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Un adelanto de El puente de los suspiros*

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Un adelanto de El puente de los suspiros*
By Libros y Letras 19 de marzo de 2012
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Toda actividad en el pueblo se había detenido. También el tiempo, la brisa, la rutina. Los corazones latían aceleradamente. Parecía que el odio era tan pegajoso como el mismo miedo. Los que no se habían convencido de sacar los enfermos del pueblo en aquel momento lo estaban, animados por el sentir colectivo que se había apoderado de los Tocaimunos. Los enfermos, que no habían creído a otros leprosos, que los llegarían a echar de allí por tener esa enfermedad, habían comprobado con desilusión que era verdad. 
Don Antonio gritaba esperando apaciguar los ánimos con su autoridad. Pero nadie realmente le hacía caso; estaban enloquecidos, esa era la palabra. Nadie escuchaba razón alguna, como si no pudieran pensar en nada más que maltratar sin piedad a esas víctimas de una enfermedad larga, deformante y que estigmatizaba. La fuerza de la masa se les había metido en el entendimiento y les había comido el corazón. Ninguna razón parecía permear la costra de odio, que sólo hasta ahora afloraba de aquella manera tan patética en los sanos. 
Tras dos horas se podía decir que según lo que había sucedido en lo corrido de la primera parte de la mañana, don Samuel, el alcalde, estaba ganando más terreno que el cura. Claro, era mucho más joven, tenía la voz más fuerte y sus seguidores por los motivos que fueran, estaban dispuestos a imponerse con toda la violencia que fuera necesaria, frente a las razones del párroco. 
La lucha era desigual desde cualquier punto de vista. Un sacerdote viejo y achacoso, un puñado de monjas, cinco soldados con cara de niños e inexpertos en eso de atajar un ataque tan peculiar y media centena de elefanciacos, contra un político de envergadura, gamonal y marrullero y que tenía con él al pueblo en su gran mayoría. Lideraba el alcalde, el grupo armado más que con cualquiera otra cosa, con lo que creían que era una verdad contundente: que la lepra era exclusiva de los desgraciados que ya la padecían, que esa gente era maldita y que habiendo venido de otros pueblos, ellos tenían el derecho de no tenerlos más en el suyo y exponerse al contagio. 
No había transcurrido mucho rato más cuando de las filas de don Samuel se desgajaron algunos. Tal vez movidos porque ya creían que era suficiente el escarnio, o por el hambre, o por el calor o porque había quedado satisfecha la curiosidad. Casi ni se notó de lo mucho que sumaban. De las líneas de los defensores de los enfermos desertaron disimuladamente los viejos ya cansados, las religiosas porque debían tener que cumplir con sus propios deberes y algunos de los feligreses asiduos de don Antonio. Como si se hubiera pelado un fruto, se fueron quedando los leprosos solos en manada, atemorizados e indefensos. Era un grupo desnutrido y opacado que realzaba la lucha desigual a la que estaban enfrentados. Parecía que a los que hasta ahora habían sido los protectores, se les hubieran acabado las fuerzas y los argumentos y que ante la aplastante derrota, hubieran determinado que ya no tenía caso sacar la cara por una causa perdida. 
Porque la lepra por lo visto fue una causa perdida desde siempre. Ya los habían expulsado de las ciudades desde el tiempo de Jesucristo y los citaban como los casos perdidos del evangelio. No se podía esperar más de Tocaima, no iba a ser la excepción, tarde o temprano los expulsarían, como los habían echado a cada uno de sus propios pueblos y de sus familias. Pero salir linchados era como comprobar que se estaba maldito, que se tenía el cuerpo podrido para purgar una culpa y que la vida se limitaba a estar muerto sin estarlo. La lepra llenaba no solamente el cuerpo de llagas sino también el alma de tristeza. A la pérdida de la carne se sumaba la pérdida del amor propio y del ajeno. La lepra se encargaba de poner distancia con los otros y de recordarle al enfermo lo inmundo que era. Aunque el mal comenzaba a manifestarse con pequeñas vejigas o manchas en la piel, tarde o temprano acababa macerando la carne podrida y a expeler un olor fétido a carroña, para desfigurar la cara, las manos y los pies hasta el punto de que nadie se atrevía a mirarlos por temor a enseñar el fastidio y el asco que despertaba. 
( * ) Novela de Helena Peroni que publicará B.