José Luis Díaz-Granados: cuarenta años de poesía

Por: Winston Orrillo. De la tierra del gran
“Gabo”, y por añadidura primo suyo, nos llegan los versos y la amistad
entrañables de José Luis Díaz-Granados, a quien –vaya, para algo sirven-
conocimos a través de “la red”, y cartas y poemas van y vienen, aparte de los
testimonios de la solidaridad en el combate encarnizado de Nuestra América,
para lograr su definitiva y Segunda Independencia; todo lo que nos unió e hizo
que la solidaridad en la militancia se convirtiera, asimismo, en mutua lectura
cordial de nuestras respectivas obras, lo que culminara con el envío, muy
reciente, de nuestra “Poesía esencial”,
a la que él ha correspondido con “El
laberinto”
, autoantología poética, que nos ofrece su producción lírica de
1968 a 2008, y que abarca doce libros de versos.
El volumen ha sido publicado
–gran acierto editorial- por el querido sello “Fondo de Cultura Económica”de Colombia, a fines del año próximo
pasado.
Calificar la poesía de JLD-G
no es tarea sencilla porque el horizonte que abarca es muy amplio, y destacan
sus poemas de amor, de solidaridad con los “humillados y ofendidos”, con los luchadores
y constructores del alba, así como aquellos que ingresan a su sancta santorum, v.gr. los dedicados a
su progenitor, que se convierten en verdaderas preseas, amén de, otros, en los
que nos muestra su pericia formal, su trabajo con el idioma y el estilo –muy en
la ruta de nuestro “Trilce” o en la
vena de ese inolvidable añoso y joven poeta –a quien tuvimos la suerte de
conocer en un avión que se dirigía al Primer Territorio Libre en América. Nos
referimos a León de Greiff, con quien 
JLD-G comparte su desmesurado amor por la mujer…y por la palabra.
Regocijo celebratorio del idioma”, le llama Juan Gustavo Cobo
Borda, autor del enjundioso prólogo al libro que comentamos. Éste, asimismo,
celebra en JLD-G su “arraigo en el solar nativo, Santa Marta y la Costa Caribe,
donde la dicha del `paseo vallenato al anochecer´, retrasa la irrupción de la
muerte, que llega `y no muere nunca´, en una afirmación animal, ante el
regocijo que el mundo y sus criaturas suscitan; su terca voluntad de afirmar la
dicha y la aventura, en contra de `un sol aburrido y sonriente´”
Afirmación clave la del gran
hombre de letras colombiano, JGCB, quien, además, releva la militancia
izquierdista de nuestro autor, “por un compromiso que (lo) obligaría  a varios años de exilio en Cuba, en
protección de su vida amenazada.” Y paradójicamente, como en el caso de nuestro
Amauta Mariategui, la distancia lo hizo ser más raigalmente vernáculo; en el
caso de Díaz-Granados, sus “raíces: la Sierra Nevada de Santa Marta, las calles
del barrio Palermo…siempre con la pretensión de apresar una fábula huidiza, una
roñosa y sarcástica expresión que lo redima. Allí donde pueda formular, por
fin, su rechazo a tantas sumisiones y dependencias, torvas y castrantes, a la
fatigosa necesidad de la sobrevivencia diaria…”
En fin, Cobo Borda destaca,
como también lo hacemos nosotros, el intentar, JLD-G, un soneto a fin de siglo
o releer a James Joyce.
Y fiunaliza JGCB con el
relieve, en la poética de Díaz-Granados, de su “afán inconcluso de rehacer un
mundo en fragmentos, en desflecadas ilusiones, cada vez más inciertas”. Todo lo
que halla sutento en “el rigor eufórico del lenguaje”; lo que da como resultado
que su poesía se nutra, a la vez de “la fatiga y el entusiasmo, para rehacer
sobre tan innumerables ruinas y cadáveres el nombre que designe el naufragio”.
Lo expresado hace que,
necesariamente, celebremos esta auto antología de sus poemas escritos entre
1968 y 2008, “porque en ella lo que prima es la plenitud gozosa en que
`desnudos/ morimos como ángeles. Mujer ycanto para acompañarnos a vivir en el laberinto”, que tal es el atinado
título del libro que comentamos.
Porque, en efecto, lo que
prima en nuestro autor es un voto por la esperanza, sustentada en el valor
inabarcable del amor: ”Soy un eterno enamorado…/ aunque de vez en cuando yo me
hunda/ en un navío de flores y de frutas…”
De este modo, a nuestro
juicio, es en el tema del amor, así como en el de la identidad personal y el
compromiso colectivo, donde encontramos el quid de esta poesía: veamos un ejemplo
precioso del empleo del tema amoroso, en su composición “Escribo el poema” “Te galopo./ Resbala otro cuerpo en mi
cuerpo/  Recto y quejumbroso por tu
centro ilímite,/ resbala en la gruta lubricada y húmeda,/ entre babas celestes/
y jadeos frutales, / entre sabios aromas y agonías de pieles./ Somos Dios un
instante/ o leopoardos que vuelan como ángeles”.
Una pequeña obra maestra ,
¿verdad?
Pero, asimismo, está su
entrañable “Confesión de amor” con versos como. “Soy a la vez tu río y tu
navegante/ el amante callado y halagüeño; el esclavo al que tratas como a un
dueño,/ el compañero de tu día radiante…” Y concluye este texto, dedicado a
Gladys Siabato Fernández: “”Soy tu presente sin tiempo pasado/ y con mañana,
soy tu enamorado/ sin condiciones,el de siempre, el mismo”.
Pero, como en toda gran
poesía, en la de JLD-G, existe la meditación, el intento,mediante el poema, de
aprehender la realidad raigal o sus metalenguajes, como en su “Poema del goce” que, inevitablemente,
nos lleva a las palabras de Jorge Manrique, cuando expresa: “Tan presto se va
el placer/ como después de acordado/ da dolor…” El poema de nuestro autor
concluye, inmejorablemente, de este modo: “Nunca fuiste el mañana y ya serás
pasado, / pero en el sueño ardes  encima
de mis penas./ Se va sin ruido, solo, agonizante, y mientras llega la muerte sé que no muero nunca
(Subrayado nuestro).
Es particularmente bellísimo
su poema “Instantáneas de Jorge Gaitán
Durán”
, especie de penate para el bardo, pues su muerte constituye,
asimismo, la conclusión de la infancia de JLD-G.
Como siempre el espacio es
exiguo: José Luis Díaz-Granados es, asimismo, 
autor de prosa de ficción y ejerce el periodismo combativo y
combatiente, y su prosa se sitúa entre las más calificadas de esa lid
impertérrita que venimos librando los que queremos que, en el mundo, ya no
tenga justificación el estigma contenido en la tristemente célebre frase: “Homo homini lupus”.

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