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La invención de las pasiones

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La invención de las pasiones
By Libros y Letras 20 de junio de 2015
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Tomado de Pagina 12/ Argentina / Por: Andrés Tejada Gómez
Poco difundido aún en la Argentina, sobre todo en comparación con otros escritores mexicanos contemporáneos, Gonzalo Celorio viene consolidando una excelente obra narrativa que, tempranamente, se constituyó en un proyecto autobiográfico, una indagación en la familia que es, a la vez, una búsqueda del origen y una persistente batalla contra los fantasmas del alcohol, la ciudad como laberinto y la melancolía.
En Cuaderno de escritura, Salvador Elizondo expone una reflexión que resulta útil para el inicio de la reseña sobre la última obra de Gonzalo Celorio, El metal y la escoria. “La novela es la ciencia de la mentira y de la invención de las pasiones. Yo creo que en el orden moral son ésas las categorías que se dirimen en novelas que tratan de la realidad aunque en un orden literario sean otra cosa; las más de las veces sólo constataciones o testimonios vacilantes.” El acierto de Elizondo le cabe como anillo al dedo a la novela de Celorio.
Gonzalo Celorio nació en 1948, en Ciudad de México. A lo largo de su trayectoria ha sido editor, ensayista, narrador y crítico literario. Se ha desempeñado como director de la editorial Fondo de Cultura Económica. También ha ejercido la docencia universitaria desde 1974. En la actualidad es miembro de la Academia Mexicana de la Lengua y del Consejo Consultivo de la Cátedra Alfonso Reyes. Para el lector argentino, su nombre no constituye una serie junto a Juan Rulfo, Octavio Paz, Carlos Fuentes, Sergio Pitol; o más cercanos, Juan Villoro o Jorge Volpi. No deja de ser un desacierto que Celorio no sea más renombrado en nuestro ámbito, ya que su obra viene perfilándose tan imperiosa como beber agua en el desierto. Su escritura delicada y certera, acompañada por el esmerado pulido en los meandros de la lengua, fusionada a sus tramas envolventes, se ha tornado singular. A partir de su segunda novela, Y retiemble en sus centros la tierra, Celorio ha decidido montar en escena su pasado, desde el enclave ficcional, que en cada obra se estructura a partir de procedimientos que se renuevan con eficacia. Los tópicos que lo acechan son la memoria –y su revés, el anárquico olvido–, la tentación del alcohol, la soledad como instancia forzosa de la existencia, los amores desdichados y la muerte en su angustiante respiración espectral. Sus obsesiones no deambulan en la repetición tediosa, ya que su percepción se recicla en puntos de vista insospechados en cada narración.
En Ferdydurke, Gombrowicz talló una sentencia que nos interpela por su contundencia: “¡Desgraciada memoria que obligas a saber por qué caminos hemos llegado a ser lo que somos!”. La afirmación se calibra con simetría al proyecto novelístico de Celorio que ahora descubrimos. Ya en Y retiemble en su centro la tierra, los narradores se trocan entre la tercera persona del singular y una segunda intimista, perspicaz o sádica, que vulnera los juicios dipsómanos del personaje medular, Juan Manuel Barrientos. Una tenaz pulsión de autodestrucción conduce al profesor universitario Barrientos a emprender un peregrinaje agobiante por bares, catedrales y edificios históricos del D. F., donde su resaca codicia ser mitigada a través de la sed por retornar a una fase inorgánica. Su desamparo se acrecienta en la medida que su travesía lo precipita al vestíbulo del infierno. En este oscuro ritual del caos nos topamos ante una mentalidad apocalíptica, donde su pathos infausto deviene en vía crucis al borde del abismo. “Siempre le pasaba lo mismo: primero la pasión y luego el sacrificio, que es la otra cara de la pasión, la más perfecta”, comenta el narrador sobre Barrientos.
Indagar en las afinidades evidentes del personaje Barrientos y el Celorio autor, para delatar una autobiografía encubierta es tarea de críticos que asumen una frontera consistente entre la vida y las operaciones retóricas que se emplean en la producción de una literatura que no pretende una esencia. Ya que es simulacro, un simulacro que es el ser de la literatura. Por eso, en Y retiemble… un grupo de personajes que se mencionan como parientes de Barrientos, en El metal y la escoria se transfiguran en hermanos, tíos y amigos del narrador-autor. Su tío Severino, un bebedor infatigable, puede ser visto como espejo de Barrientos y luego como signo inequívoco de las tragedias de la familia Celorio. “Bebiste todo lo que no te habías bebido a lo largo de tus catorce años y medio de vida. Bebiste todo lo que te prohibieron beber, todo lo que se bebió tu tío Severino, todo el alcohol que llevas en tu sangre”, se lee en Y retiemble… A su vez, en su última novela, su madre le advierte sobre el riesgo que lo escruta: “Cuidado, hijo, que lo llevas en la sangre. Con estas palabras mamá nos amonestaba cuando regresábamos de una fiesta y percibía en el obligatorio beso de las buenas noches indicios de que hubiéramos ingerido alguna bebida alcohólica”. La insaciable sed de licores engañosos, adquieren el aspecto de un flujo que surca por sus novelas como marca característica.
En su tercera novela, Tres lindas cubanas, Celorio se entrega en detalle a la densidad autobiográfica. Su trama se expande en la colisión amorosa de sus padres. Miguel, un diplomático mexicano, y Virginia, la cubana pretendida. Las trece mil cartas de amor escritas por su padre a su madre no son un dato a desestimar ante el afán de capturar por la escritura una experiencia que se fuga en hechura literaria. Con la publicación de su última obra, la anterior puede ser leída como el introito a la voluntad de exponer la historia de su familia en inherencia ficcional. Los discordantes eslabones de las cadenas del relato inauguran un ajetreo inaudito, de apertura y cierre ansioso o inquieto, como sístole y diástole de un corazón sobresaltado. El metal y la escoria se desparrama con la voracidad de una red que persigue la intención de reponer la evocación familiar, desde el arribo de su abuelo paterno, a temprana edad, cercado por la pobreza y la ilusión de una vida reposada, que le vedaba su Asturias natal. Las hazañas y tropiezos laborales, amorosos, políticos, comerciales, adosadas al denuedo por silenciar su nostalgia persistente, diagrama una silueta de Emeterio Celorio, que rotula el destino del narrador en heterogéneas incógnitas. En la idéntica oscilación donde nos narra los avatares de su Emeterio, de sus tíos varones –Ricardo, Severino y Rodolfo– fallecidos en lapso prematuro –por el frenesí de la transgresión–, o en las tramas que nos apresan en las truncas existencias de sus tías, o en los almuerzos con sus hermanos en un restaurante –El Covadonga– donde la crónica, la semblanza y la leyenda se repite como plegaria estrambótica y escurridiza; a su vez, el narrador va esbozando su testimonio en la asimétrica batalla contra el olvido. Tal vez la causa se sustente porque el narrador se fía en que “la palabra tenía otros poderes que también iban más allá; más allá de la mera comunicación entre los seres humanos. Que con la palabra se podía ganar cariño, reconocimiento, personalidad. Que con las palabras te podías defender, te podías ocultar, te podías escapar adonde quisieras.” Aunque tal vez, la razón sea que la literatura engendra el deseo de lo imposible: develar nuestro origen.