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Entrevista, Toño Malpica

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Entrevista, Toño Malpica
By Libros y Letras 23 de febrero de 2014
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Toño Malpica
Mi idilio con los
libros ha sido paulatino
Por: Jorge Consuegra (Libros y Letras)
Toño Malpica, nació en México D.F. en 1967. Estudió computación, pero
pronto se dio cuenta de que era más feliz contando historias y tocando el
piano. Ha publicado varias obras para niños y jóvenes, algunas de ellas con
importantes galardones literarios. Editorial Norma ha publicado
internacionalmente Siete habitaciones a oscuras, Billie Luna
Galofrante
Margot, la pequeña, pequeña historia de una casa en
Alfa Centauri
, esta última, ganadora del Premio Norma de Literatura
Infantil y Juvenil 2011.
– ¿Los libros lo buscaron a usted
o usted estuve siempre buscando libros?
– Ni una ni otra. Nos encontramos
mutuamente. Como muchos saben, mi idilio con los libros ha sido paulatino.
Primero, por supuesto, como lector, pero luego, y más intensamente, como autor.
Creo que una comparación más exacta sería que nos tocó sentarnos en el mismo
vagón del tren y tuvimos la suerte de caernos simpáticos.
– ¿Su infancia siempre estuvo
rodeada de libros?
– No. No fui niño lector. En mi
casa había pocos libros, y de esos pocos casi ninguno para niños. Lo que sí
hubo en mi niñez -además, bastante alimentado por mis padres, hay que
reconocerlo- fue fantasía, libertad, imaginación.
– ¿Qué libros recuerda muy
especialmente en sus primeros años de vida?
– ¿Y si mejor hablamos de
programas televisivos? Bueno… es que en realidad leía yo historietas, cómics.
“La pequeña Lulú” y Charlie Brown, por ejemplo. Y tengo recuerdos muy gratos de
esas historias, aunque estuvieran llenas de dibujitos. Tendría que decir que en
realidad los libros, la literatura, llegó poco a poco a mi vida y comenzó al
término de mi niñez, cuando iniciaba mi adolescencia. Fue Salgari quien
recuerdo haber leído primero con un gusto genuino.
– ¿Cuáles fueron los temas de sus
primeros cuentos?
– En realidad yo no empecé en las
letras haciendo cuentos, como suele ocurrir. Yo me inicié como escritor en el
teatro. Escribía comedias musicales con mi hermano Javier; el libreto siempre
era de los dos, aunque las letras de las canciones siempre eran suyas. La
música, por otra parte, siempre la componía yo. Y abordábamos múltiples temas,
aunque casi todos eran tratados en tono humorístico.
– ¿Cuándo decidió por escribir
relatos de largo aliento o novelas?
– Fue precisamente gracias a los
largos descansos que me daba el teatro entre montaje y montaje (puesto que
escribíamos nuestras obras para producirlas, no para tenerlas guardadas en el
cajón, entre una obra y otra (dramaturgia, montaje, temporada) transcurrían
meses completos). Así que, entre el aburrimiento y la experimentación, comencé
a escribir cuentos, primero (no me gustó mucho, nunca he sido de ficciones
cortas) y luego novelas, tanto para adultos como para chicos.
– ¿Cuál fue la primera novela que
escribió?
– Una novela romántica para
adultos que, por mala, sigue encerrada con veinte candados en el disco duro de
mi computadora más vieja. 
– ¿Siempre ha escrito para el
público adolescente y juvenil?
– No. De hecho tengo obra para
grandes, pero no me he sentido tan bien dentro de ese mundo como dentro del
mundo de la LIJ. No
obstante, es justo decir que todavía escribo para grandes, aunque de una manera
más discreta. Aún siento que tengo cosas qué decir en literatura para grandes y
por eso no pienso dejar de escribirla; aunque eso no signifique que sea bueno
en ella.
– ¿Es un compromiso muy grande el
haber ganador el premio de la Fundación Cuatrogatos?
– No lo siento así, la verdad. Un
gusto enorme sí, pero no me siento comprometido con nada ni con nadie,
afortunadamente, puesto que la novela la escribí con el mismo rigor y cariño
con el que siempre he escrito. 
– ¿Cuál es el tema central de su
novela Soldados en la lluvia?
– Buena pregunta. Supongo que la
reconciliación, con uno mismo y con otros.
– ¿Es complicado escribir para un
público tan exigente como los lectores jóvenes?
– Tan difícil como puede ser el
perder la solemnidad, arrodillarse para jugar a los carritos o al picnic, hacer
caras chistosas frente al espejo. Todo tiene que ver con el dejar de tomarse en
serio a uno mismo y acordarse cómo era eso de ser niño. Y disfrutarlo.