El canibalismo latinoamericano: entre la sociedad y la poesía

Por: Álvaro Mata Guillé



Witold Gombrowicz, en sus conversaciones con Dominique de Roux, hacía referencia a lo que él denominaba: “las sociedades secundarias”, definiéndolas como aquellos pueblos, que por el lugar asignado en la jerarquía de las naciones, construían su identidad (lo que nos identifica, lo que nos da un lugar en el mundo) desde el desvalor, es decir, que nuestros países construían su realidad negándose a sí mismos, conviviendo con una historia sin historia, connacionalidades sin nacionalidad, con culturas sin cultura, alejadas de la tradición y la memoria, ajenas de sí mismas.

Ontología de la exclusión que conlleva una doble consecuencia, por una parte, plegarse al desvalor que el otro hace caer sobre nosotros, por la otra, el desprecio que hacemos de nosotros mutilándonos; condición donde el excluido vale menos o no vale nada, y el que excluye es el modelo, el origen, el principio; el excluido desprecia sus pasos, niega su hacer, se desprecia a sí mismo, evidenciando la querencia que nos descalifica y nos aleja de lo posible: de asumir la construcción de nuestro hacer, de vernos en el aquí y ahora, siendo la negación lo que forja la personalidad de las sociedades secundarias —su tono, su ritmo, sus gestos—; se incrusta en los adentros del lenguaje, en los cimientos de la cultura e impregna como un estigma nuestro espíritu, derruyéndolo. Desde ahí, desde esa condición del no-ser que anhela el rostro del otro, las “sociedades secundarias” observan los hechos que se suceden sin atreverse a participar de ellos, tampoco a conformar el presente ni el hacer de su realidad, escondiéndose, como un fantasma, entre traumas y complejos, en intolerancia y miedo, en resentimientos y envidia, en la negación de su cuerpo y su sentir, en la censura y la descalificación de sus voces.



El canibalismo latinoamericano: entre la sociedad y la poesía

Menosprecio, descalificación, desvalor, actitudes afincadas en la cotidianidad existencial de los países latinoamericanos, que sumándose al conflicto que contrapone pasado y presente, se adhieren a la tradición que nos marca desde la llegada española

Sorprende la riqueza cultural de nuestros países, la variedad de sus lenguajes, sorprende más la ceguera que los pasa por alto y los invisibiliza, el conformismo que al enfrentarse a las cosas las vuelve inútiles; sorprende la variedad de nuestras vejaciones, las que impiden el desarrollo de nuestras potencialidades

Al contrario, para las “sociedades primarias” el contexto cultural que prevalece, en apariencia, es favorable, construyéndose desde la tradición legitimada, dueñas del pináculo de las cronologías y lo verdadero, sabiendo que sus dictados se aceptan como un mandato que permite, en este caso, no solo tener presencia determinante en lo que acontece —una historia, una identidad, una cara—, también un mundo posible, no sucediéndole,de igual forma,a un polaco o a un argentino, a un colombiano, un mexicano o un costarricense, siempre sometidos al crecer adolescente, fusionados al paradigma dela negación y el desprecio, convertidos en su propio enemigo, en su verdugo, en mutismo.

Menosprecio, descalificación, desvalor, actitudes afincadas en la cotidianidad existencial de los países latinoamericanos, que sumándose al conflicto que contrapone pasado y presente, se adhieren a la tradición que nos marca desde la llegada española: el occidente del feudalismo y la contra reforma, el de la inquisición, la ausencia de crítica, la eliminación de lo disidente, que cohabitan con nuestra obsesión de vestirnos con los ropajes del otro —imitándolo, sublimándolo, idealizándolo— persiguiendo su imagen, sometiéndose y subyugando, odiando y odiándose, en procura de una esencia que no existe, de un espejismo que al llegar a él se deforma en lo grotesco, como una mueca que se desvanece en el aire. Resabios de una historia que hace del negarse su razón de ser, confabula con la adulación, la envidia, la susceptibilidad, llegando así a lo contemporáneo, a la época donde el lenguaje se diluye y se vacían los referentes, sin que logremos ver todavía lo que somos, sin asumir nuestras preguntas, impidiendo con nuestro canibalismo, con la antropofagia ontológica que nos caracteriza, encontrarnos, vernos, sentirnos, conciliarnos, creer en nosotros.

