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Entre el reguetón y el odio. Una fuga de desprecio musical

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Entre el reguetón y el odio. Una fuga de desprecio musical
By Libros y Letras 30 de noviembre de 2018
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En un México  que “tiene dos
problemas (…) el nacionalismo y el federalismo, ambos la expresión básica del
capitalismo”, la colombiana Rosa
Pistola
“llegó a la cúpula del reguetón mexicano tocando en los
tugurios más siniestros a los que ningún DJ se atrevía a entrar”. Con este
texto, 
Alejandro González nos va llevando por
los antros y el perreo en un país en el que el género cobra cada vez más
fuerza, de la mano de Laura Puentes.
¿Por qué debemos prestar atención al reguetón tradicional y rasposo que
pertenece al inframundo? Este relato, exquisitamente construido, no es una
respuesta, pero sí la clave.


Foto tomada de www.ticketfly.com

Parte I

Por: Alejandro González Ormerod*
La ciudad se odia a sí misma. Todos empujan en direcciones opuestas, aunque van al mismo lugar. Gritan, corren, chiflan, se agarran, buscan un espacio vacío en donde ponerse.

El hombre sube en silencio después de los demás. Sus miradas furtivas lo delatan. Es alguien que sabe estar donde no debe de estar, haciendo algo que no debe de hacer. Las puertas cierran y él se desata. Un desfile ecléctico de pistas surge de su mochila, empezando por una norteña empalagosa. Una mujer marca el paso discretamente con el pie. La emoción aumenta, el volumen incrementa, la canción a punto de llegar al éxtasis y, de repente, acaba. Ahora suena un conocido baluarte del rock en español a medio coro. La tonada es buena y ya va encarrilada en su mejor momento. El hombre repite la operación e interrumpe la canción justo antes de llegar al clímax. Le sigue ahora una de reguetón. Afino mis oídos para escuchar la letra. Paso a pasito, suave, suavecito a pasito, suave, suavecito. Trato de discernir alguna profundidad en sus palabras. Y es que esa belleza es un rompecabezas, pero pa montarlo aquí tengo la pieza montarlo aquí tengo la pieza. Los
músculos de la gente se estremecen. El tren frena en la estación Bellas Artes.

Calle Donceles, colonia Centro.
Primera mención en un texto histórico; 1524. Años de existencia; probablemente
más. Por lo menos, cuatrocientos noventa y tres años de ver pasar multitudes.
Por mi parte, yo había acabado en el número diez de la susodicha por razones
frívolas; una memoria aleatoria, un rumor que se asentó tenazmente en mi
cerebro.

Camino con propósito, quiero llegar
antes de que cierren (si es que abren en sábado). Esquivo peatones lentos y
coladeras destapadas. Rebaso, sin pensarlo dos veces, a un changarro anónimo de
fritangas. Al llegar al número 28 me doy cuenta que me había pasado hace varias
fachadas. Doy vuelta atrás con premura en el Edificio Aura y me planto en
frente del comal cóncavo del puesto. Unos niños corren sin supervisión por
debajo del aceite hirviendo. Pregunto por la biblioteca. Una señora descalza y
de mandil me hace un gesto como de dolor; no está el señor. Le pregunto si el
señor es el encargado de la Biblioteca Mazini. Ella dice que sí. Le pregunto si
el señor regresará pronto. Ella dice que no cree. Me mira con una indiferencia
infinita. Le pregunto si arriba está el Centro Social. Su expresión permanece
inamovible; no hay nadie hoy. Insisto preguntando si sí es, entonces. La mujer
por fin cede.
—Sí, pero los chavos no están hoy.
No hay nadie, vea usted si quiere— dice, tratando de dar por concluida nuestra
conversación.
La puerta está abierta. Por dentro
se ve poco por la oscuridad. Dudo un instante, pero, molesto por haber venido
hasta el Centro solo para toparme con el muro de apatía de una señora, entro al
edificio de Donceles.
A mediados del mes de julio
pasado la policía detuvo a cerca de 90 jóvenes que participaron en una gresca
cerca del metro Cuauhtémoc. Días después dos jóvenes fueron ingresados al
Reclusorio Oriente.
(1)
Los fanáticos de esta música
sexualmente explícita se han vuelto las personas non gratas del momento,
acusados de una serie de ofensas que van desde el robo hasta el narcomenudeo.
(2)
Se les ha señalado por la
comisión de algunos delitos y por su adicción al consumo de inhalantes.
(3)
Hay un problema muy serio en la
Ciudad de México… No está pensada para funcionar como una urbe sino como un
gran conjunto de personas en pugna permanente… Hay anarquistas en las calles…
hay violentos cada dos de octubre… hay manifestaciones… hay ‘reguetoneros’ en
el Metro.
(4).


