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El eco de la tormenta: De serenidad sitiada a desolación sin tregua

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El eco de la tormenta: De serenidad sitiada a desolación sin tregua
By Libros y Letras 4 de febrero de 2022
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Bajo el sello de Domingo atrasado en la colección Cantos Rodados, el escritor Carlos Fajardo Fajardo publicó el poemario El eco de la tormenta.

Por: Jorge Eliécer Ordóñez Muñoz
En Poesía todas las paradojas son posibles, o tal vez sea el lector quien las descubre. Me llama la atención que uno de los libros iniciáticos de Carlos Fajardo Fajardo lleve por título Serenidad Sitiada, y que, en efecto, se trate de poemas juveniles, por extensión, briosos, febriles. Voz de quien está atalayando el horizonte, ensayando los primeros pasos de una danza. En ellos el amor y el erotismo, los diálogos del cuerpo, algunos homenajes de alter-egos encarnados en pintores, músicos y poetas se atrincheran en torno a su palabra para blindarla frente al mundo:

Aquí parezco ser
la aventura de un ángel guardián
tocado por un milagro

(Diario: Serenidad Sitiada)

Esta es la región de la aventura
en ella has nombrado el mundo con inocencia
ha sido grato ir y abastecerse
en sus vastos dominios
donde encuentras los orígenes de tu porvenir

(Bajo cielos aislado: Serenidad Sitiada)
En su último libro El Eco de la Tormenta la apuesta es diametralmente opuesta. Muchas aguas bajo los puentes han corrido, innúmeras vivencias personales y colectivas que han ido signando su poesía con luces y sombras de desolación y desesperanza. No hay tregua en estos 37 poemas, salvo dos que hacen las veces de tímidos oasis frente a este sostenido inventario de fugas. Aquí todo se va, todo declina y se marchita, como si un sol negro o una luna mezquina intentaran dar un poco de fuego a las pavesas.
La casa, epicentro de toda la poesía fajardiana es ahora un arca abandonada, un nido vacío, a la intemperie:

El abandono cuelga de una puntilla
en la agonía del hogar (Extinguida llama)

Ardua esta quietud,
el despojo de nuestro linaje (Desaparecidos)

Ventiscas golpean la inservible puerta,
la miseria que dejamos,
la perezosa tranquilidad de los domingos (A merced del día)

Esa casa que motivó mitologías ancestrales en su poemario Veraneras y otro tanto en Ínsula del Viento, es ahora tierra de nadie -¿o de Nadie?- hábitat de fantasmas y emisarios de la muerte:

De vez en cuando
alguna que otra voz se escucha entre los muros,
oscila en las vigas de la noche (Casas tomadas)

pues nos recordaron el mensaje que aquel forastero
a la hora de la merienda nos quiso dejar (Los Miedos)


Caronte tal vez, el cuervo del Paraíso o el eco multiplicado de los miedos que arrastra, que arrastramos los trémulos poetas de la mitad del siglo, sometidos a múltiples violencias, reales y simbólicas. Heraldos de horror golpeando en nuestras puertas, saboteando hasta los más íntimos rituales de familia, hasta quedar aprisionados…

y diluidos como débiles brumas
nos sentimos leve luz de tarde,
herrumbres sin sosiego (Los Miedos)