Sorprende la riqueza cultural de nuestros países, la variedad de sus lenguajes, sorprende más la ceguera que los pasa por alto y los invisibiliza, el conformismo que al enfrentarse a las cosas las vuelve inútiles; sorprende la variedad de nuestras vejaciones, las que impiden el desarrollo de nuestras potencialidades: la pluralidad, lo diverso, los muchos lenguajes, las muchas voces, puesto queinvisibilizarnos o excluirnos nos prohíbe, censura nuestra voz, mutila nuestro espíritu, cercena la vivencia del presente, y aunque la exclusión o el subyugar, han sido parte de la historia de las culturas—en lo político, en lo ideológico, sobre el origen, la sexualidad, el género—, las “sociedades secundarias” adicionan a estas ataduras, la imposición de una verdad monolítica,una sentencia que condena a la minusvalía oa la impostura, al desprecio de sí mismo y su canibalismo, a lo sentimental, a la presunción, a la copia, a lo mediocre.

Ante este contexto de cercenarnos, entre odio, presumir o mutilar¿qué hacer o qué hace la poesía, el pensamiento o el teatro?


Menosprecio, descalificación, desvalor, actitudes afincadas en la cotidianidad existencial de los países latinoamericanos, que sumándose al conflicto que contrapone pasado y presente, se adhieren a la tradición que nos marca desde la llegada española


Si bien, nuestra historia no es única, pues se repite en la crónica de las muchas crónicas de la imposibilidad y la castración,impregnando cada época, comolas relaciones entre unos y otros, en el antes, el después, en el ahora, lo cierto es quecuando la convivencia se somete a negar el propio conviviry a la descalificación,cuandolo medianoes la costumbre y la norma,el tomar distancia —el destierro, la lejanía— aparece como una opción del existir; la rebeldía que al reconocer su soledad, su extrañeza, se reencuentra en el destierro: enel exilio dentro del exilio, en un mundo dentro del mundo que se vincula a los otros desde el alejamiento, construyéndose entre los bordes de una realidad paralela, comoislas flotantes, llamando así Eugenio Barba a los grupos de teatro dispersos por el mundo que desean ser ellos, que para reencontrarse o reconocerse, rompen las fronteras, evitan los límites y los territorios, dejan atrás la mutilación y las censuras, creando sus propios vínculos, las pautas de sus correspondencias, su razón de ser, puesto que a veces la convivencia solo se logra desde la no convivencia, a veces el no estar es una renuncia obligada para poder estar, para actuar dentro de la polis yreformularlas cosas y redescubrirlas, como sucede, precisamente, con el hacer del teatro cuando es teatro o el hacer de la poesía cuando es poesía,pues en ellos renunciamos al lenguaje para reformular el lenguaje, sumergiéndonos en el origen para volver a nosotros, destruyendo los significados para reconstruir la realidad yreencontrarlaa través de la metáfora, vinculándonos a lo sagrado, a lo íntimo de la imagenyretornar al silencio, pues es en el silencio dondeemerge el lenguaje, un lenguaje que ojalá (un teatro, un pensamiento, una poesía) permita que lo humano se reencuentre con lo humano, como añoraba Gombrowicz, y que así logremos dejar atrás las ataduras,los traumas, las mutilaciones, como el ruido, elvaciamiento o la barbarie de lo contemporáneo.

Agrego: este alejamiento —el auto exilio, el destierro, la lejanía— citando de nuevo a Eugenio Barba, no es una amputación, un claudicar oun humillarse; es una conquista, una acción política,un decir no yasumiruna postura, no siempre declarada o consciente ni tampoco cómoda,pues se enfrenta directamente (como lo hace el teatro y la poesía que son los lugares del exilio) a una sociedadtiene miedo de sus múltiples almas, paralizada ante sus múltiples rostros y sus otros lenguajes, que tiene miedo de palparse y de ser ella misma.


ÁLVARO MATA GUILLÉ
*ÁLVARO MATA GUILLÉ.

Poeta, ensayista, gestor cultural, dramaturgo. Coordinador general del Corredor cultural Transpoesía. Leer más AQUÍ
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