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Paul Gauguin

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Paul Gauguin
By Libros y Letras 10 de marzo de 2015
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Tomado de “Con-gfabulación”/ Bogotá. Del colosal Paul Gauguin (1848-1903), publicamos algunas de sus lúcidas y poéticas cartas traducidas del francés exclusivamente para El libro de la Tierra – Antología Mayor, por Caterina Prete.
Esta obra publicada por Común Presencia, cuya portada fue realizada por el pintor Gastone Bettelli, contiene 101 textos de grandes genios del arte y de la ciencia, alusivos a nuestra Madre Mayor. 
De Gauguin a Schuffenecker: Escucha este consejo: no pintes demasiado del natural. Recuerda que el arte es una abstracción, arráncala de la naturaleza después de un proceso contemplativo y piensa más en la creación que en el resultado.
De Gauguin a Vincent Van Gogh: Acabo de leer tu misiva y estoy de acuerdo contigo en la poca importancia que tiene la precisión en el arte. 
El arte es una abstracción que por desgracia determina que uno se vuelva menos comprensible para los demás. […] 
De Gauguin a Vincent Van Gogh: Trabajo y no avanzo, debido a que dibujo con la mano, con la cabeza y con el corazón, orientándome hacia lo que deseo realizar en el futuro. Coincido contigo cuando afirmas que quieres pintar con colores que sugieran ideas poéticas, sin embargo encuentro en ello una diferencia notable: yo no tengo una idea poética, pues todo me parece poético, y es en los misteriosos rincones de mi corazón donde encuentro la poesía. 
De Gauguin a su esposa Mette: Hace veinte días arribé y he podido observar tantas cosas nuevas que estoy asombrado. Es necesario que viva un buen tiempo aquí para poder ejecutar un buen cuadro. Me propongo ir estudiando un poco más cada día. 
Te escribo durante el ocaso. El silencio de la noche en Tahití es tan misterioso como lo demás. No existe más que aquí, y ni el gorjeo de un pájaro turba el sosiego. A mi alrededor una inmensa hoja seca cae sin hacer el menor ruido. Me parece como un roce del espíritu.
Los indígenas caminan con frecuencia de noche pero descalzos y en silencio. Siempre siento este silencio y comprendo por qué estas personas pueden permanecer horas, días sentadas sin proferir una palabra y contemplando el cielo con tristeza. Siento todo esto asediándome pero estoy descansando placenteramente.
Siento que ese desorden de la vida europea ya no existe, y que mañana todo seguirá siendo igual, y así en forma incesante hasta el final… Espero que no pienses por esta confesión que soy egoísta y que he decidido abandonarte, pero deseo vivir de esta forma por algún tiempo. Quienes me juzgan ignoran todo lo que existe en una naturaleza artística y tratan de imponerme sus costumbres, pero yo jamás intento imponer a otro mi forma de vida.
Disfruto de una bella noche. Miles de personas hacen lo mismo aquí ahora; ellos se dejan vivir y sus hijos se educan solos. Todos ellos van a cualquier villa, por cualquier camino, duermen en alguna casa, se alimentan, etc., y parten sin agradecimiento alguno. ¿Y se les llama salvajes?
Tahití va haciéndose íntegramente francés y este orden ancestral poco a poco desaparecerá. Nuestros misioneros ya han traído demasiado de la hipocresía protestante y aniquilan un poco de la poesía que aquí habita, y eso sin mencionar a la viruela que ha invadido a toda la etnia, sin mancillarla demasiado, según me parece. A ti que te agradan los hombres apuestos, aquí abundan, mucho más altos que yo y musculosos como Hércules.
En Tahití: Tenía a un lado el mar y al otro un árbol de mango adherido a la montaña que ocultaba un impresionante agujero. Próxima a mi cabaña había otra, que era Fare amu (la llamada casa para comer). 
Muy cerca se veía una canoa y un cocotero enfermo que semejaba un gigantesco loro, que deslizaba su cola dorada mientras aprisionaba con sus garras un enorme racimo de cocos. 
Un hombre semidesnudo alzaba una pesada hacha con los dos brazos inscribiendo una huella azul sobre el cielo plateado y debajo una herida sobre el árbol muerto, que poco después resucitaría por un instante en forma de fuego, entregando su fuerza secular acumulada diariamente. Sobre la superficie violeta largas hojas lanceoladas de un amarillo metálico improvisaban todo un vocabulario oriental: letras (imaginé) de una lengua ignorada y misteriosa. Me parecía ver allí esa palabra originaria de Oceanía: Atua (Dios).
Una mujer ponía unas redes dentro de la canoa y el horizonte del mar azul era cercenado por el verde del oleaje sobre los arrecifes coralinos.
Esa tarde fui a fumar un cigarrillo a la orilla del mar. El sol tomaba raudo el horizonte y empezaba a ocultarse detrás de la isla de Morea, que lucía a mi derecha. A contraluz las montañas se mostraban oscuras, portentosas contra el cielo en llamas. 
Luego llegó la noche. Sentí el poderoso silencio de la noche tahitiana. Sólo se escuchaban los latidos de mi corazón. Desde mi lecho las cañas alineadas y distantes de mi cabaña semejaban, a la luz de la luna, un instrumento musical. Nuestros ancestros denominan a esto Pipo, algo vivo para ellos y sin embargo silencioso, que habla en la noche a través de los recuerdos. Con esa música serena me dormí. Sobre mí imperaba el alto techo de hojas de pandano donde anidan los lagartos. Podía, en mi sueño, contemplar el espacio por encima de mi cabeza, la bóveda sideral, sin prisiones, donde uno podría ahogarse. Mi cabaña era el espacio, la libertad.