La desmemoria, Armando (Homenaje a Armando Orozco Tovar)

No. 7653 Bogotá, Sábado 4 de febrero de 2017 



Mientras unos dan plomo, nosotros damos pluma”
Jorge Consuegra



Por: Álvaro Castillo Granada




José Luis y yo estábamos tomándonos un tinto y contándonos cuentos tuyos, sin dejar de reírnos, cuando Federico llamó para darnos la noticia.

No nos estábamos riendo de ti sino contigo.

No, no es nada raro lo que estoy diciendo… Tenías una capacidad inmensa para instalarte y quedarte en la memoria de los demás con tus historias que con sólo nombrarte resonaban, en medio de las nuestras, tus carcajadas. Ahora que lo pienso, ahora que nos habitas a todos los que te conocimos y te quisimos (y los que no también), creo que de eso se trataba la “desmemoria mitómana” de la que tanto hablabas: olvidar para recordar, escuchar para apropiarse, contar para recontarse, hacer de la memoria un espacio colectivo. Un relato permutante.

Esto lo vengo a entender ahora que te marchaste y no dejo de escuchar cuentos tuyos en personas que, sin importar si las conozco o no, ahora son las dueñas de tus relatos. Ahora todos somos los dueños de tus relatos, Armando…

Recuerdo la primera vez que te hablé: fue en la Casa Silva en 1997. Salí de mostrarle unos libros a María Mercedes y estabas sentado en el sofá de la entrada mirando unos papeles. Te reconocí.

Me habían contado que escribías poesía social y que sabías mucho del tema. Esa es una de las posibilidades de la poesía que siempre me ha llamado la atención: la expresión de las luchas y conflictos de los hombres a través de un lenguaje elaborado y preciso que permite una comunicación más íntima entre el autor y sus lectores. Género menospreciado y vilipendiado. Abusado y desvirtuado. Marginado.

Me senté al lado tuyo, te saludé, me saludaste como si nos conociéramos de toda la vida y fuera lo más normal del mundo. Esa era una de tus herramientas de seducción: hacer sentir bien y en confianza al otro. Ya con el tiempo me contaste que habías ideado una estrategia comercial (porque entre tantas cosas que fuiste eres librero errante): “la adulación como arma de venta”. Veías a alguien con potencial de comprador, te le acercabas sutilmente y le decías con la naturalidad más grande: “Hola, qué bueno verte… ¿Tú eres poeta, cierto?”. Lo descolocabas y lo ponías en situación de vulnerabilidad. Y ahí comenzaba un diálogo basado en el elogio y la lisonja que sólo podía desembocar en una buena venta. Una buena compra y el ego engrandecido.



A mí no me adulaste (no tengo cara de poeta) sino que me atrapaste con una parrafada interminable de temas y autores de los que apenas podía tomar nota. Eras como una enciclopedia ambulante y perifonante.

Cuando supiste que era librero me encargaste un libro de Plutarco Elías que no habías podido conseguir nunca: Lo que me dijo el pueblo. Lo guardé en mi memoria con la esperanza de poder cumplirte.

Seguimos cruzándonos en la Casa Silva o por la carrera séptima ya reconociéndonos. Saludándonos. Hacías parte del paisaje entre las calles 24 y 13. Eras un personaje al que se esperaba ver. Se tenía que ver.

Cuando te nombraron en el 2006 Director de la Casa de la Cultura de Soacha me llamaste a la casa para contarme y decirme que contabas conmigo. De una extraña manera, gatuna, estábamos dando rodeos alrededor del otro para ser amigos. Acercándonos sin que se notara. Esperando estar en el momento justo del encuentro. Al año siguiente, en una biblioteca que compré, apareció un ejemplar en magnífico estado, perfecto, de la única edición de Lo que me dijo el pueblo. Busque el papel donde había anotado tu teléfono y, como es lógico, no lo encontré. Llamé a Doris a la Casa Silva para preguntárselo. Me lo dio y te marqué de inmediato. No había nadie. Dejé razón en el contestador.

Pasó el tiempo y un águila sobre el mar… No apareciste ni me llamaste. Guardé el libro porque estaba destinado a ti. Eras su dueño. Una tarde nos cruzamos en la séptima y te dije:

-Oye Armando… Te conseguí hace rato el libro de Plutarco Elías que me encargaste y no has ido por él…

-Ah sí… es que se me ha olvidado…

-Ajá… Eso no te lo creo: te espero este sábado en la librería. Si no vas por él se lo vendo a otro.

-No, no, no… No lo vayas a vender… Yo voy el sábado seguro. ¿Dónde queda la librería?

Y el sábado en la tarde apareciste con Isabel, tu compañera (uno de los seres más dulces, fuertes y extraordinarios que he conocido, que se hizo amiga de mí mamá y a quien he tenido el privilegio de publicar sus dos libros de poesía: Todo abril y lo que va de mayo y Viaje entre relámpagos).

Te extendí el libro como quien da la mano. Lo abriste emocionado y comenzaste a leer en voz alta algunos de sus poemas. Bueno… a decir verdad casi nos lees todo el libro… No eres fácil…

Cuando te pregunté por qué no habías venido antes por él me confesaste que pensabas que era muy caro y no te iba a alcanzar.

