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Ministerio de Cultura de Colombia

Cortázar en Nicaragua: un animal político y literario

Cortázar en Nicaragua: un animal político y literario
Julio Cortázar y Ernesto Cardenal en Nicaragua (tomadas del libro Cortázar en Solentiname)

Por: Juan Camilo Rincón


Nicaragua ha sido de muchos pero jamás propia: primero fue de la Corona española, luego parte de un protectorado británico, del imperio mexicano, de la Federación de Estados Centroamericanos, del sueño de William Walker -un filibustero norteamericano que la quiso como su colonia personal-, de la Marina Imperial Alemana que la ocupó, de la United Fruit Company y, más recientemente, de la familia Somoza. Sin embargo, el 23 de diciembre de 1972 llegó un terremoto tan impetuoso que, a quien no mató, lo despertó de ese letargo de dominación. Algunos, cansados de que su tierra fuera para otros, se autodenominaron como “sandinistas” en homenaje a aquel militar de origen campesino que décadas antes buscó expulsar a los norteamericanos hasta que fue fusilado. Entonces, decidieron pelear.

Estados Unidos no aceptaría que estos campesinos con armas le quitaran uno de sus dominios. Ya habían perdido a Cuba, su isla de descanso en el Caribe mágico, a manos de Fidel Castro y del comunismo, y Chile se dirigía a la izquierda con Allende. Ni siquiera con la muerte de 50.000 personas a causa de los bombardeos lograron detener la caída de Somoza Debayle, y mucho menos lograron impedir la llegada al poder del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) en 1979, apoyado por la Unión Soviética. No había marcha atrás. Los estadounidenses, siempre malos perdedores, crearon, formaron y financiaron los Contras, grupo armado ilegal de insurgentes cuya brutalidad e inclemencia hundieron al país en otra guerra civil. Nicaragua se tornó en centro de la Guerra Fría, contienda batallada por dos potencias en tierras extranjeras como Vietnam y luego Afganistán, que solo llevó sangre y retroceso a aquellos territorios. 

Esta lucha de un pueblo que se estaba cansando tocó de manera imprevista el corazón de Julio Cortázar. En aquel periodo el escritor argentino miraba lo que ocurría en este nuestro continente desde una posición política contestataria: su contacto con Cuba, su participación como jurado del Premio Casa de las Américas, sus encuentros con Lezama Lima y las cartas a Roberto Fernández Retamar evidenciaban su compromiso. Un ejemplo está en su libro-almanaque Último round:
Comprendí que el socialismo, que hasta entonces me había parecido una corriente histórica aceptable incluso necesaria, era la única corriente de los tiempos modernos que se basaba en el hecho humano esencial, en el ethos tan elemental como ignorado por las sociedades en que me tocaba vivir, en el simple, inconcebiblemente difícil y simple principio de que la humanidad empezará verdaderamente a merecer su nombre el día en que haya cesado la explotación del hombre por el hombre[1].

Cortázar en Nicaragua: un animal político y literario
Julio Cortázar y Ernesto Cardenal en Nicaragua (tomadas del libro Cortázar en Solentiname)



Siempre atacado por una y otra parte, sostuvo la fe en su visión sobre la labor del escritor y sobre la política. Cuando hablaba de su propio caso, decía:

Si eres un animal literario como yo lo soy, por vocación y por naturaleza, es relativamente fácil entregarme a la escritura, y las dificultades están en ir subiendo, digamos, por el camino de la perfección literaria. Pero si descubres un día, de golpe, que tienes una responsabilidad extra–literaria, pero que la tienes, sobre todo, porque eres escritor, ahí empieza el drama. Porque, ¿cuál es la razón de que un artículo político mío sea muy comentado, muy reproducido, muy leído? No es porque yo tenga el menor talento político, que no lo tengo, sino porque, tras muchos años de escribir sólo literatura, tengo una gran cantidad de lectores. Entonces, mi responsabilidad como argentino y como latinoamericano frente a los problemas pavorosos que tienen nuestros países es aprovechar ese acceso a miles de personas[2].

