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Una flor para Julio Cortázar

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Una flor para Julio Cortázar
By Libros y Letras 13 de febrero de 2014
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Por: Fabio Martínez.
El 12 de febrero se cumplieron treinta años de la
muerte del escritor argentino Julio Cortázar, uno de los autores más frescos e
innovadores que tuvo el ‘boom’ literario latinoamericano, aquel que revolucionó
las letras del continente a partir de su novela ‘Rayuela’, cuya estructura está
armada en forma de rompecabezas.
Cortázar fue el escritor amado de la generación del
sesenta, cuando aún existían utopías y el mundo no había caído en el pantano en
que estamos metidos; cuando el mundo creía en el ser humano y no había sido
reemplazado por las máquinas y los zombis virtuales.
El autor argentino fue el culpable de que una
generación de latinoamericanos viajara a París en busca de La Maga y Horacio Oliveira. Creo
que nadie los encontró. Los personajes de Cortázar eran de papel y pertenecían
al mundo de la invención literaria.
En el café Georges, donde acostumbrábamos reunirnos,
escuché algunas historias de exiliados latinos que afirmaban haber visto
caminar a La Maga
y a Horacio Oliveira por el canal de San Martín, cogidos de la mano. Que los
habían descubierto besándose en la isla de la Cité o entrar al cinema Republique, donde pasaban
una película de Jean Renoir.
Los verdaderos escritores son aquellos que tienen la
capacidad de crear personajes tan fuertes que, al leerlos, son más reales y
convincentes que las personas de carne y hueso. Así eran los personajes del
Cronopio; por esto el lector no solo los buscaba entre sus libros, sino también
en la vida cotidiana.
Cortázar rompió con el lenguaje rimbombante y
almibarado con que estuvo contaminada buena parte de la literatura
hispanoamericana del siglo XX; y nos enseñó que en la literatura los personajes
podían hablar coloquialmente, como se habla en la vida cotidiana. En ‘Rayuela’,
el lenguaje de La Maga
y Horacio Oliveira es el argentino.
Aquella mañana del 12 de febrero yo estaba en mi
mansarda, situada en un antiguo edificio de la avenida George Mandel, cuando
entró a mi teléfono una llamada del escultor colombiano Alfonso Díaz Uribe, que
me dijo: “Cortázar ha muerto; lo van a enterrar en el cementerio de
Montparnasse”.
Llegué al cementerio. En ese momento, los hombres del
camposanto estaban haciendo su oficio de tinieblas. Frente a la tumba del
Cronopio pasaron varias delegaciones de países, que iban depositando sus
coronas de flores. Miré entre los asistentes y alcancé a identificar al
escritor argentino Oswaldo Soriano, quien moriría unos años después en Buenos
Aires. Cuando la ceremonia terminó, un ‘punki’ sacó una cantimplora metálica,
regó un chorro de brandi sobre la tumba y nos ofreció a un señor elegante de
gabardina oscura, otro hombre que tenía una mirada triste, y a mí.
Al descubrir que los cuatro hablábamos español, nos
fuimos a tomar un trago a un café en la esquina del bulevar Edgar Quinet. El
señor elegante de gabardina oscura era el periodista español de Radio Deutsche
Welle Ricardo Bada, hoy columnista de ‘El Espectador’; el punki venía del
barrio Malasaña de Madrid, y el hombre de la mirada triste era el conserje del
hotel Claridge de Buenos Aires, quien estaba de turismo por Europa. Con ellos
compartí el último minuto de soledad del escritor argentino Julio Cortázar.