Memoria del Volcán es una novela breve. Género difícil y exigente. Y que, pese a todo lo escrito en Colombia, tiene una tradición más bien corta entre nosotros.
Otra vez –y siempre– es el amor, estúpido
Por Felipe Agudelo Tenorio
Decir volcán. Pero decirlo como quien tiene en su boca la palabra amor. Decir memoria. Pero develarla sin pudores, como aquel que desde la lejanía contempla los fulgores de un viejo estallido. Memoria del volcán o tal vez: estallido del amor. Este es el juego que hay en el título de la novela que ha escrito Antonio Correa. En ella va el relato de lo que la lava de los amores nos va dejando a su paso, sus huellas imborrables y muchas veces sus hondas cicatrices. Y en ella cuenta una historia del amor sin apartar su mirada de las secuelas, tanto de felicidad como de destrucción, que al vivirlas de principio a fin siempre nos dejan invadida la memoria. Aunque, por supuesto, el autor también haya aprendido que los campos devastados y regados por las cenizas volcánicas del amor con el tiempo recuperarán su fertilidad. Este pertinente juego metafórico late en los entresijos de esta entrañable novela que es Memoria del Volcán. Y es que en ella, como si fuera un equilibrista hamletiano, entre el ser y el no–ser siempre se balancea el amor.
A finales de siglo XIX Federico Nietzche le dio al mundo occidental la dura noticia de que su Dios había muerto. Y, por razones de dicha defunción, fue que lo largo del siglo siguiente se avanzó entre sus tantas turbulencias con una sensación de orfandad y con el temor y la sospecha de que el filósofo loco tenía la razón. A estas alturas ya hemos visto como el único dios se ha fragmentado en millones; según sea la convicción personal, uno distinto para cada uno de los creyentes. Hoy no hay una idea de Dios hay millones, se trata de un extraño politeísmo que pone a los mismos dioses en combate. Y, para peor, tras ellos suelen saltar ejércitos que corean consignas y avanzan sembrando caos y muerte, en su afán de representar al Único.
Esto lo traigo a colación para resaltar que a principios de este siglo XXI, que ya anuncia grandísimas transformaciones venideras, resulta cada más evidente que lo que está amenazado de muerte es el amor. Al que ni siquiera se lo quiere nombrar. Las personas de hoy no aman, tienen relaciones. Falta nomás un Zaratustra que venga y nos cante que el amor ha muerto. Y pruebas de esta debacle se consiguen por montones, se acopian en multitudes de denuncias en los juzgados penales y familiares, atestan los consultorios de los terapeutas, invaden de rugidos y lamentos los corrales de las redes y fluyen en las conversaciones personales.
No obstante este marco oscuro, aún existen los creyentes, los practicantes del amor, los amorosos que a pesar de todo no le huyen y están dispuestos a pagar los precios. Y de ellos son las mieles y los dolores del amor en su etapa postrimera. No creo equivocarme si les digo que Antonio Correa es uno de ellos, uno de los últimos de esa estirpe en extinción. Por eso se ha atrevido a escribir una novela de amor. Nada menos. Una bella y dolorosa historia de amor. Es decir, un relato de los avatares del encuentro, las gracias del amor y los altibajos de una pareja, Alma y Sebastián. Gran parte del acierto novelístico de Correa es haber narrado la historia a dos voces, lo cual da a una doble perspectiva de vida de la pareja. Pues inmersos en lo que ambas van contando podemos entrever las fisuras que tiene el amor en estos tiempos, palpar la herida de las incomprensiones mutuas, ver la tragedia a escala de los desencuentros y enfriamientos.
Uno de los principales enemigos del amor, que muchos tiene, es el tiempo. Como si este, poco a poco, se complaciera en ir derruyendo el amor y confundiendo el sentimiento del que brota. El tiempo va ayudando a que los caminos del encuentro se extravíen, en especial a medida que los amantes envejecen y aparecen los heraldos de la enfermedad en el horizonte. Esos que llegan a confirmarnos que hay un final y nos acecha. Claro, en esta novela es un final con la esperanza de que aún nos pueda asistir el amor.
Memoria del Volcán, es una novela breve. Género difícil y exigente. Y que, pese a todo lo escrito en Colombia, tiene una tradición más bien corta entre nosotros. No la enumeraré, pues basta decir que en nuestro país se han escrito muy bellas novelas de ese corte. Nombraré solo dos El Coronel no tiene quien le escriba de García Márquez y Lejos de Roma, de Pablo Montoya. No siendo las únicas, por supuesto, sino mis preferidas.

La novela breve, que cuenta con grandísimos maestros en el mundo, plantea exigencias muy particulares. Desde un principio, sus cláusulas secretas obligan a que sea sometida a un castigo permanente, tanto a la prosa como a la misma imaginación del escritor. Sus procedimientos técnicos la emparientan con los del cuento. Y, por eso, tanto el que se arriesga a escribirlas como quien las lee, espera de ellas, al menos, una aproximación a lo perfecto. Así como el novelista de largo aliento, el artífice de una obra monumental, parece aspirar a decirlo todo, quien opta transitar por el sendero de lo breve aspira a decir lo suyo perfectamente, sin que le falte ni le sobre nada.
Esa tenaz tarea encontró en Antonio Correa un buen ejecutor, un escritor preparado. No en vano el novelista es, además, uno de los mejores poetas colombianos de la actualidad y su ya extensa obra se caracteriza estilísticamente por la contención, por la capacidad de sintetizar su visión del mundo y de expresar su sensibilidad en poemas contundentes, bellos y profundos. Su cultivo de la escritura poética lo preparó para que ahora, en su madurez, haya encontrado una manera propia de narrar una historia de amor, en estos tiempos no de colera sino de solitarios descreídos. Una novela que aunque evade con éxito el no caer entre las de corte autobiográfico, sí construye un texto muy sensitivo, uno que sí lo toca internamente, que lo conmueve y lo compromete en todo lo que cuenta.
El lector, además del justo amor por los volcanes que profesa Antonio Correa, encontrará páginas bellas, humanas y hondas que lo mantendrán atrapado en la lectura.