En Antología el poeta Darío Jaramillo Agudelo hace una selección de su obra desde el año 1974 hasta el 2023. Como ya han dicho otros lectores, su único tema es la vida entera.
Por: Carmen Paredes
Desde sus inicios, su palabra se ha detenido, con rigor y calma, en las señales que nos advierten que ahí —en la mirada silenciosa de un gato, en la efímera caricia de un amor, en la palma que baila estando quieta— es en donde está la vida, a pesar de la muerte y sus sombras. Así, con una mirada cautelosa e irónica —con unos ojos de gato— el poeta celebra la vida que queda en un mundo que se acaba y envejece, un mundo que es cruel y alegre a la vez.
Cuando la poeta Wisława Szymborska ganó el Nobel de Literatura, en su discurso nos recordó que escribir poesía es, necesariamente, “repetirse perpetuamente «no sé»”. Escribir poesía es poder decir no sé, y es, a partir de esa duda, asombrarse y encontrar lo puramente poético en lo “prosaico”, en lo cotidiano que nos rodea todos los días —la piedra, la nube, la cama que, si tiene suerte, se tiende y destiende cada mañana—. Luego de leer la poesía de Darío Jaramillo vuelvo a estas palabras de Szymborska. Él, como ella, supo que la poesía se encuentra en el asombro constante frente al mundo que se devela diariamente; supo que la poesía se encuentra al darse cuenta de que en este mundo nada es normal: ni una cama ni una naranja. Nada es normal y todo existe en el plano inestable de la duda. Así pues, la luminosidad de la obra de Darío Jaramillo está en que él supo, desde el inicio, que la poesía no está, como muchos otros poetas pensaron, en lo lejano, lo pomposo, lo artificial, sino que está en lo cercano, en lo tangible, en lo que se conoce con la piel y con la boca y con el corazón. Los misterios, los secretos del mundo, los fantasmas, el mismísimo Dios: todo eso se oculta en lo que nos parece más mundano. Solo hay que poner atención y escribir. Entonces, en esta antología nos encontramos, por ejemplo, con versos sobre la cama: “(…) mi cama me acoge cada noche, se abre en la forma de cada músculo mío, / mi cama tiene la prueba de que no existo sino en sueños / y mi peso que se tiende en ella como si flotara / respira para que bailen los dioses de la noche, / fantasmas varios y / alucinaciones de la insomne duermevela, / cada noche jardín distinto o variado infierno, / estremecimientos que ni yo conozco y que mi cama conoce, / desgarraduras y éxtasis que mi cama sabe”. O, por ejemplo, sobre las piedras: “Piedra / Nube sólida, / más antiguo habitante del planeta, / llama congelada, / debajo de una piedra mi cadáver, / encima de la piedra el río (…)”.
De forma que, en este ejercicio de encontrar la poesía en lo más sencillo —de encontrar ese más allá tan misterioso y fantástico en el más acá—, ocurre algo bello, no tan común en la poesía: nos topamos con la risa, la ironía, la sonrisa juguetona que se asoma con timidez y sigilo en un mundo trágico y cruel. Y es gracias a esta risa, a este juego móvil, que el poeta puede escribir, con naturalidad, las conversaciones que tiene —de tú a tú como entre dos viejos amigos— con el mismísimo Dios, mientras nos confiesa, con esa sonrisa juguetona asomándose de lado, “Eso me dijo Dios un día tratándome de ‘tú’”. Es así como Darío Jaramillo logra construir una palabra que nos revela el camino para descubrir los misterios más aparentemente inalcanzables en la palma de la mano.