Ave que canta y no se ve. Reseña de Restos orgánicos de un mundo anterior

Reseña de Restos orgánicos de un mundo anterior de Paul Brito

Por María del Rosario Acosta López


“El pasado es un ángel que cae de cabeza en el vacío”: esta cita de la poeta Tania Ganitsky, que a su vez es una referencia a la figura del ángel de la historia de las tesis sobre historia de Walter Benjamin, es uno de los epígrafes que acompaña una de las secciones del libro de Brito. Confirma, a mi parecer, el carácter “benjaminiano” de su composición: una constelación de recuerdos que se reúnen como los fósiles en una colección; en cada uno está incrustada la huella de una vida que sobrevive en esa inscripción, que es la escritura misma, y como los fósiles, son memorias en las que algo aún respira más allá del recuerdo. Por eso son “restos orgánicos”, como en el título del libro, que a su vez evoca la obra original de Parkinson de 1808: algo se mueve aún y reposa en esas líneas que no es solo el pasado, sino una memoria que se revive y habita en quien la lee. Como los fósiles, podemos imaginar y casi recorrer con los dedos el lugar de esa vida de otro tiempo1Brito descubre una coincidencia fascinante: James Parkinson, a quien se le debe el nombre de la conocida enfermedad, padecida por la madre de Brito y tema central de su libro, publicó también entre 1808 y 1811 tres volúmenes sobre materiales fósiles de plantas y animales. El título del libro de Brito es la traducción del título de la obra original en inglés (Organic remains of a former world: An examination of the mineralized remains of the vegetables and animals of the antediluvian world; generally termed extraneous fossils)

Para Benjamin, cada una de estas memorias, recogidas, como los fósiles, con todo el cuidado de un conservador, sería también una imagen en la que explota la historia. Cada una de ellas representaría la totalidad del recuerdo acumulado en una sola imagen, un solo momento, y con ello, la potencia de hacer estallar el tiempo para entender que los muertos acechan el presente de maneras muy distintas a como los vivos buscamos rehabitarlo. Y es esto, creo yo, lo que Brito en el fondo pareciera querer hacer: dejar que su madre vuelva a habitar en esas páginas para no tener que confrontarse (no del todo, no aún) con su muerte. Y entender a la vez cómo es que ella en efecto habita en el presente en y desde el fin de su muerte (que es el final del libro también, como uno se sospecha desde el comienzo). 


Restos orgánicos de un mundo anterior de Paul Brito
Restos orgánicos de un mundo anterior de Paul Brito

Para mí, la viñeta más linda de todas es la número 14: “Ave que canta en la selva y no se ve”. Creo que todo el libro gira en torno a esa otra metáfora, que no es solo la del fósil, sino la de la voz que sobrevive en y más allá del recuerdo. La voz de su papá evocada por la voz de su hija que ahora tararea la canción que él (Pe) le canta desde pequeña después de visitar la tumba del abuelo: la canción en el radio que confirma que hay instantes en los que el tiempo rebota como un eco. 

Y es que algo tiene la voz que permite despertar el pasado en el presente como si no hubiese distancia entre ambos. Algo tiene también escuchar la voz de quien ya no está; no imaginarla sino escucharla: esos momentos en los que el recuerdo de repente nos regala algo más que una imagen borrosa y oímos el sonido, vívido e irremplazable, del otro. Este libro tiene algo de eso: construye una memoria que se parece más a ese conjunto de momentos en los que más que recordar, revivimos el pasado para conservarlo; para escucharlo. 


Paul Brito, autor de Restos orgánicos de un mundo anterior
Paul Brito, autor de Restos orgánicos de un mundo anterior

Pensé mucho mientras lo leía en las maneras en las que recordar a nuestros muertos es reconstruir nuestra propia historia: para ofrecerle un duelo a su madre, para hacerle justicia a la memoria de su padre, ambos fallecidos, Brito nos cuenta su infancia y adolescencia en Barranquilla. Sus recuerdos transcurren de la mano de anécdotas y secretos, momentos íntimos de belleza, dolor y mucho sentido del humor, de todas esas vidas que reviven en retazos de historias. Pienso también en los modos en los que la escritura es el trabajo del duelo, y cómo en este libro Brito lo hace de manera tan cuidadosa, entendiendo que dejar ir a su madre, lograr en algún momento digerir su muerte, pasa por confrontarse también con el recuerdo (¿más difícil, más ausente?) de su padre, del dolor de esa pérdida que se repite en muchas de esas memorias y que no se parece en nada a lo inadmisible que resulta para él convertir en recuerdo la memoria de su madre. El libro, todo, es ese ejercicio de rehusarse a narrar esa memoria como pasado; y de insistir en escucharla de nuevo, como la madre de Pe cuando se encerraba en el cuartito de las tardes a tararear las canciones que ponían en Radio Tiempo.