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Un café en Buenos Aires

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Un café en Buenos Aires
By Libros y Letras 8 de julio de 2013
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No. 6.436, Bogotá, Lunes 8 de Julio del 2013 
Amar a alguien es ponerlo en libertad, dejarlo ir. 
Kate Winslet 
Un café en Buenos Aires 
Hoy: Fernando de Vedia 
Por: Pablo Di Marco/ Corresponsal L y L en Buenos Aires. Hace un año y medio nació Manuel, mi primer hijo. Y, a excepción de mis ojeras que no paran de crecer por la falta de sueño, todo es felicidad y aprendizaje. Una de las tantas cosas que aprendí gracias a Manu (más allá de cambiar pañales olorosos, lavarle el pelo sin que el shampú le entre en los ojos, y abrir y cerrar su cochecito en diez segundos) fue a redescubrir los libros para chicos. Porque esa es una de las grandes falencias que solemos tener quienes amamos los libros: con el correr de los años abandonamos la literatura infantil, convencidos de que es una etapa superada de la que ya nada podemos aprender. Error. Darle la espalda a la literatura infantil es abandonar un mundo rico y poético que dificilmente encontraremos en otro lado. 
Me alegraría mucho saber que después de leer estas líneas, alguno de ustedes decida desempolvar aquel viejo tomo repleto de cuentos de los hermanos Grimm; o que la próxima vez que vayan a comprar una novela se animen a curiosear en la sección infantil. O mejor aún, que les vengan repentinas ganas de sumergirse en alguno de los tantos libros de uno de los más brillantes escritores de literatura infantil argentina: Fernando de Vedia, nuestro entrevistado de hoy. 
– Hola, Fernando. Una alegría compartir este momento con vos. Contame: ¿siempre te atrajo el mundo de la literatura para chicos? ¿O fue un descubrimiento que te llegó con los años? 
– Llegó con mis sobrinos, Tomás y Andrés. Hasta ese momento no había chicos en la familia y me sentí especialmente conmovido cuando nacieron. Yo escribo desde pequeño, pero fue a partir de mis sobrinos que descubrí la literatura infantil. Comencé a escribir cuentos como una forma diferente de comunicarme con ellos; recuerdo que les narraba mis creaciones cuando venían a casa o cuando salíamos a pasear, y llamó mi atención que en lugar de desalentarme o rogar que me callara, me pidieran más. No sé si lo hicieron por piedad al verme tan entusiasmado, pero lograron que siguiera escribiendo. Tiempo más tarde nació mi hija Clara, que ahora tiene doce años, y entonces sentí la necesidad de compartir con otros chicos lo que había pensado para mis sobrinos. Así comencé el duro y sinuoso camino del escritor que pretende que alguna editorial publique su obra. Después de numerosos intentos y rechazos, logré que Editorial Altántida se interesara por tres de mis cuentos, que tomaron forma en el libro El inventor de la calesita. Para sorpresa de todos le fue tan bien que me permitió continuar publicando. Hoy llevo lanzados más de cincuenta títulos, entre libros y adaptaciones de clásicos infantiles. 
– La experiencia de ser padre es inevitable que influya a un artista, e imagino que mucho más a un escritor especializado en literatura infantil. ¿En qué aspectos de tu obra encontramos la influencia de tus hijos? 
– Me inspiran de manera permanente, son mi vínculo directo con el mundo de los chicos y, a través de sus charlas, sus juegos, sus anécdotas, me aportan ideas o cuentos completos. Recuerdo que cuando Clara era chiquita, la llevaba todas las mañanas a una escuela cerca de casa y ella siempre se paraba delante de un árbol seco, al que abrazaba como a un amigo, le hablaba, le daba besos. Después me explicó que lo hacía para curarlo, porque estaba enfermo. Así escribí La doctora de árboles
– Preciosa anécdota, Fernando. Un dibujo de Clarita abrazada a ese árbol hubiese sido una hermosa portada para La doctora de árboles. Decime: ¿en qué momento se encuentra la literatura infantil en Latinoamérica? 