Gasolina

Siento el calor de la ciudad a mis espaldas
mientras entro a la oscuridad. Un anuncio, perfectamente pintado a mano en
letras ornamentadas ruega “No orinarse”. Dado el olor del lugar, parece que la
petición ha sido ignorada por completo. Así que aquí se reúnen los anarquistas
de la ciudad. Camino hacia donde huele menos al azufre de la orina y más hacia
donde mana un fuerte olor a marihuana. El lugar parece una enorme bodega. Está
vacía. Vacía salvo un rincón abarrotado de enceres y objetos varios. Se ve un
closet, una mesa larga, libros, periódicos, estantes y, entre todo aquello, dos
hombres sentados cómodamente en medio de ese alboroto. Uno lee el periódico
mientras el otro fuma.
—¡Adelante! ¡Siéntese!
¿Gusta—? dice ofreciendo un diminuto porro. Le doy las gracias, declinando su
oferta.
—¿Por qué—? pregunta con un
movimiento brusco de la cabeza. Le invento una mentira sobre la necesidad de
trabajar después—. ¡Ah, bueno! No sabía si eras el enemigo…
Tomo asiento en la única silla
vacía. El otro hombre hojea entre las páginas rojas y la sección de deportes en
silencio.
—México tiene dos problemas;
—dice el que fuma sin perder tiempo— el nacionalismo y el federalismo, ambos la
expresión básica del capitalismo—. El hombre lanza un torrente de nombres,
lugares, de luchas y tragedias. Habla del movimiento del 68 y del papel que él,
su padre y los demás libreros de La Lagunilla interpretaron. Habla de sus
reminiscencias de la época de oro de la Librería Cristal en la Alameda, del
campamento ‘2 de octubre’, del fervor activista y cultural de la ciudad en
ese entonces. 
—Aquí era el nuevo París— dice
inhalando humo—. Pero los cambios son a reserva de ver. Y yo pago por ver. De
eso les quiero enseñar a estos chavos del Centro Social— intento indagar más
sobre el tema de los chavos libertarios, pero el hombre ya va
encarrilado—. Y pues claro, los libros se los repartíamos a muchos de los
compañeros presos. Estaba Mújica, que le daba clases a la Conchita cuando
fueron a las Islas Marías… Estaba Tlaxcala, ahí en donde están resguardados
los libros encuadernados en piel humana… Sí, sí, y pues bueno aquí estamos,
aquí guardamos los libros en este edificio en el corazón de la ciudad, donde
han pasado tantos por una puerta y salido por otra, unos sin nombre, otros
innombrables, pero muchos pasaron por aquí, porque era una prisión. Mira nomás
estos muros macizos. Las puertas de hierro. 
Yo intento no perderme y tomo
notas furiosamente, pero este último punto me detiene. No miente. De repente,
me siento claustrofóbico en ese enorme espacio. El hombre termina su porro y
como por arte de magia entra otro señor que, sin decir mucho, saca un manojo de
herbolaria similar a la que el hombre fumaba y la esconde debajo de un libro.
Es suficiente marihuana como para que el tomo de Pensamiento y acción
revolucionarios
de Errico Malatesta aparente flotar sobre la mesa.
—Me llamo Apando— dice el
hombre, encendiendo un nuevo porro—. Nosotros estamos aquí como siempre, pero
los chavos que buscas no lo están. 
Calle Bolívar 26 (aprox.),
colonia Centro. Tres cuadras al sur del cruce con Donceles. Me molesta no haber
encontrado respuestas más concretas en mi primera excursión investigativa. Un
día desperdiciado. Trato de recordar lo que me llevó a salir intempestivamente
de mi cama esa mañana a buscar anarquismos imaginarios en el Centro.
***
—¡Naquísimos!— gritó mi amigo.
Estábamos en su sala. Calle Tamaulipas, colonia Hipódromo-Condesa, a cuatrocientos
metros del Parque México, antes Parque San Martín. Él, mi amigo, era un extraño
híbrido con las sensibilidades artísticas y estéticas de un hípster —lóbulos
extendidos, perforaciones, tatuajes y una corbatita de moño con puntos—, pero
con ese amor por la buena vida del mirrey promedio. Por lo tanto, vive en la
Condesa —bautizada así por haber sido propiedad de la condesa de Miravalle,
para después ser el hogar de la aristocracia porfiriana, hoy el enorme parque
canino de la nobleza chilanga postmoderna.
—No hay nada más naco en este
momento de la historia que ser reguetonero— declaró sin ambigüedades ni
matices. Estaba ebrio. Nadie respondió. El silencio otorgaba. Eventualmente,
otra amiga, una “niña bien”, alzó la voz. 
—A mí no me gusta todo el
reguetón, pero ¿para qué negarlo? A mí la neta me mama Maluma. Y no sean
mentirosos, a la mayoría de ustedes les gusta una que otra canción.
La declaración fue una
afrenta.
—¡¿Qué?! A ver. Nada más hazme
el favor de escuchar esto— dijo alguien cambiando la canción que tocaba en ese
momento.
—¡No, en mi teléfono no! Me
vas a arruinar mi selección semanal.
Otra chava reunió el valor
para defender a su amiga.
—La neta; si me ponen esto en
el Sens, yo contenta.
—Espérame— dijo otro chavo—
¿me estás diciendo que tu problema con el reguetón no es la pésima música sino
solo con los que la escuchan? Eso está doblemente nefasto.
—A ti no te digo nada—
respondió ella.
—Estás diciendo que los
