Un testamento inadvertido

Por: Luis Fernando García Núñez*


Treinta años hace que se celebra en Bogotá la Feria Internacional del Libro, quizás el acontecimiento cultural más interesante que se desarrolla en el país por su persistencia, la magnitud de los eventos que se realizan alrededor de ella, por los asistentes, los invitados, las críticas y los aplausos que suscita. Tres décadas de aciertos y desaciertos, y de una historia que vale la pena repasar.


Cuántos seres doctos y cuántos esnob, cuántos vendedores de ilusiones colados, cuántas verdades y cuántas quimeras dichas en este escenario formidable que, año tras año, nos revela cómo va la literatura, qué extraordinarias novedades se presentan y cómo esos perversos libros de superación, de autoayuda, de delirios siguen constatándonos las calamidades que el colombiano construye con la misma facilidad con que se deja convencer por las pirámides, por los odios y las venganzas, por los discursos almibarados, por los demonios de la hipocresía, de la farsa y la infamia.

Pero también son treinta años –junio de 1987– de un esfuerzo señero hecho por Víctor Rodríguez Núñez que hoy es un verdadero testamento, inadvertido, y no por ello insustancial, frente a la casi increíble obra periodística de Gabriel García Márquez que, a medida que pasan los días, se hace más evidente, más precisa, más fascinante. El libro, al final, fue publicado por la Editorial Arte y Literatura, de La Habana, en 1990, con un título que puede llevarnos a equívocos, La soledad de América Latina. Recoge allí el antólogo los escritos sobre arte y literatura que escribiera nuestro nobel entre 1948 y 1984. Una verdadera y muy sugestiva muestra de la prodigiosa, y a veces desconocida, sapiencia de este formidable escritor que es García Márquez


Son treinta años –junio de 1987– de un esfuerzo señero hecho por Víctor Rodríguez Núñez que hoy es un verdadero testamento, inadvertido, y no por ello insustancial, frente a la casi increíble obra periodística de Gabriel García Márquez que, a medida que pasan los días, se hace más evidente, más precisa, más fascinante  

Este “vasto conjunto de trabajos que tienen por objeto el arte y la literatura” es, ciertamente, un legado insuperable para conocer, desde muy joven, al escritor colombiano. Sus inmensas y variadas lecturas, su intuición casi maravillosa, su formidable conocimiento del cine en todas las variaciones posibles, de la música, de la literatura, de la pintura, su disciplina y capacidad de contar, que no vislumbraron, ni vislumbran, muchos de quienes lo criticaron, y critican, por el ameno ejercicio de reprocharlo, de desprestigiarlo sin haberlo conocido, sin leerlo, por la sola y mezquina farsa de considerarse más sabios y más elegantes, o porque creían que era comunista o ateo, que aquí es lo mismo. O por la envidia, esa oprobiosa enfermedad de la intelectualidad colombiana. De la llamada intelectualidad.

Esta selección de columnas, sin embargo, es un verdadero arsenal de ideas, una visión extraordinaria del escritor que aborda “los más diversos temas con una honestidad y perspectivas ejemplares”. Es un testamento intelectual de un valor extraordinario. Desde estas páginas reveladoras se teje para el lector ese “balance de cuestionamientos” que destacan sus opiniones, certeras, duras cuando corresponde, llenas de buen humor, de mucha ironía.

“Inagotables en su cantidad y calidad resultan, en fin, las proposiciones sobre los complejos problemas de la creación artística y literaria que Gabriel García Márquez nos ofrece en esta selección de trabajos para la prensa”, dice el prologuista, que adelante agrega: “lo hasta aquí expresado basta para demostrar el carácter revolucionario de dichas opiniones, y para deshacer el entuerto que presenta a su autor como un ser meramente intuitivo, sin conocimiento de causa ni capacidad para la reflexión estética”. 


Son varios los periódicos en los que colabora García Márquez con sus notas de arte y literatura, El Universal de Cartagena, El Heraldo, Crónica, El Espectador, Élite, La Calle, Acción Liberal, Texto Crítico.
  

La primera columna que aparece en esta estupenda selección fue escrita en El Universal de Cartagena el 15 de septiembre de 1948 y se titula “Un Jorge Artel continental”. El autor tenía entonces 21 años. La siguiente aparece en el mismo diario unos días después, el 23 de septiembre, “El cine norteamericano”, y un día después, “Optimismos de Aldous Huxley”. Y sigue el 6 de octubre con “La Policarpa verdadera. Una heroína de papel”, y al siguiente día “Vida y novela de Poe (Comentarios)”. Luego las columnas de El Heraldo, que en esta recopilación se inician con “Por tratarse de Hernando Téllez”. Son varios los periódicos en los que colabora García Márquez con sus notas de arte y literatura. A los ya citados agrego Crónica, El Espectador, Élite –de Caracas–, La Calle, Acción Liberal, Texto Crítico.