– En mi opinión, que no es la de un especialista sino la de alguien que escribe para chicos, creo que desde la década del setenta, en que se produce el despegue de la literatura infantil en Latinoamérica, continúa en desarrollo y crecimiento a ritmo sostenido. Es notable desde entonces la cantidad y calidad de obras y autores (y en este punto incluyo a los ilustradores) que han surgido, dedicados al mundo de los más pequeños. Y me parece que, a pesar de la diversidad de contextos, podemos hablar cada vez más de una Literatura Infantil Latinoamericana con identidad propia. Con predominio de temas sociales, el tratamiento del humor, contenidos relacionados con los pueblos originarios y el uso de la fantasía. 
– ¿Quienes fueron o son tus maestros y principales influencias? 
– En primer lugar una profesora de literatura que tuve en la secundaria: Jenny Bagnati, que me contagió su pasión por el mundo de los libros y de la escritura y terminó de marcarme un camino. Luego, una extraña mezcla entre Aghata Christie, de quien tomé el gusto por los finales inesperados o sorprendentes; Roberto Fontanarrosa, por su estilo para narrar y la forma de manejar el humor; y Roald Dahl, por tratar temas para los chicos de manera políticamente incorrecta, con inteligencia, pinceladas de humor negro y escenarios y personajes adorables, pero también grotescos e inolvidables. 
– Acá viene una pregunta poco original: ¿cuál es tu libro preferido de literatura infantil? ¿Por qué? 
– Cualquier libro para chicos de Roald Dahl, por las razones que expliqué en la respuesta anterior. 
– ¿Qué autor de literatura “para adultos” considerás que pudo haber sido un gran autor de literatura infantil? 
– Rodolfo Fogwill. No por nada fue autor durante muchos años de los chistes y el horóscopo que venían con el chicle Bazooka. 
– ¡No sabía que era Rodolfo quien escribía esos chistes! Pensar que gasté todos mis ahorros de la niñez en esos chicles… Solía cruzarme a Roberto, ¿sabés? Vivía a un par de cuadras de la casa de mi mamá. 
Los lectores de Un café en Buenos Aires son fanáticos de esta pregunta, así que les vamos a dar el gusto. Imaginá que tenés la oportunidad de invitar a un artista (vivo o muerto) a tomar un café. ¿Quién sería esa persona, a qué café de Buenos Aires lo llevarías, y qué pregunta le harías? 
– Una vez me reuní con un dibujante que tenía una tira en un diario y andaba buscando guionista. La cita fue en el viejo café La Paz, en Buenos Aires. De pronto lo veo entrar a Roberto Fontanarrosa, que ya en esa época era uno de mis grandes ídolos. Para mi sorpresa, se acerca y se sienta a la mesa con nosotros, ya que era amigo del dibujante con quien yo estaba. No lo podía creer. En determinado momento el dibujante se levanta para ir al baño y yo me quedo unos minutos a solas con Fontanarrosa. Me sentí tan inhibido que recuerdo haberle preguntado un par de pavadas, y siempre me quedó el sabor de una gran oportunidad desperdiciada. 
Hoy volvería a invitarlo a tomar un café a La Paz (aunque haya perdido el espíritu y la onda de aquellas épocas), y no lo dejaría ir hasta tener en claro cómo era su proceso creativo que le permitió desarrollar tantas historias, historietas y viñetas geniales. 
– Una vez que nos despedimos, me quedó dando vueltas por la cabeza la imagen de la pequeña hija de Fernando abrazada a un viejo árbol. Y pensé en la gracia de los artistas como él, en esa rara alquimia que les permite transformar un recuerdo en una pintura, o en una melodía, o en un inolvidable cuento para chicos. Y para grandes también. 
Fue un placer pasar un momento charlando con un tipo sencillo, talentoso y apasionado como Fernando. 
Quienes quieran conocer más sobre su obra, pueden entrar a www.fernandodevedia.com.