Julio sabía muy bien lo que estaba sufriendo Latinoamérica a causa de las dictaduras que afligían a nuestros países. Estuvo presente cuando decenas de víctimas de estos regímenes narraron frente al Tribunal Internacional de Crímenes de Guerra o Tribunal Russell los abusos a los que habían sido sometidos. De este organismo público hizo parte junto a otros intelectuales de la talla de Jean Paul Sartre, Ken Coates y Gabriel García Márquez. En sus últimos años de vida criticó duramente a los gobiernos absolutistas de Chile, Argentina, Brasil, Uruguay y otros países, y llegó a escribir cartas para ayudar a escritores como Juan Carlos Onetti a salir de la cárcel o para buscar al hijo y a la nuera del poeta Juan Gelman[3]. Su relación con Cuba –conocido por sus lectores como el país de los cronopios- fue muy importante para él. Luego de una infortunada ruptura de relaciones con la isla a raíz del caso Padilla, vino una reconciliación a finales de la década de los 70 que le permitió renovar fuerzas. A partir de sus encuentros con otros escritores de la misma orilla política como Ernesto Cardenal, Sergio Ramírez y Claribel Alegría, redescubrió a Nicaragua de una forma más profunda.

Sabemos que su primer viaje clandestino a aquel país, específicamente al archipiélago de Solentiname tuvo lugar en 1976. El poeta Ernesto Cardenal lo recuerda así:

Sergio Ramírez y yo nos encontramos con Julio Cortázar en Costa Rica, y nos dijo que quería conocer Solentiname, y lo metimos sin visa por la finca de José Coronel Urtecho en la frontera con Nicaragua. Él relata ese viaje clandestino en su cuento Apocalipsis de Solentiname, que es un cuento muy realista, casi como una crónica periodística[4].

Una anécdota que no aparece en el texto que sería publicado primero en la revista Casa de las Américas (Cuba) ese mismo año y el siguiente en el libro Alguien que anda por ahí (España), narra un viaje por el río San Juan. Se detuvieron para recargar combustible en una tienda en la ribera; al terminar, los escritores locales se dieron cuenta que Cortázar no estaba y lo esperaron durante un buen rato, hasta que apareció muy campante. Al preguntarle por el motivo de su demora, les contó que había estado caminado por el pueblo; el asombro de Cardenal fue mayúsculo al darse cuenta de que el cronopio no tuvo ningún reparo en jugar con unos niños justo al lado del comando del Ejército, pese a no tener papeles. El poeta centroamericano se burló diciéndole: “No, qué desgracia que no estás preso, porque mañana tendríamos la noticia en el mundo entero: CORTÁZAR PRESO EN NICARAGUA. Y culparían a la dictadura de Somoza”. Julio, con su voz pausada, le respondió: “Preferiría que fuera otra mi contribución a la revolución de Nicaragua”[5].

A Solentiname llegaron entrada la noche. Mientras Cardenal entregaba regalos y provisiones a los habitantes, Cortázar vio una serie de pinturas en un rincón; hechas por los campesinos de la zona, su venta los ayudaba a reunir fondos. Al día siguiente, después de la misa dominical, se organizó todo para el regreso. Desde un banquillo se oía a los pobladores hablar de un capítulo del evangelio sobre Jesús en el huerto como si fuera algo suyo,

como si hablaran de ellos mismos, de la amenaza de que les cayeran en la noche o en pleno día, esa vida en permanente incertidumbre de las islas y de la tierra firme y de toda Nicaragua y no solamente de toda Nicaragua sino de casi toda América Latina, vida rodeada de miedo y de muerte, vida de Guatemala y vida de El Salvador, vida de la Argentina y de Bolivia, vida de Chile y de Santo Domingo, vida del Paraguay, vida de Brasil y de Colombia[6].

Cortázar en Nicaragua: un animal político y literario
Cortázar en Solentiname. Ernesto Cardenal y Sergio Ramírez



Antes de dirigirse a la pequeña embarcación, recordó los cuadros y le pidió a Sergio que lo ayudara a organizarlos para tomarles algunas fotos. En plena ráfaga de cámara lo encontró Cardenal, quien le dijo entre risas: “ladrón de cuadros, contrabandista de imágenes”. Julio respondió: “Sí, le dije, me los llevo todos, allá los proyectaré en mi pantalla y serán más grandes y más brillantes que éstos, jodete”[7].

