Los mitos, Carlos V y Tiziano

Por: Germán Borda, especial para Libros y Letras
Carlos primero de España, V de Alemania (1500-1558 ) el hombre más poderoso de su tiempo, poseedor de gran parte de América, Europa y con territorios en Asia, fue inmortalizado por el pincel mágico de Tiziano. (1475?1485?1490-Venecia, 1576) Por el primer cuadro, que aparece de pies, el monarca le pagó el equivalente a un euro de hoy, o algo más. Su manera de ejercer el orgullo y la soberbia, amén del poder, era notable, citó a las nueve de la mañana a Cortés, quien le había dado enormes territorios en México y California, y el conquistador tuvo que ir durante muchos años, hasta que lo recibió. Lo mismo intentó con Orellana, el conquistador del amazonas y parte del Brasil, pero este desesperado regresó a la manigua del trópico. 
En otro, aparece el Emperador en su montura, feo, belfo, con un color moreno apático. Ocupa un lugar preferencial, pero algo oculto en el museo del Prado. Carlos reconoció el talento de Tiziano y pagó con generosidad ese cuadro y muchos más que encargó. La nobleza puede ser susceptible de todo tipo de críticas, pero se debe reconocer su buen gusto y su impulso a las artes, y la protección a artistas. Frente al rey, ante los siglos, dos obras, que en mi modesto entender —sé poco de todo, pero aún menos de pintura— son de lo más relevante y genial; el mito de tántalo, el ser que reproduce sus vísceras siempre para que se las devore un ave de rapiña. Y Sísifo cargando la enorme piedra, ascendiendo en la montaña, dejándose engañar por el engaño y viéndola caer antes de llegar a la cima. Su añorado sueño se desvanece. Una alusión a la quimera que casi siempre es la existencia, nunca se llega, falta un poco, milímetros, ya se percibe el objetivo, y cae todo al vacío como un rompecabezas. 
Tiziano, que murió muy viejo, más de 90 años, dice Vasari, que lo visitó poco antes de su muerte, que lo encontró con un pincel en la mano. “Los árboles mueren de píe” logra dar en ambos cuadros una fuerza inigualable, un vigor permanente. La musculatura de los dos seres, su tensión se trasmite de manera visceral. Me resulta increíble que haya logrado producir ese vigor y poderío perenne. 
Siempre he tenido una especial predilección por el mito de Sísifo y lo he extrapolado –con toda modestia y realidad— a mi propia existencia. No soy ni mucho menos parecido al modelo usado y magnificado por el genio veneciano de la pintura. Soy un batracio que asciende por los bordes de una piscina resbalosa y cuando va a llegar a la cumbre, cae y reinicia de nuevo. No lleva una piedra, va cargado de sus ilusiones, de sus deseos, de sus sueños, de sus empresas, la mayoría, quiméricas e inabordables. 
Sin la mano diestra de Tiziano muchos de los visitantes asiduos al museo, y de los lectores de historia del arte, quizás ignorarían quien fue Carlos primero, de España y quinto de Alemania. El destino lo ha dejado allí cargando una enorme piedra rumbo al abismo y con sus vísceras a merced de la rapiña, en simbiosis rara y extraña con las pinturas de Tiziano
Intuyó tal vez el monarca, que su inmortalidad dependía de la visión genial del pintor.

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