reguetoneros son básicamente unos criminales, pero que su música sí te parece
aceptable— remató él.
—O sea, ¿no tienen razón los
dos—? preguntó una tercera voz a modo de chiste. La mitad de los presentes
rieron. Los demás replicaron con fuertes acusaciones de racismo y clasismo, a
lo que se les recriminó con ser sexistas e ignorantes. 
—Aunque fuera buena, yo nunca
escucharía música que hablara así de las mujeres.
—¡Ah!, ¿porqué el rock o el
pop no es sexista? Además, muchas gracias, papacito, pero la mujer tiene el
derecho a sexualizarse a su gusto.
La riña dio varios giros más
hasta que los presentes perecieron estar inciertos de cómo llegaron a donde
habían llegado. A todos les parecía incomodarles su postura en el debate. El
anfitrión, aburrido, intervino.
—Conclusión: música de súper
mal gusto, mal producida por chavos que claramente no pasaron de la primaria y
eso se escucha en lo pésimo de su letra. Y aunque te guste— dijo dirigiéndose a
la que escuchaba Maluma—es innegable que es música de ninis por excelencia,
revoltosos-lanza-cocteles-molotov de día como los anarquistas y nefastos en las
noches con sus perreos. Fin del tema.
Los presentes aceptaron de
alguna manera u otra el dictado y resumieron su intoxicación. Esa noche soñé
con reguetoneros y anarquistas, y sobre un inframundo urbano desapercibido
sobre el cual pasaba todos los días de mi vida.
***
Doy vuelta sobre la calle 16
de septiembre. Mi mente recorre una y otra vez la serie de decisiones que me
llevaron hasta ahí. ¿Por qué corrí hacia la primera cosa que parecía una pista
de un misterio que nadie me había pedido resolver? ¿Para encontrar algún rastro
de una tribu urbana ya desaparecida? Lo que me había quedado claro en mis
breves exploraciones en internet era que el mundo del desmán reguetonero tuvo
su auge en las primeras páginas de la prensa capitalina entre 2012-4. Desde
entonces se habían prácticamente esfumado.
Y si sí los encontraba, ¿qué
ganaba con descubrir algún indicio de una subcultura musical tan odiada?
“Odiada”, ¿seguramente odiada era una palabra demasiado extrema?
Pienso en mis amigos, en mis conocidos, en los recortes de prensa que flotan en
mi celular desde anoche; nacos, obscenos, sucios, vulgares, pornográficos,
criminales… No, “odiar” no es la palabra incorrecta. Entonces, la pregunta se
vuelve, ¿por qué de repente nos importa el género más no la gente que lo
encarna en nuestra ciudad? ¿Por qué soltamos con tanta facilidad a un villano
tan perfectamente funesto mientras su influencia perniciosa seguía infectando
nuestra música? Mis delirios nocturnos me hicieron concluir que seguramente se
habían integrado a ese otro gran villano capitalino; los anarquistas.
—Con permiso, joven— me dice
una pila de costales repletos de quien sabe qué rodando sobre un diablito. Lo
dejo pasar y me detengo. La gente forma un cauce a mí alrededor para evitarme.
Levanto la mirada y me doy cuenta que sí sé por qué estoy en el Centro. Sí,
claro, para hablar con Apando, pero también para completar un peregrinaje
necesario. Para comenzar a comprender tenía que estar aquí, en el origen.
Calle de la Palma 36, esquina
con 16 de septiembre, colonia Centro. Ahora hay una tienda de ropa Julio.
Antes se encontraba, en esa misma dirección, el hotel más viejo de la ciudad.
El Hotel de la Bella Unión. La gente me sigue esquivando. Algunos entran al Julio.
Ellos no saben, ¿cómo lo podrían saber? Ahí, justo ahí, en el número 36, se dio
el comienzo y por el comienzo se debe de empezar. Saco mi celular y empiezo a
leer el Pronunciamiento. De vez en cuando levanto la cabeza, como si los
pudiera ver. Me imagino a las figuras oscuras, de cómo entrarían al edificio,
de cómo algunos portarían armas a escondidas, de cómo adentro de la Bella Unión
estarían juntos haciendo lo que siempre habrían hecho; bebiendo, platicando en
su cerrado círculo social pero, sobre todo, escuchando su música.
Les ha de haber herido el
orgullo la manera en que la gente se mofaba de ellos.
(5) Un satirista de nombre de Guillermo Prieto había mezclado su
ironía de siempre con el desdén de quién desprecia al patetismo de estas nuevas
modas musicales:
En verdad que a los tales
daría yo una paliza… La semana pasada me hizo notar un conocido mío, que a
una joven que padece ataques nerviosos, se le movían piernas y brazos como si
tratase de bailar en medio de su patatús. [Y al sentirla el médico] dijo
asombrado: «¡Cáspita! Hasta el corazón le late al compás de la maldita».
(6)
Los odiaban por quienes eran, pero los
conocían por la música que los aliaba. Frente a lo que había sido la Bella
Unión trato de sentir lo que ellos sentían; la humillación, el miedo, la
impotencia, la soberbia. Un año después de las declaraciones de Prieto de daría
ese Pronunciamiento y un levantamiento militar.
Me pregunto si los polkos
habrán tocado música la noche en que se pronunciaron. ¿Habrán polkas para
momentos tan coyunturales de la historia? ¿Habrá alguna canción de reguetón
apta para una revolución anarquista?

