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Un café en Buenos Aires con Mónica Sifrim

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Un café en Buenos Aires con Mónica Sifrim
By Pablo Di Marco 13 de octubre de 2014
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No. 6.849, Bogotá, Lunes 13 de Octubre de 2014
Un café en Buenos Aires con Mónica Sifrim
Por: Pablo Di Marco
Es una de las más reconocidas poetas sudamericanas, recibió el Premio Municipal y la Beca del Fondo Nacional de las Artes de Buenos Aires (lo que le permitió residir seis meses en Berkeley), es asiduamente invitada a participar de los mejores festivales de poesía del continente y, como si nada de esto bastase, acaba de crear la editorial Cienvolando. Razones más que suficientes para invitar a la talentosa Mónica Sifrim a tomar un café para conversar sobre poesía, locura, viajes y días felices. 
– Fundar una editorial pareciera tanto un milagro, como una patriada, como una locura. Yo lo veo como la coronación de una vida dedicada a las letras (algo así como un periodista que, tras décadas de trabajo, funda un diario). ¿Coincidís? 
– Sí, es así, en cierto modo. No hay ninguna obligación de hacerlo, pero quienes amamos la literatura solemos desplegarnos habitualmente en la docencia, la coordinación de talleres literarios, el periodismo cultural, la investigación, la edición, etc. En mi caso, nunca había editado ni tampoco participé activamente de ninguna revista literaria. Creo que eso ya no lo voy a hacer porque suele ser un proyecto juvenil. En nuestro caso la editorial no será una locura artesanal ya que hay un socio capitalista, un distribuidor y apuntamos a autores importantes que probablemente vendan una primera edición.
– Hay una pregunta que me gusta hacerle a quienes, como vos, están al frente de talleres literarios: ¿qué virtudes y defectos encontrás en tus actuales alumnos, comparándolos con los de años atrás?
– Veo que quieren todo un poco más “masticado”, más cómodo y esquemático. También, como hay mucha oferta de talleres, van “catando” e incluso van a más de uno y someten a distintas opiniones la misma obra. No creo que eso los beneficie. 
– Recibiste una beca del Fondo Nacional de las Artes que te permitió residir seis meses en Berkeley. Contame esa experiencia.
– La beca era para escribir y no tenía ninguna obligación de estudio ni docencia, pero además de concentrarme mucho en la lectura y escritura me relacioné con la gente de la Universidad que es maravillosa (Berkeley es bellísima) y como tenía la posibilidad de hacerlo tomé cursos de distintas materias. Conocí gente increíble con la que todavía me contacto y escribí mi libro El mal menor por el cual gané el Premio Municipal cuando todavía era inédito.
– ¿Quisieras regalarle a nuestros lectores (y a mí también) una de tus poesías?
– Claro que sí, Pablo. Acá comparto un poema de mi libro El mal menor:
Si tu voz
Me apela por mi nombre
Todos los sonidos
Se levantan.
Hay que ver
Lo bien que suena
Así
El nombre de nacer
No duele
Tanto.
Vamos Adán: 
Hay que ponerle nombre a las abejas
A los arroyos grises
Y a los copos de nieve.
A la encina que se llame así: 
“Encina, encina”
Y al maíz doblado por el viento,
Una palabra grave: “Movimiento”
Y cuando nos
Cansemos
De llamar a las cosas
Por su nombre
Y en el séptimo día
Reposemos
Todo se llame igual
A su inocencia
El bosque simultáneo
De su bosque
El ave en su avedad
La rosa, rosa.
– Bellísima, Mónica. Muchas gracias. Ahora vamos con las dos últimas preguntas: alguna vez Vargas Llosa dijo que el día más triste de su vida fue cuando Jean Valjean murió en Los miserables. ¿Cuál fue el día más feliz de tu vida?
– Una respuesta convencional: cuando nació mi hijo Hernán que ahora cumple 29 años.
– Te regalo la posibilidad de invitar a tomar un café a cualquier artista de cualquier época. Contame quién sería, a qué bar lo llevarías, y qué pregunta le harías.
– Emily Brontë. La llevaría a El Vesubio a tomar chocolate con churros y le preguntaría qué historia de amor intensa podría urdirse en nuestros tiempos.
– Esta entrevista no hubiese sido posible sin la intercesión del querido Daniel Gigena.