por ellos que los poetas han logrado muchos de sus mejores versos.
La idea de hacer, con dicha publicación, homenaje a cuarto varones trabajadores del arte es la muestra del desprendimiento, del apoyo y la solidaridad y, en resumen, del amor, de eso que se ha llamado ‘el eterno femenino’, porque sólo puede brotar de la mujer.
Dando un primer vistazo al libro, se encuentra el trazo sensual y sugestivo, los velos, los colores que surgen como si no hubiera sido el pincel sino la magia lo que hubiera pasado por allí. Es el concepto de la obra de Blanca Estela Torres, que nos habla de un mundo sin usar, de una naturaleza virgen, de unas mujeres y unas costumbres distintas a las de estas latitudes; nos hace evocar ese México profuso y embrujado de la Visión de Anahuac de Alfonso Reyes, en unos casos; en otros, descuella el asombro y la esperanza, y, a veces, el dolor que habitan en los ojos de unas hembras, siempre simples, siempre alertas, siempre viendo el mundo desde las transparencias del espíritu. A esto se le llama escribir con la pintura aquello que a las palabras les queda difícil expresar.
Enseguida viene la fuerza expresiva de María Gallego, la pintora granadina. En ella se detecta la herencia de muchos pinceles, de muchos colores y de muchos estilos juntos. Pues así como el escritor es la suma de todas las plumas que le precedieron, el pintor se ha nutrido de aquel mundo traído de otras dimensiones que ha sido dado plasmar a los pintores. Cierto aire trágico en sus líneas, sus rotundas perspectivas, la explosión de ideas y de formas a través, unas veces de una economía de trazos y, otras, de una lírica simpleza, subraya su mundo andaluz en el que lo más solemne debe tener su toque de alegría, y lo más quieto, hasta dos barcas con un fondo de invierno, debe tener su mundo de esperanza. Esto es hablar, comunicar, escribir con los colores.
Así que no es aventurado decir que si se escribe con los colores, se pinta con la palabra. Y esto es lo que ocurre con los versos de Mar Herrera y Eugenia castaño. Dos trabajadoras del arte que han dedicado su vida y su energía a la expresión de la belleza por medio de la palabra escrita.
Los versos de Mar Herrera son expresivos y fuertes como el carácter de las manchegas; transmiten emoción, alejan de la duda, de la ambigüedad; despiden aquella música secreta que sólo, es posible conseguir a los poetas, a esos que han resuelto transitar por los angostos caminos del arte sin esperar nada a cambio, porque aspiran a encontrar todo en un verso, en una estrofa capaz de sorprender, o al menos intuir, algunos de los secretos del infinito. Con eso se sienten bien pagados.
Esto lo confirma la poeta en los siguientes versos: 
“No me juzgues si en mis genes llevo tatuada poesía; hay quien almacena bienes y yo regalo armonía”. 
Eugenia Castaño revela en su trabajo la fe y la esperanza, la ternura y la gracia de los habitantes de los Andes suramericanos. De esos de aquella ciudad otoñal que el ocurrente genio de García Márquez pintó con sus palabras como una aldea de doce iglesias y doce campanarios. De aquellos donde el viento pasa cantando versos que todos oyen pero que sólo entienden los poetas.
La sencillez de su canto es, a su vez un llamado a la ternura, a ese cambio que debe llegar a todos los lugares de esas patrias condenadas a las contradicciones del destino; un flechazo de amor disparado al centro del corazón humano, donde se esconde lo mejor, pero también lo peor de la savia de los hombres. 
Son versos solidarios, sin otra pretensión que llevar el mensaje de un amor quizá desconocido por los hombres y del que tanto hablan criaturas que han vislumbrado algunos peldaños del espíritu; un amor sin pasión ni obligación, como el de la flor que da su aroma y su color sin esperar ninguna recompensa y sin saber que está dando su aroma y su color.
Todo esto sin que venga provisto de un aire de sencillez, de comprensión y de esperanza; de un situarse más allá del mundo mental en que vivimos. Un aire sin el cual esta estrofa no hubiera podido ser posible:
Tantas batallas libradas/a la hora de avanzar/te invito a que camines conmigo y volvamos a ser niños/entendamos la magia de jugar/la vida es corta/lo único que nos sirve es repeler/todo tipo de maldad. 
El arte en esta noche está de fiesta y se siente agradecido. Lo novedoso de la unión de pintura y poesía. La calidad de las artistas que integran la obra. El concepto de la edición y todos los trabajos que debieron superarse para que este libro viera la luz, no puede menos que arrancar al arte dos palabras llenas de humildad y gratitud: Muchas gracias.