Lo que el viento se llevó…

Una historia de millones de ejemplares, anécdotas, curiosidades y dólares

Por: Jorge Consuegra. La mayoría de las veces, la literatura tiene algo de magia. O mucho, dirán otros. J. K. Rowling estaba tan desanimada con su manuscrito sobre Harry Potter, que un día decidió dejarlo a un lado y no insistir más, pues había golpeado tantas y tantas puertas recibiendo siempre la negativa de publicarlo, que prefirió desistir. Pero de pronto se presentó su ángel de la guarda y la catapultó al estrellato de los libros. 
Aunque el editor ha dicho que fue mal interpretado, Gabriel García Marquez aseguró que había perdido las esperanzas de ver impresa Cien años de soledad, hasta que resolvió enviar, después de empeñar en México la plancha, su manuscrito a Buenos Aires y allá, sin pensarlo dos veces, hicieron un gran tiraje y el cataquero se disparó en todo el mundo.
Pero no todos escritores han corrido con la misma suerte. El húngaro Deszo Kosztolányi jamás tuvo en vida el gusto de ver los laureles con sus novelas publicadas, sino mucho tiempo después cuando ya se había ausentado del mundo, como también sucediera con Sandor Marai quien muchos años después de haber fallecido fue que el mundo se sorprendió ante tan maravillosas obras literarias.
Stieg Larsson, el autor de la “Trilogía Millenium” sabía que sus novelas eran más que una joya del género “Negro”, pero justo cuando iba a firmar su contrato, cayó fulminado por un infarto del corazón.
Margaret Mitchell estaba entre la duda y la certeza. No sabía si dejar de lado su periodismo o sumergirse totalmente en el mundo literario, pero justo cuando trataba de darle solución a su angustia, que para ella fue existencial, sufrió una fractura en su tobillo y su médico le dio una incapacidad de varias semanas. ¿Qué hacer? Fue entonces cuando decidió recuperar de su memoria lo que había oído de sus abuelos, paternos y maternos sobre la Guerra de Secesión y se dio a la tarea de escribir, pero después de poner a sudar a su vieja máquina Remington y al ver que escribía incansablemente, dejó de hacerlo en 1929 después de muchas semanas dedicada disciplinadamente a construir su historia.
Un día cualquiera, estando en su casa, en Atlanta, recibió una inquietante llamada de Harold McMillan, reconocido editor que había oído varios comentarios sobre las columnas y críticas que Margaret Mitchell había publicado en los diarios locales. McMillan le dijo que si tenía algo escrito de “largo aliento” y ella le respondió que había perdido el entusiasmo por la novela que estaba escribiendo. El editor la ojeó muy por encima y resolvió llevársela, pero era tan voluminosa, que le tocó comprar una maleta para poder cargarla.
Cuando MacMillan hubo partido, la novelista tuvo el pálpito de haber obrado mal y al segundo día le envió un telegrama pidiéndole el favor de “devolverme el manuscrito pues considero que falta dejarlo madurar, corregir y verificar algunas fechas. Y, además, creo que no es una obra para ser publicada aún”. La respuesta no se dejó esperar y lo mejor de ella, es que iba acompañada con una jugosa cifra en donde MacMillan le decía que era el anticipo de sus regalías y la instaba a terminar la novela, asunto que efectivamente hizo en Marzo de 1936.
La primera edición apareció el 30 de Junio del mismo año y en Navidad logró vender un millón de ejemplares y se mantuvo durante 21 semanas encabezando la lista de los libros más vendidos del Book Review de The New York Times. Fue tal la acogida, que de inmediato ganó el Premio Pulitzer y los productores de cine se dieron a la tarea de rodar la cinta que se estrenó en Enero de 1940 teniendo a Scarlett O´Hara como protagonista.
A pesar de los años transcurridos, tanto la novela como la película continúan siendo marcos de referencia no sólo literaria e histórica, sino también filmográfica. Es sorprendente cómo esta Guerra de Secesión sigue interesando no sólo a los mismos estadounidenses, sino a muchos investigadores que descubren en ella detalles jamás contados por los especialistas.

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