En un mundo marcado por la crisis e incertidumbre, la milenaria sabiduría del estoicismo vuelve a cobrar fuerza. De la mano de dos figuras históricas con biografías opuestas, el emperador Marco Aurelio y el esclavo Epicteto, esta filosofía práctica nos enseña que el arte de vivir bien es accesible para cualquiera que esté dispuesto a trabajar en su propia perfectibilidad.
Una nueva edición anotada del Manual y las Diatribas de Epicteto nos invita a redescubrir, con una mirada crítica, las enseñanzas de un autor que, en realidad, nunca escribió una palabra, demostrando que la libertad más profunda es la que se cultiva a través de la propia voluntad.
Por: Jefferson Echeverría
En tiempos donde ronda mucho falso profeta del estoicismo, nada mejor que explorar los verdaderos orígenes a través del reconocimiento y el análisis expresado por uno de sus máximos exponentes. Porque hablar de una filosofía de vida que ha trasegado a lo largo de varios siglos y aún así sigue conservando un valor significativo al momento de abordar los problemas más comunes del ser humano, es casi tan complejo como hallarle un sentido práctico a la existencia. Pues si en algo podemos coincidir casi todos, es que la vida es un gran dilema repleto de circunstancias, muchas veces tan incomprensibles como inesperadas que no basta con limitarla a una simpe noción.
A diferencia de lo que muchos creen erróneamente, el estoicismo no consiste en suprimir el dolor humano a la medida de la insensibilidad, ni mucho menos en aparentar una absoluta indiferencia ante los sufrimientos otorgados por la naturaleza. Tampoco es una fórmula mágica de superación personal que está al alcance de un pensamiento positivo para librarnos de todas las dificultades, ni tampoco es una moda sensacional para atraer la vanidad promovida por aquellos “filósofos” de nuestro siglo. El estoicismo va más allá de una corriente intermedia, es un pensamiento más profundo sobre la vida, un estilo de consciencia en cuya perspectiva trata de explicar mediante la razón aquellos problemas singulares por los que el ser humano tiende a consumir todo su tiempo.
El cultivar el alma por medio de la virtud, el no reconocer en la riqueza material un propósito único de felicidad, el actuar con serenidad ante los tiempos difíciles, el concebir la idea de que, tal como lo diría Epicteto: “no somos más que pobres almas que arrastran un cadáver”, el razonar frente a un insulto y concluir si realmente debo permitir que las palabras y las acciones ajenas alteren nuestra armonía entre el alma y las convicciones, configuran una noción ideal frente a una crisis de valores. Muchos precursores de esta corriente, sin pretensión alguna, han prevalecido en la inmortalidad, destacando de nuestro breve paso por el tiempo una acumulación de experiencias y aceptaciones.
Desde Zenón de Citio hasta Marco Aurelio, la corriente estoica ha evolucionado en múltiples formas: algunos, afianzando lo definido por sus precursores; otros, ajustándolo más a una ideología conveniente, aunque derivadas de sus bases prácticas. Pero si hablamos de un autor que ha sobresalido tanto por coherencia en sus convicciones como por su manera de concebir la virtud, indudablemente tenemos que mencionar a Epicteto. Considerado más un maestro en cuanto a la práctica, su vida misma estuvo marcada por la austeridad y los infortunios. Esclavo de profesión (pues estuvo bajo el mando de Epafrodito), presumiblemente cojo por decisión de su amo y un académico de bajo perfil (como debería ser el verdadero carácter de estoico), su discreción era proporcional a su sabiduría.
Desligado de toda riqueza material, siempre se consideró indigno de recibir cualquier acto de adulación que lo envolviera en el mal llamado prestigio intelectual. Su obsesión estuvo más cercana al conocimiento y al deseo de cultivar la virtud dentro de los ámbitos académicos, tanto así que prefirió transmitir lo aprendido a través de la oralidad como única herramienta de justificación. A diferencia de otros autores, cuyas ideas emergieron en obras escritas, Epicteto nunca necesitó de una pluma para preservar su legado; pues le bastó con que uno de sus alumnos más dilectos, Arriano, decidiera plasmar cada una de sus reflexiones en un corto, pero eficaz, tratado filosófico, para que de esta manera sus ideas obtuvieran una validez perdurable y al alcance de cada generación.