Luego de pasar una temporada en Cuba, México, Costa Rica, Jamaica, Guadalupe y Trinidad entre marzo y mayo, y de ser la figura pública que hablaba de la situación de represión que azotaba su continente, regresó a Francia para tomar un pequeño descanso y escribir. Con las fotos ya reveladas, compartió con Claudine[8] los recuerdos de su viaje. Al ver reflejadas sobre una pared las imágenes de las pinturas —de la misma forma en que tomaron forma las fotografías de “Las babas del diablo”—, emergieron de ellas imágenes en movimiento que rememoraban la represión y la violencia en toda la América Latina. Con este cuento, usando herramientas imaginarias, Cortázar terminó relatando una realidad tangible e ineludible que le dolía.

En los años siguientes su lucha no amainó, y ocurrió algo en su vida personal que lo comprometió aún más. En 1978 conoció a Carol Dunlop, escritora, fotógrafa y traductora. Con aquella mujer combativa viajó en 1979 a Panamá para conocer a Omar Torrijos, a Costa Rica, Venezuela y finalmente Nicaragua.

Otro personaje de vital importancia para comprender la relación de Cortázar con Nicaragua es la poeta ganadora del Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, Claribel Alegría, a quien conoció en la década de los 60 en Buenos Aires. Compartían y bromeaban como los grandes amigos que fueron: “Qué vivo, con esos ojos tan lejanos el uno del otro ves más que cualquiera de nosotros”[9], le dijo alguna vez la autora entre risas. Vivieron en París por la misma época y frecuentaban las mismas calles y cafés que Vargas Llosa, Fuentes y Benedetti. Alegría recuerda que Julio y Carol fueron a España a visitarlos para celebrar juntos el Día de la Alegría en Nicaragua:

Mientras volaban, Somoza Debayle huía hacia Miami. Julio y Carol no se enteraron sino hasta que llegaron a Mallorca. Celebramos el evento en nuestra terraza de Ca´n Blau, con innumerables tragos de champagne y de vino. Bud (esposo de Claribel) anunció que nosotros estábamos dispuestos a irnos a Nicaragua para escribir un libro sobre la Revolución Sandinista, que luego se publicó en México. Julio y Carol se entusiasmaron y dijeron que irían a visitarnos. Así fue. Nosotros llegamos a Nicaragua a fines de septiembre del 79, y ellos en noviembre. Los dos amaron a Nicaragua desde el primer momento. `Fue un amor a primera vista´, nos decía Julio. Nicaragua también los amó a ellos. Carol hizo un libro con fotos de los niños de Nicaragua. Decía que nunca había visto niños con ojos tan hermosos[10].

Claribel recuerda que la pareja hizo muchos viajes a su país: “Julio conversaba con los jóvenes, los animaba, recorría el país. Una vez me dijeron que les gustaría vivir entre Nicaragua y París. Fueron incansables ayudándole a la Revolución desde fuera y adentro”[11]. Lo de los jóvenes no era exageración; en1980, en un evento de celebración del primer aniversario de la Revolución en el que hicieron presencia algunas vacas sagradas de la literatura como Cortázar, Galeano y García Márquez, este último recuerda haber visto en Managua una plaza colmada de jóvenes quienes permanecieron en silencio oyendo una lectura envolvente del cronopio mayor, que se prolongó por más de media hora para culminar en un aplauso ensordecedor por parte de la multitud.

