Reseña | El cordero: un exorcismo en luz y sombra

Miguel Aguirre, autor de la novela El cordero —seleccionada en la convocatoria Tierra Adentro Sur de novela inédita y, por consiguiente, publicada este año por el Fondo de Cultura Económica—, propone a través de este narrador una estructura innovadora y compleja, en la que ambas historias avanzan de manera entreverada, permeándose mutuamente.


Por:  Juan Germán Maya / Licenciado en Español y Literatura 

Juan Andrés Ortega, un joven escritor con cierto lauro literario, se ve involucrado inesperadamente en una expedición de la Comisión de la Verdad; Ana María, una periodista premiada y obstinada, se ve en la necesidad de ofrecerle el papel de investigador ayudante a su primo, Juan Andrés, con el cual tiene una relación distante. Esto se debe a la repentina muerte de una de las figuras más notables de las letras nacionales, quien era la persona encargada de dirigir la misión. Ante la imposibilidad de encontrar otro reemplazo más idóneo, Juan Andrés será el elegido para esta importante tarea: restaurar la memoria histórica de El Pueblo.

El Pueblo, así, a secas, está incomunicado, como otras tantas latitudes del territorio nacional, con el resto del mundo y ha sido azotado por la violencia. Desde el primer momento, cuando son recibidos por el mayor Corrales, surgen incógnitas y velos por esclarecer: ¿cómo es posible que no exista una carretera y que solo se pueda entrar por aire?, ¿cómo se sostiene misteriosamente? y ¿por qué el mayor parece empeñarse en dar largas a la inspección de la zona de erradicación de cultivos, resguardada por el ejército? Estas preguntas dejarán al descubierto las naturalezas disimiles de Ana María y Juan Andrés: ella, una mujer de acción, terca y valiente, toma muy en serio la misión encomendada por la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) de documentar la memoria de este ignoto territorio. Además, es incapaz de aceptar noes como respuesta, pese al peligro que esto le pueda acarrear. Mientras tanto, Juan Andrés, un hombre proclive a la inacción, apacible y cómodo, ve esta experiencia como unas vacaciones pagas que le permitirán desarrollar, en paralelo con el diario en el que documenta los pormenores de la expedición, un proyecto de novela bíblica que tenía archivado: El cordero.

Miguel Aguirre, autor de la novela El cordero —seleccionada en la convocatoria Tierra Adentro Sur de novela inédita y, por consiguiente, publicada este año por el Fondo de Cultura Económica—, propone a través de este narrador una estructura innovadora y compleja, en la que ambas historias avanzan de manera entreverada, permeándose mutuamente. Por un lado, Juan Andrés documenta los hallazgos y peripecias que afronta junto a Ana María en El Pueblo: el mutismo de sus habitantes, el boicot del mayor Corrales, una férrea vigilancia, acechanzas misteriosas, la enfermedad, el desvarío de la carne, la violencia y, sobre todo, el mal. Del otro lado, el hombre elegido, protagonista de la novela bíblica, debe llevar al inhóspito desierto un cordero inocente, que carga todos los males y pecados del pueblo. Debe entregarlo a Azazel, el demonio del desierto, para completar el rito de la expiación. Este hombre anónimo, sin cualidades excepcionales, tendrá que amparar al cordero, enfrentando el repudio de las gentes, misteriosas acechanzas, la enfermedad, lo ominoso y, sobre todo, el Mal.

Aguirre, además, enriquece esta estructura de contrapunteo con las reflexiones y comentarios que Juan Andrés hace sobre su propia escritura, y que va diseminando entre los capítulos. Estos le sirven para dar pautas sobre el sentido de la obra, a la vez que reflexiona sobre el oficio del escritor. Todo esto se ve reforzado con una técnica experimental de tachaduras en la que no solo se exhibe la manufactura y las costuras de la novela, sino también la forma en la que el autor comprende el lenguaje y su naturaleza ilimitada. El cambio de registro también es uno de los puntos fuertes de esta obra, en la que Aguirre nos sorprende al pasar de la prosa a la poesía o del escrutinio filosófico al lenguaje coloquial, contradiciéndose y complementándose, a la par que tensa la expresión en un juego de luces y sombras en el que el brillo espiritual, el alma de la palabra, es revelado.   

Foto: Fondo de Cultura Económica

La luz, lo blanco, blanco, blanco, opuesto a las sombras, a la oscuridad, es un leitmotiv que indaga por la naturaleza metafísica del Mal, ese Mal con mayúsculas que desde siempre está en el hombre. Así, a la manera de Rembrandt, Aguirre esparce luces y sombras que pueden encarnar un símbolo, una doctrina o una atmosfera, y que le sirven como una pátina con la que recubrir a sus personajes, a los cuales ilumina o ensombrece, no solo para ser admirados, sino, más bien, para ser sufridos y comprendidos. Al igual que el maestro del claroscuro, Aguirre se esfuerza por retratar el alma con pinceladas sucesivas que van agregando capas, un alma que, al final, resulta menos agradable de lo que quisiéramos leer. En este juego de tensiones, la novela El cordero parece convertirse en un artefacto espiritual, en el que el escritor lleva a cabo su propio rito de la expiación.

¿Acaso un exorcismo?  El cordero se inscribe en el género del terror, al abordar el tema de la violencia patria desde la perspectiva del Mal, de Azazel, el demonio, la bestia. Y este es local y universal, está afuera y adentro, en el pasado y en el presente. Aguirre se aleja decididamente de victimismos, cuestionando los discursos fáciles sobre la memoria y la reparación, y, en medio de una atmosfera de pesadilla, nos recuerda que el Mal está hasta en el mismo monte, en la tierra que pisamos, y que nos rodea una maldad trepidante, que, sin excepción nos toca, ¿acaso nos habita?