Me reí de la fama que a veces suele precederme…

-Mira la primera página.

Lo abriste y leíste en voz alta: “Para Armando, este libro que le pertenece. Con el cariño de Álvaro Castillo Granada”.

Se lo pasaste a Isabel (quien también lo miró asombrada) y me dijiste:

-Pero déjeme darle un abrazo

“Y desde entonces, los años…”

Gabriel García Márquez (quien una vez te aclaró ante tu pregunta que Gabo se escribía con “be de burro”) decía que la vida de un hombre se compone de tres partes: la pública, la privada y la secreta. Creo que eres una de las personas que he conocido en las que esta trilogía es totalmente cierta y evidente. No se te puede comprender sin tener en cuenta esto. Fuiste dejando a lo largo de tu caminar trozos de cada una de estas partes en manos de los demás. A cada uno de tus amigos le entregabas los fragmentos que les correspondían. Como si fueras un rompecabezas que se repartiera por todas partes sin la intención de ser armado sino de ser entregado. ¿Quién puede contarte por completo? Los que conocen una pieza desconocen la otra. Y así sucesivamente. Esto es una prueba de la inmensa capacidad de convocatoria y relación que tenías. Tus amigos eran de todas las condiciones y lugares posibles. Del ministro al rebuscador: de todos podías hacerte amigo por igual. Sabías qué hablar y qué entregarle a cada cual. Era la manera que tenías de entregar tu desmemoria a la memoria de los demás: tus historias comenzaban a habitar otros espacios y se transformaban en leyenda. Iban enriqueciéndose o empobreciéndose dependiendo de las habilidades del narrador. Ya no importaba si eran ciertas o no. Y tampoco te encargabas de desmentirlas. De la misma manera t e apropiabas de las historias de los demás: las que te hubiera gustado vivir. No tenías necesidad de hacerlo: tus aventuras eran extraordinarias. Las convertías en otras, en historias de Armando. Esa mitomanía era parte de tu ser en el mundo: agregar memoria a la memoria.

Supe que viviste con tu familia unos años en Cuba por la poeta Lina de Feria. Conversando una tarde me contó que ella había conocido a una familia de colombianos en los años setenta y que no había vuelto a saber de ellos jamás.

-Yo no sé si están vivos…

-¿Cómo se llaman?

-Armando Orozco e Isabel.

-¡Están vivos y yo los conozco! Son amigos míos…

Inmediatamente buscó una hoja y un esfero y les escribió una carta que dobló cuidadosamente y me entregó.

Una tarde estaba caminando por la carrera 7 con calle 18 cuando una voz conocida comenzó a gritar: “¡Viva Cuba! ¡Viva la revolución cubana!”. Era, por supuesto, Armando. Me volteé y se acercó, con sus grandes zapatones, a mí.

-¡Álvaro!

-Conocí a una amiga tuya en La Habana que no sabía si estabas vivo o muerto y que te recuerda con mucho cariño.

-¿Quién?

-Lina de Feria…

-¡Claro, Lina! ¡Ella fue la que salvó mi diploma de periodismo de la Universidad de La Habana! Si no es porque ella va a buscarlo a la embajada de Francia no habría podido trabajar como profesor acá…

Nos fuimos a tomar tinto y esa tarde del día me contaste toda tu experiencia cubana: de 1970 a 1975. Toda.

A día siguiente pasaste por la carta a la librería. Me la leíste en voz alta.

Esta era otra de tus costumbres: contarlo y compartirlo todo. No importaba si conocías o no a los involucrados. De lo que se trataba era de compartirlo y que se transformara en un cuento más. Otra desmemoria.

Una vez te vi entregarle tu abrigo a un hombre que estaba con un frío inmenso.

-¡Lléveselo! Le queda perfecto…

Esta ceremonia volvió a cumplirse en octubre del año pasado cuando le conté a Lina en su casa que estabas muy enfermo. Te escribió una carta que te entregué en el hospital cuando regresé a Colombia. Como corresponde la leíste en voz alta. Y sí, era preciosa…

Supe por José Luis que habías estado presente, en primera fila, en el recital que dio Pablo Neruda en la Universidad Nacional cuando vino a Bogotá en octubre de 1968. Rastreador de las historias del poeta en Colombia te hice una entrevista que duró seis horas en la que para llegar a ese día me contaste toda tu historia de poeta. Toda. Recuerdo nuestras carcajadas cuando me revelaste que una vez finalizado el recital te abalanzaste como un tigre para que te firmara un autógrafo. El libro que llevabas era una edición “nacional” de Los versos del capitán. Al verlo Neruda exclamó:

-¡Pero este libro es pirata! ¡Yo no firmo nada!

Y se marchó furibundo.

¿Viste, Armando, cómo me apropio de tus historias y las hago mías? ¿Cómo las cuento en primera y segunda persona como si yo hubiera estado ahí y pudiera dar fe? Y no importa si fue así o no. Contigo cualquier cosa era posible. Hasta tirarte una firma de autógrafos de Pablo Neruda.