Cortázar y Dunlop regresaron al país centroamericano en febrero y luego en agosto de 1982; a pesar de sí mismos, tuvieron que retornar a París debido a afecciones de salud de Carol. Ella, amante de la fotografía como era, hizo el registro visual del viaje para luego publicar el libro Llenos de niños los árboles, traducido por Cortázar para la editorial Nueva Nicaragua. Tal vez anticipando su temprano fallecimiento en noviembre de aquel año y pese a no alcanzar a ver el libro impreso, la compañera de Cortázar pidió al argentino que los derechos de autor fueran cedidos al pueblo nicaragüense. El escritor cumplió su promesa y además reunió todos sus textos sobre aquel país en Nicaragua tan violentamente dulce, inicialmente publicado por la misma editorial con un tiraje de 10.000 ejemplares; Cortázar traspasó los derechos de autor a esa tierra que tanto amó, como una señal más de su compromiso.


Cortázar en Nicaragua: un animal político y literario
Nicaragua tan violentamente dulce. Julio Cortázar



Y aquí un dato curioso: en octubre de 1983 fue publicado en Barcelona por la editorial Muchnik Los autonautas de la cosmopista, escrito a dos manos por Cortázar y Dunlop, libro en el que narran una expedición hecha por una autopista francesa, deteniéndose en los paraderos. En la página legal del libro se lee: “Los derechos de autora de este libro, en su doble versión española y francesa, están destinados al pueblo sandinista de Nicaragua”. Tras la muerte de Carol, la situación anímica de Cortázar decayó hasta tal punto que su vida no se alargaría más de un año. Su amor por Nicaragua, tan profundo y sin restricciones como el amor por su compañera de vida, lo llevó a seguir aportando tanto ideológica como económicamente pese a sus quebrantos de salud y a las complicaciones del tratamiento. En su último viaje, ya solo, fue distinguido con la Orden de la Independencia Cultural Rubén Darío.

El argentino viajó luego a Bismuna, al noroeste de Nicaragua, tierra pródiga en naranjas, frutos exquisitos que se pudrían tras caer de los árboles. La escritora y periodista Gabriela Selser relata que en aquella zona limítrofe con Honduras, apetecida por los Contras en su lucha contra los sandinistas, Cortázar se encontró con la macabra escena de los cadáveres descompuestos de los insurgentes financiados por Estados Unidos, quienes tras una respuesta del ejército revolucionario fueron asesinados al lado de la laguna. Ella y otros escritores extranjeros llegaron en helicóptero con el objeto de buscar apoyo internacional para el gobierno sandinista; los guiaba Claribel Alegría con su poesía y dulce talante. En aquella zona, antiguo asentamiento de los indígenas misquitos quienes lo habían abandonado a causa de la violencia, solamente permanecían el ejército revolucionario y los cuerpos putrefactos. Conmovido, Cortázar fue a hablar con los jóvenes cuyos fusiles y sueños defendían el territorio. El teniente pidió a los escritores cavar trincheras para poder defenderse si ocurría un nuevo ataque; “Cortázar tomó una pala, como todos los demás, y comenzó a abrir la zanja”[12]. Al finalizar, se sentaron a escuchar a la cantante Norma Helena Gadea cuyas notas suavizaron la jornada hasta el momento en que los militares organizaron los turnos para relevar la guardia. Cuenta Selser que “la segunda noche tomó de nuevo el fusil y caminó con sus pasos largos hasta ubicarse en la última posta”[13]. Al terminar su turno, el creador de Rayuela se acercó a ella para verla escribir algunos textos sobre la vigilia en Bismuna. Le pidió amablemente que le dejara ver sus apuntes y luego de leerlos, escribió un par de líneas que complementaban poderosamente las de Selser: “Alguna vez este será un lugar de paz y aquí se construirán escuelas. Y siempre habrá gente para recoger todas las naranjas”[14].