El epílogo de esta antología son algunos fragmentos tomados de El olor de la guayaba, conversaciones con Plinio Apuleyo Mendoza en las cuales García Márquez, a pesar del obstinado –y oportunista– entrevistador (no conversador), hace declaraciones muy útiles para entender su obra, su vocación de escritor, sus dificultades, sus zozobras. “– Mi recuerdo más vivo y constante no es el de las personas sino el de la casa misma de Aracataca donde vivía con mis abuelos. Es un sueño recurrente que todavía persiste. Más aún: todos los días de mi vida despierto con la impresión, falsa o real, de que he soñado que estoy en esa casa. No que he vuelto a ella, sino que estoy allí, sin edad y sin ningún motivo especial, como si nunca hubiera salido de esa casa vieja y enorme. Sin embargo, aun en el sueño, persiste el que fue mi sentimiento predominante durante toda aquella época: la zozobra nocturna. Era una sensación irremediable que empezaba siempre al atardecer, y que me inquietaba aun durante el sueño hasta que volvía a ver por las hendijas de las puertas la luz del nuevo día. No logro definirlo muy bien, pero me parece que aquella zozobra tenía un origen concreto, y es que en la noche se materializaban todas las fantasías, presagios y evocaciones de mi abuela. Esa era mi relación con ella: una especie de cordón invisible mediante el cual nos comunicábamos ambos con un universo sobrenatural. De día, el mundo mágico de la abuela me resultaba fascinante, vivía dentro de él, era mi mundo propio. Pero en la noche me causaba terror. Todavía hoy, a veces, cuanto estoy durmiendo solo en un hotel de cualquier lugar del mundo, despierto de pronto agitado por ese miedo horrible de estar solo en las tinieblas, y necesito siempre unos minutos para racionalizarlo y volverme a dormir. El abuelo, en cambio, era para mí la seguridad absoluta dentro del mundo incierto de la abuela. Solo con él desaparecía la zozobra, y me sentía con los pies sobre la tierra y bien establecido en la vida real. Lo raro, pensándolo ahora, es que yo quería ser como el abuelo -realista, valiente, seguro-, pero no podía resistir a la tentación constante de asomarme al mundo de la abuela”.

Esta cita elucida, en buena parte, ese extraordinario estremecimiento que produce la obra de García Márquez. Y en muchas de las columnas que contiene esta selección, se revelan los riquísimos filones de la casi infinita veta de historias que narra con una asombrosa, y única, habilidad. Es también, sin duda, el descifrador infatigable, que busca en nuestra pasmosa realidad –tangible e intangible– una relación que lo lleve por los caminos de su experiencia, de su inagotable experiencia. “En el Caribe, a los elementos originales de las creencias primarias y concepciones mágicas anteriores al descubrimiento, se sumó la profusa variedad de culturas que confluyeron en los años siguientes en un sincretismo mágico cuyo interés artístico y cuya propia fecundidad artística son inagotables. La contribución africana fue forzada e indignante, pero afortunada. En esa encrucijada del mundo, se forjó un sentido de libertad sin término, una realidad sin Dios ni ley, donde cada quien sintió que le era posible hacer lo que quería sin límites de ninguna clase: y los bandoleros amanecían convertidos en reyes, los prófugos en almirantes, las prostitutas en gobernadoras. Y también lo contrario”.

Las 120 columnas, que incluyen su afamado discurso en la ceremonia de entrega del Premio Nobel en 1982: “La soledad de América Latina”, han sido divididas por Víctor Rodríguez Núñez en dos “tiempos”: 1948-1958 y 1959-1984. Arriba he señalado cuál es la primera, y termina el volumen con “El argentino que se hizo querer de todos”. Son de especial interés las muchas que escribe sobre cine, cuando las películas eran hechas por seres humanos, de carne y hueso, que tenían que vivir incontables peripecias para llegar al final de la cinta, con el toque preciso de la fotografía, de la música, de la actuación. Era el cine hecho y mostrado por seres humanos, por artistas formidables. Ahí están, por citar algunas, Ladrones de bicicletas, El salario del miedo, Cine argentino, El motín del ‘Caine’, ‘Hiroshima’, la cinta más parecida al infierno, Cine nacional, Robinson Crusoe, Porque no había plata, De Sica se dedicó a descubrir actores, y Un film estremece al Japón.

También, claro, sus columnas sobre libros y autores, como una ruta para conocer sus aciertos –y sus desaciertos–. “¿Problemas de la novela?”, “Un cuento de Truman Capote”, “José Félix Fuenmayor, cuentista”, “Faulkner, Premio Nobel”, “Un buen libro por tres razones”, “Dos o tres cosas sobre ‘la novela de la violencia’”, “La literatura colombiana, un fraude a la nación. Informe especial”, “Breves nostalgias sobre Juan Rulfo”, “Mi Hemingway personal”, “Los idus de marzo” (una revelación sobre el origen de El otoño del patriarca), “Graham Greene: la ruleta rusa de la literatura”, “El mar de mis cuentos perdidos”, “Hemingway en Cuba”, “Brindis por la poesía”, “¿Sabe usted quién era Merce Rodoreda?”, “¿Cómo se escribe una novela?”. Varias columnas tocan el tema musical “Abelito Villa, Escalona & Cía.”, “Rafael Escalona”, “Defensa de la guaracha”, “El mambo”, “Nuestra música en Bogotá”, “La embajada folclórica”, “Triunfo lírico en Ginebra”, “Bueno, hablemos de música”. Asimismo, “Un grande escultor colombiano ‘adoptado’ por México. De Fredonia a México, pasando por todo”, “Obregón, o la vocación desaforada”, entre otras tantas.

Valdría la pena hacer una nueva edición de este precioso testimonio intelectual del más sorprendente escritor de habla española de todos los tiempos. Recoger las que faltan y hacer una revisión más detallada y precisa de las columnas, algunas infortunadamente con problemas de transcripción. Esta es, sin duda, una edición imperiosa para conocer en detalle la verdadera dimensión de Gabo, el inmortal. Esperemos que esta obra, de dominio público, no esté bajo la égida no desaparecida del ignominioso colonialismo que nos impone sus sordideces y usuras económicas, casi como si fuera otro Electricaribe.


*Luis Fernando García Núñez.


Periodista, profesor y escritor.


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