Débiles brumas, leve luz de tarde, herrumbres sin sosiego: tal pareciera un mínimo manifiesto de los poetas que hemos compartido la Casa Grande y ajena, la casa que alguna vez fue nuestra con sus seres, sus muebles y sus sueños, pero que nefastas tormentas la fueron horadando hasta tumbarla. Una tonada popular habla de tumbar la casa; en medio de su danza y su jolgorio se esconde un mensaje subrepticio de hartazgo y emancipación. Un hombre despojado de la casa es un paria, un nefelibata lanzándole dardos extraviados a las nubes. Separatidad le llama Eric Fromm a esa perniciosa sensación de sentirse ajeno, extranjero, expulsado de su pequeño cosmos de tejas, ventanas, puertas y ladrillos. La casa como un árbol enraíza al hombre, su pérdida o ausencia lo convierte en huérfano.
Un eco, un eco, un eco, así se perciben estos poemas. El eco se instaura como una suerte de imitación paradigmática. Es repetitivo, inubicable, juguetón; asedia por todos los costados, se mete por las celosías, va y viene con sus sílabas interpuestas, como las olas del mar que se retiran serenas y retornan furiosas sobre la playa donde parece que murieran, pero no, recuperan su energía cinética y otra vez, el golpe, la caída, el derrumbamiento de todo lo que encuentran a su paso. La tímida ola puede volverse ciclón, huracán, tsunami, como si en su matriz dinámica los resortes de la vida y de la muerte se entreveraran en la paciencia del tiempo. Así, el eco vaga como un judío errante, se mete en las casas, sin ser invitado, convoca a los vivos y a los muertos, a las sensuales muchachas que entregan sus cuerpos a las corrientes sin sospechar siquiera que entre las piedras las acecha la Parca.
Símbolos de fugacidad, de cosas que pasan por la vida del poeta y se diluyen como la arena en su reloj, el río en sus piedras, el árbol –ya sin pájaros- en su jardín, las estrellas sordas y su mínimo armisticio:

Tal es su destino,
la salvación efímera
que le ha sido dada,
la noche y el sosiego (Sordas Estrellas)

La escritura tal vez, perseguir las palabras, tratar de cifrar en ellas esos retazos de existencia que a manera de tregua lograron esquivar por mínimos instantes nuestro pacto secreto con los días: el viaje definitivo.
Hacia allá van los ecos. El viento del poemario se sostiene en un ritmo de calma aparente, de sosegada resignación; mas no se crea, sus aguas mansas van al encuentro con Caronte, solo que la voz no alcanza, ni el gesto ni el estrépito de El Grito de Munch, sino ese tono apaciguado del cortejo sonoro que lleva a la anciana de la Aldea de los Molinos, (Sueños, Kurosawa) hasta su última casa, en medio de cantos, flores y susurro de aguas, ante la mirada del hombre a quien ella, de joven, le rompió el corazón:

Con ídolos de piedra y sillas de mimbre,
marchamos apagando nuestras lunas.
En el horizonte, recuerdos,
un adiós a la hoguera que fue patio,
a la dicha y a trinos que alegraban la tarde,
apacible hierba con su vitalidad poderosa.

La luna traza su círculo.
Algún farol se enciende
sobre el camino que nos queda ( Éxodo)

Nadie rebaje a lágrima o reproche ha dicho Borges aceptando su ceguera. Igual decimos nosotros aceptando esa grave palabra: Muerte, en sus diversas manifestaciones: exilio, desolación, abandono, nihilismo, desesperanza, pilares temáticos sobre los que cabalga El Eco de la Tormenta. Salvo Este olor a Jardín (p. 48) y Extraños dominios (p. 55), oasis anunciados al inicio de estas sílabas, el libro es “una oscura pradera que nos convida” a izar nuestra bandera blanca frente a la casa, los ríos, los seres amados, los caminos transitados para entender que poco a poco nos vamos como vida y amor que aquí cantaron. Pero queda en los muros, en el árbol de la ciudad amada, el eco de las palabras cinceladas con amor y vehemencia. Alguna tarde epifánica los pájaros y el río habrán de esparcirlas por los caminos. Estas son las sensaciones, emociones y sentimientos que ha logrado dejar en mi cuerpo efímero la inmersión en estas tormentas del trópico. El viento sopla de donde quiere, dice la Escritura, y yo le agrego, a donde quiere. Esta vez se enrumbó hasta mi casa, se aposentó en mi jardín; desde el balcón vi como movía serenamente el frondoso Arbor Vitae que con esmero cultivaron en oriente.