Mi íntimo noviembre

Por: Régulo Villarreal.
Desde la primera vez que ayudé a mi madre, plantar la primera vela en el cementerio de Pararín, el día de todos los Santos, por el alma de mi hermana Teolinda, a quien no conocí, el mes de Noviembre siempre ha sido para mi, el mes de las ausencias.
Hay ausencias que corroen el alma, gota a gota, y se transforman en preguntas filudas con preñez de credos ácidos, de cara a cara a los peces palpitando destinos sin aguas bulliciosas , solo con el misterio de los silencios. ¿Por qué los hermanos se mueren sin que se los conozca? ¿Por qué se tiene que ser hermano de una muerta?
Antes, cada primero de Noviembre, junto a la comida preparada para los finados, quería recoger en los reverberos de las velas, las humedades de los pasos de los ausentes, estirados en las veredas transitas por los ausentes. Mi hermana Teolinda (la mayor, porque tengo otra hermana Teolinda, viva y feliz en su Chasquitambo) ¿volvería alguna vez, antes de que se consumiera la última vela?
Y no hay pensamiento que no sea la reflexión promiscua de oraciones, como muros para edificar esperanzas, y mirar desde las atalayas del pretérito, el presente, como una cometa surcando cielos de esperanzas, con el hilo de los difuntos uniéndonos a la tierra.

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