Manual de vida y Diatriba IV.1 sobre la libertad, es una representación sustancial sobre cómo el ser humano debe concebir los problemas más esenciales desde una mirada filosófica. Su contenido, conformado por un lenguaje conciso, pero de una gran profundidad, propone una serie de comportamientos al momento de afrontar la muerte, las pasiones, la prudencia, las situaciones que están y no están a nuestro alcance, entre otros.
En la primera parte, Manual de vida, Epicteto nos confronta en muchas situaciones donde la emoción tiende a dominar la razón. El carácter reservado y metódico frente a las pasiones comunes debe preservarse con la serenidad de una persona que no puede ser esclavo de ellas para no generar una dependencia de tal modo que la virtud se vea comprometida. Menciona también sobre la pérdida de los bienes como un suceso común que puede acontecernos por decisiones mismas de la naturaleza, lo cual, en vez de desgarrarnos las vestiduras y gritar por qué a nosotros, es necesario asimilar un sentido lógico que apropie los acontecimientos como un producto de la experiencia cuya función pretende mostrarnos una lección.
La vida, así como la muerte y sus trampas, son hechos inevitables que, por más que los ignoremos, siempre serán parte de nuestro destino cotidiano; por lo tanto, al comprender su verdadera función, podemos llegar a pensar que en algún momento estaremos de vuelta a esa nada. Cuando hay una asimilación rotunda de dichos destinos, sin importar cuál nos depare, la obsesión por alcanzar la gloria, la vanidad del elogio y la creencia de que el mundo siempre nos reservará lo que nos merecemos por el simple hecho de habitar en su esfera, lo veremos más como un acto secundario en esta gran obra como lo es la vida, y que así como el actor está en el deber de ejecutar su función, nosotros debemos representar muy bien nuestro papel, sea relevante o ignorado por el público.
No obstante, hay un apartado que, considero, puede llegar a ser tan llamativo como convincente si se aplica a estos tiempos donde el afán por figurar en diversos escenarios condensa la locura y suprime la razón: ignorar lo que los demás piensan de nosotros. El hecho de permitir que los comentarios ajenos nos altere la armonía con la naturaleza es casi tan absurdo como pretender que nuestros seres amados vivan en nuestro espacio para siempre. De nada nos sirve asumir el progreso de nuestras vidas si algo tan insustancial como las malas palabras arrebate nuestra serenidad de espíritu. Por eso, cada vez que nos enfrentamos a situaciones de esta magnitud, según Epicteto, corresponde más a una noción limitada que los demás tienen de nuestro carácter que a un motivo para dejarnos esclavizar a raíz de las especulaciones. Lo importante, ante todo, es mantener la fidelidad de nuestros propósitos como una ley que debe atesorarse hasta el término de nuestras vidas y prescindir de aquellas cosas que nunca estarán en nuestro alcance, pues, al final de cuentas, como lo diría el profeta Eclesiastés: “todo es vanidad”.
En cuanto a la diatriba sobre la libertad, Epicteto nos aterriza de una manera conceptual al plantearnos si realmente un esclavo es aquel que está encadenado a su amo o, por el contrario, es el amo por el hecho de verse en la obligación de alimentar, de vestir y de velar por su siervo. Este paralelo es sólo un abrebocas de ejemplos y percepciones morales, pues al desarrollar su tesis sobre la libertad, parece que nos quiere insinuar que, siendo así, ninguno de nosotros podríamos llamarnos seres libres. Pues basta con vernos a nosotros mismos para estar a merced de nuestras responsabilidades y así satisfacer nuestras necesidades de supervivencia; y basta con apreciar la condición privilegiada de nuestros superiores para darnos cuenta que ellos, así como nosotros, también están sujetos a obligaciones más complejas que les consume el tiempo y desvirtúa la esencia de la libertad.
Frente a esta serie de dinámicas, fácilmente adaptada a diversas épocas, nos vemos obligados a formular una pregunta que, aunque aparenta ser sencilla, desarrollada dentro del marco del estoicismo, puede adquirir un sinfín de dilemas irresolutos: ¿Qué es entonces la libertad?
Gracias a la traducción de Diana Carrizosa Moog, cuyas brillantes notas nos esclarece el panorama del autor y su época, Panamericana Editorial nos ofrece una obra filosófica digna de ser analizada para aquellos lectores que pretenden iniciarse en el arduo camino del estoicismo.