Poesía y sociedad: convivencia con lo diferente.

Desde un lugar sin nombre

Por: Álvaro Mata Guillé*



Foto: Libros & Letras



Las antiguas civilizaciones, a través del canto, la oralidad o los ritos de celebración, hacían posible que nos reencontráramos con nosotros mismos, al revivir aquellos recuerdos que dibujaban nuestro rostro en la memoria, permitiéndonos percibir al otro, percibirnos, descubrir el entorno.

Tanto la poesía, la danza, el teatro, como la fiesta o el carnaval, siendo en sí mismos conmemoración, nacen ahí, sumidos en la incertidumbre de nuestra condición ante el límite, en lo incierto que vuelve al silencio, al antes del lenguaje revelándose en su misterio y mostrando su fragilidad en el grito, que al romper el mutismo que inunda el entorno, penetra nuestro desasosiego provocando que el otro nos perciba, nos aproxime, nos encuentre, pues es ahí, en ese lugar donde se paraliza el tiempo –del no lenguaje, de la intemperie– de la comunión, conmovidos ante la precariedad y nuestro estar solos, que nos reencontramos, permitiendo que lo humano vuelva a lo humano: dialogo con las voces de los ancestros y con nuestra propia voz, que transforma la sensación que nos abruma en pregunta, el percibir que nos acosa en postulado, la necesidad de expresarse en la construcción que hace posible la existencia, en otras palabras, en esos lugares de comunión –cantos, teatro, danza– principia simultáneamente lo plural y el individuo, pues es a través de nuestras formas de expresar, que es posible que cada uno sea cada uno descubriéndose, descubriendo lo diferente, descubriendo su propio lenguaje, el lenguaje del otro, la posibilidad de ser.



 Foto: Libros & Letras

La relación entre poesía y sociedad es estrecha, puesto no hay convivencia, más allá de lo formal, sin la interacción con lo próximo, sin el canto que al escucharse penetra nuestras entrañas y nos hace que volvamos al origen, a la soledad del animal interrumpida por el gemido del otro, que al percibirlo humedeciendo nuestra piel, nos revela la otra soledad, el otro grito, la otra angustia, yo mismo revelado en el lenguaje: relación entre lo individual y el otro; relación intrínseca entre lo particular y lo plural. Pero hay que señalar también, que al volver a los cimientos de lo humano, a las raíces y vínculos que dieron paso a la formación cultural, al destruirse el lenguaje para internarnos otra vez en el silencio y reaparece la primariedad que subyace cubierta de signos, con su vitalidad convertida en canto, en escritura, en danza, se traspasan también los mandatos, se sobrepasa la moral y las convenciones, se confronta la censura, la ortodoxia, el miedo, transformándose, la pulsión que habita nuestras entrañas, de nuevo en lenguaje, en significados dando paso a otros significados, a otro titubeo, a otro lugar, a otro tiempo, es decir, la poesía –el escucharse a sí mismo y a los otros en el no tiempo, en el no lenguaje– no sólo es lugar del reencuentro, también de reformulación, del pensamiento crítico, del asombro, del disentir.

Olvidar el canto, la poesía, por más que el término esté contaminado por la frivolidad, la impostura o la presunción, sólo es el reflejo de nuestro propio olvido que nos mutila: derruye lo social, destruye la convivencia, nos destruye; implica también que hemos olvidado los elementos centrales que nos han hecho ser lo que somos: el abismo que nos habita, la incerteza de nuestro tránsito y su fugacidad, de nuestro cuerpo preguntándose ante el entorno y su no saber. Olvidar el canto, la poesía, sólo hace evidente la barbarie que se impone en cada ámbito de nuestras sociedades, su vaciedad, nuestro rostro de sombras, la oscuridad que nos habita.



ÁLVARO MATA GUILLÉ
*ÁLVARO MATA GUILLÉ.

Poeta, ensayista, gestor cultural, dramaturgo. Coordinador general del Corredor cultural Transpoesía. Leer más AQUÍ
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