Llego a casa con el calor y el
polvo del Centro todavía impregnados en la piel. Llevo todo el día enfocado en
anarquismos en vez de los verdaderos protagonistas de mi obsesión. ¿Por qué?
Bueno; los anarquistas son una fraternidad antigua con gran presencia e
historia en la ciudad. En comparación, los reguetoneros acaban de llegar. ¿Cómo
es, entonces, que en tan poco tiempo han logrado montar a la cima de nuestra
reprobación social? La pregunta dice más que la respuesta: resulta que no sé nada
del reguetón ni de los reguetoneros.

___________
(1) Chávez, Germán. Reggaetoneros, la tribu de la discordia. México, (Publimetro). https://www.publimetro.com.mx/mx/noticias/2012/08/10/reggaetoneros-tribu-discordia.html
(2) Stargardter, Gabriel. Mexico shudders at the rise of rebellious
(3) [Énfasis original] El Universal. Reggaetoneros. México, (El Universal Metrópoli, 27 de agosto de 2012). http://archivo.eluniversal.com.mx/notas/866441.html
(4) Cardona, Rafael. Impunidad, zonas de tolerancia, equilibrio. México,  (Crónica, 28 de febrero de 2016). http://www.cronica.com.mx/notas/2016/947455.html

(5) Payno, Manuel.
El fistol del diablo. Novela de costumbres mexicanas. México (Editorial
Porrúa, 1967), p. 703. 
(6) Martínez de Castro, Luis. La
visita inesperada: crónicas y traducciones
. México (UNAM, 2003), p. 76.


*Alejandro González Ormerod (Ciudad de México, 1991)
es historiador, editor y escritor. Lo primero lo practica como la voz del
podcast Carro Completo en Dixo; lo segundo en la editorial El Equilibrista; y
lo último en revistas y otros medios. Prepara una c
olección de crónica para el 2019.