Me hiciste parte de tu familia e hiciste parte de la mía. Nos transformamos en hermanos sin importar que nos distanciaran treinta y seis años de edad porque contigo el tiempo no existía. Eras historias y las historias suceden y son. Devoraste el tiempo para que los años no te alcanzaran.

¿Cuántas cosas no hicimos juntos? ¿Cuántas veces fui a almorzar a tu casa? ¿Cuántas historias no me contaron ustedes dos, tú e Isabel, en el sofá mientras caía la tarde y después de dormir una siesta en su cama? ¿Cuántas tardes no pasaste en la librería hablando de todo, preguntándote “qué más te cuento”, y conversando con los amigos y clientes que llegaban? ¿En las memorias y desmemorias de cuántos no estás hoy? Te quedaste grabado en ellas como un recuerdo imborrable. Al saber de tu partida no han dejado de llamarme para compartir su tristeza y consternación. Porque no pueden creer todavía que te fuiste. Que un roble como tú se desplomó.

Cuando te planteé mi deseo de publicar tu obra completa me dijiste entusiasmado que sí. Que claro. Y me tocó, como corresponde, transcribir todos tus poemas. Todos tus libros de poemas: 420 páginas. Fue una tarea monstruosa y maravillosa al mismo tiempo: terminé molido pero me di el lujo de reconocerte y recorrerte como poeta en orden cronológico: del primero al último de tus libros publicados. Ver tus dudas y vacilaciones, tus riesgos y osadías, tus hallazgos y tropiezos, pero por sobre todas las cosas ver tu capacidad de cazar el azar y convertirlo en memoria. En presencia que habla y convoca. En posibilidad de historia. Recorrí tu poesía como quien recorre tu vida exagerada y desmesurada.

El martes en la noche, en la funeraria, Hugo Correa me contó del proyecto de publicar tu libro inédito de poesía Viñetas y tu libro de crónicas Notas amargas. Me alegró muchísimo esa noticia. Y me dijo que en la tarde habían leído poemas de Armando. Entre ellos uno que me había dedicado. Uno que me habías dedicado y que había olvidado y que leí como si fuera nuevo, como si acabaras de escribirlo y de dármelo:



Lectura de viaje

Para Álvaro Castillo Granada, librero



En la mañana al librero le compré

un poemario

para leer durante el viaje.



Al abrir sus páginas

cayeron de él anacondas

enormes flores perfumadas

de los gigantescos árboles

prehistóricos.



De sus enmohecidas hojas

de sus versos

de repente saltó

toda la selva amazónica.



La larga espera

por el furtivo lector

y la humedad del bosque

devoraron

aquellos poemas de amor.



Y así como tuve la dicha de compartir los últimos veinte años de tu vida tuve también el inmenso privilegio, el tremendo don, de acompañarte casi hasta el final y poder darte las gracias por todo lo que me enseñaste y me diste. De decirte “Te quiero” y que tú me dijeras “Yo lo sé, yo también…”.

Antes de operarte me llamaste. Haciendo un inventario de las alegrías de la vida dijiste, como quien lanza un guijarro que salta sobre el agua, “te conocí”. Esas dos palabras las llevo engarzadas en el alma.

El domingo fuimos con mi mamá a tu casa a saludarlos y a visitarte.

En un momento nos quedamos solos en el cuarto. Te masajeé una pierna como lo vi hacerlo a Isabel. Te pregunté si querías que lo siguiera haciendo. Me respondiste:

-Sí, tú me das paz.

El lunes 23 en la noche me entregaron el nuevo libro de Isabel, Viaje entre relámpagos. La llamé para contarle y preguntarle por ti. “Una buena noticia en medio de la tristeza”. Le dije que el miércoles, después de salir de la librería al mediodía, se lo llevaba. Hablamos el martes.

El miércoles temprano volví a llamar para anunciar a qué horas llegaba.

José Luis llegó al mediodía. Nos sentamos en Merci, el café de nuestras vecinas a quienes también encantaste con tus historias, y pedimos dos tintos. Nos los estábamos tomando mientras hablábamos de ti y mirábamos el libro de Isabel. Y el uno comenzó a contarle al otro cuentos de Armando. Y nos reíamos. Y te reías con nosotros. Mi celular sonó. Era Federico para contarme/contarnos que te habías ido hacía un momento. Que habías descansado. No nos dijimos mucho. Trajeron mi almuerzo. Me lo comí como un autómata. No recuerdo qué era. Solamente seguimos contándonos tus historias que ahora son nuestras, que ahora son nuestra memoria y seguimos riéndonos porque ninguno de los dos se atrevía a soltar la primera lágrima porque sabíamos que el que empezara no iba a parar de llorar porque te habías ido y contigo se marchaba una parte de nuestras vidas. Una de las mejores: la que le entregamos a un amigo.



Enero 28 de 2017


Fotos: Álvaro Castillo Granada y Armando Orozco Tovar.

Tomadas del facebook de Álvaro Castillo Granada.

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