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Neruda, el poeta que se fue andando

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Neruda, el poeta que se fue andando
By Libros y Letras 30 de abril de 2013
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Tomado de Mediaisla. La investigación por la muerte del gran poeta chileno ha generado sospechas terroríficas sobre su final. Sin embargo, la noticia verdadera es la inmortalidad de sus versos y su figura a pesar de los intentos violentos por callarlo. 
El poeta tenía una llave para abrir la casa. Cuando la buscaba en la arena traía consigo el océano, su vecino. “No había dónde ponerlo”. Por eso, ese vecino “tan grande, desordenado y azul que no cabía en ninguna parte” fue a quedarse “frente a mi ventana” en Isla Negra. Hasta que él mismo se fue, tristemente, por la vereda de la muerte donde ahora buscan la causa de su despedida. 
Llenó la casa de trampas, menos para el Océano. “El hombre en el Océano se disuelve como un ramo de sal”. Se pertrechó adentro con botellas raras y con mascarones terribles, con colecciones absurdas, y con su voz. Su voz era la trampa con la que obsequiaba a los amigos desconocidos y a los famosos; era su guitarra la voz, pero había dentro, en los poemas más lejanos, ecos de su imposible regreso a Cautín. La trampa era para que no conocieran su melancolía. El hombre que viajó para permanecer siempre en el mismo lugar, su memoria, la de Cautín, la de Isla Negra. 
El océano era su lágrima innumerable; pero no lo dijo. Dijo, sobre el océano: “Allí la semilla no se entierra ni la cáscara se corrompe: el agua es esperma y ovario, revolución cristalina”. Desde esa ventana miraba cómo llegaban a la casa el escritorio y la bruma. Estaba muy lejos, por ejemplo en Tenerife, donde recaló antes de irle a dar su respaldo a Salvador Allende, y únicamente tenía en la mente ese vaivén del mar. Por eso caminaba como un barco viejo. Hacia Isla Negra. A Cautín. 
Cuando estás en esa casa donde ahora él es la luz secreta y misteriosa dentro de una carpa en la que científicos dilucidan si lo mató algo más que la tristeza, entiendes que la soledad de hombre que no volvió a Cautín, su pueblo, estaba oculta bajo los sargazos de sus colecciones; él simulaba mirar lo que venía en las manos innumerables del océano (“tablones carcomidos, bolas de vidrio verde o flotadores de corcho, fragmentos de botella ennoblecidos por el oleaje, detritus de cangrejos, caracolas, lapas, objetos devorados, envejecidos por la presión y la insistencia”), pero en realidad lo que aguardaba en algún instante de ese regocijo que le procuraba el mar era la noticia de la inmortalidad.