Fueron alrededor de ocho viajes los que hizo Cortázar antes de morir el 12 de febrero de 1984, y seguramente habrían sido muchos más si la enfermedad y la ausencia de Carol no lo hubieran golpeado de forma tan contundente. Han pasado 34 años desde su muerte y por primera vez tuve la fortuna de hablar sobre él con el hoy Premio Cervantes, Sergio Ramírez. Al escuchar su nombre su cara se iluminó; quiero creer que regresó a 1976 cuando lo vio por primera vez en Costa Rica y comenzó una amistad que duró toda la vida. Recordó sus encuentros en la Feria del Libro de Frankfurt y luego en Nicaragua para la ceremonia del acto de nacionalización de las minas en Siuna, hecho histórico de liberación del imperialismo, a donde llegaron en un avión con bancas de madera donde solo había una escoba para agarrarse. Me habló de uno de los tomos de poesía de Rubén Darío que estaba en la mesa de noche del hospital al lado de la cama donde murió el gran cronopio. Acomodándose en la silla, me dijo: “Cuando él murió yo tenía bastante tiempo sin escribir y esa noticia me llevó a crear Estás en Nicaragua, sacado de un verso de un poema que él escribió, donde voy alternando mi experiencia sobre la Revolución y mi relación con él”. Rememoró los años de su juventud cuando leía Bestiario, y el poder de Rayuela para su generación, influencia trascendental para su obra. Nos despedimos sintiendo un poco la presencia de Julio, que sigue vivo en sus creaciones… aquel genio que nos enseñó a enfrentarnos al mundo de la Gran Costumbre que todo lo limita, cuantifica y controla. Desde aquella Nicaragua tan violentamente dulce y la Argentina con sus alambradas culturales, Cortázar estuvo comprometido con este continente al que nunca dejó de amar y siempre fue suyo, sin importar que sus restos descansen al otro lado del océano.


Cortázar en Nicaragua: un animal político y literario
Juan Camilo Rincón en entrevista con el escritor Sergio Ramírez. Foto: Jimena Cortés


[1] Cortázar, J. (1969). Último round. México: Siglo XXI.

[2] Entrevista hecha por Rosa Montero: “El camino de Damasco de Julio Cortázar” (1982) en Bernárdez, A. y Álvarez Garriga (editores). (2014). Cortázar de la A a la Z. Un álbum biográfico. Madrid: Alfaguara. Pp. 223.

[3] El 24 de agosto de 1976 fueron secuestrados Marcelo Ariel Gelman (hijo de Juan Gelman), su esposa María Claudia García Irureta-Goyena de Gelman, Nora Gelman (hermana de Marcelo) y un amigo de ella. Nora y su amigo fueron liberados 48 horas después, pero Marcelo y su esposa, quien estaba embarazada, “fueron vistos posteriormente en el centro de detención `Automotores Orletti´, centro de operaciones argentino-uruguayo del Plan Cóndor”. Ese mismo año, ambos fueron asesinados. Décadas más tarde, en el año 2000, el poeta argentino se reencontró con su nieta (hija de Marcelo) “luego de una intensa búsqueda en Argentina y Uruguay, y presiones políticas al gobierno uruguayo” (información tomada de Desaparecidos.org: http://www.desaparecidos.org/arg/victimas/g/gelman/).

[4] Cardenal, E. y Ramírez, S. (2014). Cortázar en Solentiname. Buenos Aires: Editora Patria Grande. Pp. 11.

[5] Ibíd. Pp. 12.

[6] Cortázar, J. (1983). Nicaragua tan violentamente dulce. Managua: Editorial Nueva Nicaragua. Pp. 17.

[7] Ibíd. Pp. 18.

[8] Nota de autor: Claudine es un personaje del cuento que no “ve” lo que Cortázar ve.

[9] Alegría, C. (2007). Mágica tribu. Córdoba: Berenice. Pp. 92.

[10] Ibíd. Pp. 98.

[11] Ibíd. Pp. 99.

[12] Selser, G. (2017). Banderas y harapos. Relatos de la revolución en Nicaragua. Managua.

[13] Ibíd.

[14] Ibíd.


JUAN CAMILO RINCÓN

*JUAN CAMILO RINCÓN.

Periodista y escritor. Publicó Manuales, métodos y regresos (2007, Arango Editores). Ser colombiano es un acto de fe. Historias de Jorge Luis Borges y Colombia (2014, Libros & Letras), Viaje al corazón de Cortázar. El cronopio, sus amigos y otras pachangas espasmódicas (2015, Libros & Letras). Leer más AQUÍ
Sígalo en Twitter: @JuanCamiloRinc2 Facebook: JuanCamiloRinconB Instagram: cronopio49



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